jueves, abril 28, 2005

Totilimundi (Tributo de admiración a Eduardo Mendoza)

Nunca hubo nadie en mi familia ligado a los negocios de restauración, señor Juez. Pertenezco a una larga saga de probos funcionarios que tradicionalmente se han ganado en esta ciudad su gris existencia. Si yo abandoné la transitada y segura senda que mi familia siempre ha recorrido, intentando primero ganarme la vida con una pizzería y después con un restaurante de lujo, fue exclusivamente por influencia de mi mujer y de Esmeraldino, su hermano y cuñado mío. Ellos, pero no sólo ellos, son los culpables de la situación actual, como más tarde se verá.

Reconozco que mi mujer jamás podrá decir que la he hecho inmensamente feliz, ni siquiera feliz, creo. Claro que yo tampoco lo he sido, pero eso siempre parece haber importado menos. No obstante, aunque en mi matrimonio nunca hayamos alcanzado el colmo de la felicidad, nuestra coexistencia ha sido moderada y aceptablemente satisfactoria. Mucho me temo que en realidad eso de la felicidad no sea más que un cuento chino que se han inventado los guionistas de Hollywood para timar a sus párvulos seguidores. Nunca me he encontrado en la vida real con alguien que dijera que su corazón iba a estallar de felicidad. Estoy convencido de que tanto la felicidad como la perfidia en estado puro no existen más allá de aquellas telenovelas románticas que hicieron su agosto en los años ochenta y noventa. La realidad es siempre mucho más gris, más confusa, la vida raramente es chicha o limoná. ¡Fabuladores!

No, mi vida no ha sido feliz y, aunque sí ha tenido buenos ratos, soy muy consciente de que han sido muchas más las épocas difíciles (cada vez que uno de mis negocios salía mal, por ejemplo) que los momentos no ya de felicidad, sino simplemente de emoción o de cierto interés. Debo recordar que no siempre la culpa de tantos instantes amargos por los que he pasado ha sido mía, y sólo en algunas ocasiones mi mujer se ha podido dar el gustazo de llamarme públicamente tonto y tenerme temporalmente cerrado el tálamo nupcial, ocasiones que jamás me preocuparon lo más mínimo, pues a poco del advenimiento de la Democracia el mismo Esmeraldino había abierto en las afueras de la ciudad un puticlub al que intentó llamar Pandemonium, pero al que los asiduos conocíamos como "Pandecoñum".

Las cosas empezaron a estropearse a partir de una idea que era esencialmente buena. Sin gran sacrificio y tras haber timado a mi cuñado, que siempre fue una cándida y generosa fuente de dinero, mi mujer y yo habíamos establecido la más nueva pizzería de la ciudad. A pesar de haber gastado un pastón tanto en la instalación como en publicidad en busca de la clientela, nuestro negocio tenía una vida bastante agónica y nunca fue el éxito que nosotros esperábamos. No solamente no se iban a cumplir nuestras expectativas de abrir un segundo local en los siguientes años, sino que difícilmente íbamos a poder mantener aquél.

Poco a poco, nuestro público iba siendo cada vez más escaso y a pesar de las sucesivas bajadas de precios pronto hubiéramos tenido que reconvertirnos en una vulgar tasca, de las que sólo despachan vino peleón a cuatro indolentes incapaces de buscar trabajo. En mis peores sueños ya les veía sucios y sin afeitar, sempiternamente acodados ante un vaso vacío, mientras los alrededores de la barra aparecían sembrados de cáscaras de cacahuetes, servilletas de papel y palillos que los parroquianos habrían arrojado al suelo después de utilizarlos para hurgarse en los oídos.

Mis largos momentos de asueto solía yo pasarlos a la puerta de mi vacío negocio, contemplando cómo caían las hojas o simplemente cómo pasaba el tiempo. Con ello no hacía sino aumentar mi malestar al ver cómo los demás comercios disfrutaban de una parroquia abundante que sin embargo se negaba a traspasar mi puerta. El contraste, que era llamativo y doloroso, me permitía afortunadamente gozar de determinados momentos que con el tiempo alcanzarían la categoría de inolvidables.

En una célebre mañana, muy poco después de abrir, vi venir por el final de la calle a un personaje ya entrado en años, de cerca de dos metros de altura, larga barba y cabeza absolutamente rasurada, cuyo ojo derecho estaba tapado por un parche que le proporcionaba un aspecto impresionante. Vestía una camiseta de tirantes, de intenso color morado, y un pantalón de chándal rojo fuego con vivos de color verde y blanco.

Recuerdo que mi primera impresión fue que pese a lo temprano de la hora el individuo había bebido demasiado, pues aparentaba llevarse bastante mal con la línea recta. Caminaba con desidia y a pesar de sus evidentes muestras de cansancio cada cierto número de metros se echaba al suelo, juntaba las manos delante del rostro y parecía orar a la manera de los fieles del Islam. Pronto me fijé que cada vez que se agachaba lo hacía exactamente sobre una de las alcantarillas que jalonaban la calle, esforzándose en escudriñar en su interior. Cuando exactamente delante de mi pizzería repetía la escena por enésima vez, se le acercó un policía que tras identificarse convenientemente le preguntó qué hacía, contestándole el beodo que buscaba las llaves de su casa, que las había perdido la noche anterior en una alcantarilla de la ciudad, pero no se acordaba en cuál, y que o las encontraba o sus padres le montaban un buen follón al llegar a casa.

Pero a pesar de momentos como el descrito la subsistencia de mi negocio era más bien precaria, pues por algún motivo el público seguía descendiendo.

Y ahí entraba mi idea, propia de una cabeza tan brillantemente dotada para el comercio como la mía, y que, debo reconocer con profunda satisfacción y henchido de orgullo, funcionó durante un tiempo, aumentando nuestro público que cada vez iba saliendo más y más satisfecho de mi negocio. Aprovechando la proverbial liberalidad de nuestras autoridades con los pequeños traficantes de droga le dije a Walter, ese cocinero entre cromañón y pitecántropo que teníamos y que decía ser italiano (mentira, seguro), que se hiciese con una cierta cantidad de cocaína, aunque para ello tuve que vender a bajo precio el lujoso reloj de pared que mi cuñado decía haber ganado en una honrada apuesta. Para que la mudanza no dejara detrás de sí la lógica huella sobre el papel pintado puse el aparador del salón en el lugar del reloj, adornándolo elegantemente con unas flores de plástico que parecían casi naturales de bien imitadas que estaban. Al final aquello no desdecía demasiado. Mi cuñado tenía de crédulo todo lo que le faltaba de buen observador, por lo que si algún tenebroso día se daba cuenta de la permuta siempre se le podía contar cualquier cándida mentira sin mayor miramiento.

El viento pareció cambiar para la pizzería en cuanto Walter, siguiendo mis instrucciones, fue añadiendo cautelosamente muy discretas cantidades de aquel polvo blanco a cada uno de los productos que salían de nuestra cocina. El éxito fue enorme y en sólo cuatro semanas llegamos a ingresar más del doble de dinero que en todo el trimestre anterior, cosa por otra parte nada difícil, dadas las menguadas entradas que hasta entonces habían sido habituales en nuestro negocio.

Lo que ya no podía yo prever, por mucho que mi mujer insistiera en lo contrario, era la visita de aquellos dos individuos, tan trajeados y tan formalmente vestidos que al principio creímos que eran dos representantes ambulantes de alguna industria de la capital, quienes en el ridículo lenguaje actual tan políticamente correcto se hacen llamar "comerciales".

Caí en la cuenta de que no eran vendedores cuando se pusieron de pie delante de mí y desde medio metro por encima de mi cabeza preguntaron que quién era el responsable del local. Por unos breves instantes quiso mi ingenuidad pensar que eran inspectores de Sanidad, quizá porque la semana anterior habíamos tenido un pequeño escándalo con una señora que protestó del estado ("encharcado" sería un suave eufemismo) en que se encontraban los servicios de la pizzería, habiéndole contestado mi mujer con la mayor educación que le fue posible que se aguantara, que la culpa era suya y de otros clientes guarros como ella, y que allí se iba a comer y no a mear. Cuando la señora reaccionó, tras varios minutos de patalear y chapotear en el mingitorio, llamó toda indignada a su Mariano, que resultó ser un alfeñique al que Walter asustó con su sola presencia. Y con el mazo de ablandar la carne.

No salí de mis sucesivos errores hasta que por fin se identificaron con sus respectivas placas. Resultaron ser dos policías secretas interesados en la materia prima que utilizábamos en nuestras pizzas, lasañas y helados, ya que al parecer nuestra fama había corrido demasiado, demasiado lejos y demasiado deprisa. Dada la fiereza de la competencia con las multinacionales del ramo instaladas en la ciudad no había lugar a dudas de que todo se debía a la envidia malsana que mi éxito estaba despertando, porque en todas partes hay gente que no sabe competir lealmente. Descargué parte de mi irritación con un par de patadas al horno y, tras acordarme de la madre que parió a la globalización y soltar todo el repertorio de tacos que conocía, decidí atenderlos personalmente.

Me empeñé en derrochar todo el encanto y toda la facundia de la que Dios me proveyó para convencerles de que si Walter era el cocinero él era el responsable y no se podían llevar a otro que a Walter. Querían que yo les acompañase, como titular del negocio, pero al final fueron comprensivos y se llevaron a mi mujer, aunque previamente hube de amenazarla en un breve aparte con hacer público que era absolutamente calva, pues la media melena pelirroja que lucía era simple prótesis decorativa que discretamente había comprado en otro lugar. Si alguna vez tuvo un terror nocturno fue que se supiese de tu total calvicie.

La cosa acabó en un disgusto menor gracias a que he coincidido demasiadas veces con el inspector jefe en el puticlub de la carretera, habiéndonos invitado muchas veces el uno al otro (También a las bebidas). Gervasio Rodilla, "Ger" o "Rodi" en los momentos de intimidad del club o después de cuatro o cinco copas, siempre había sido un tipo muy extrovertido, de los que no se escondían para ayudar a los amigos. Sobre todo porque me debía el favor de mi silencio. Siempre me lo había dicho: "Tú, tranqui, que algún día podré pagarte el favor".

En realidad, los secretos que yo debía guardarle eran dos. El día del famoso 23-F, aquél del asalto al Congreso, Ger había entrado en el puticlub y se lo había encontrado absolutamente desierto. Bueno, desierto de clientes, quiero decir, que las chicas, grandes profesionales fieles al cumplimento del deber en toda circunstancia, estaban en su puesto de trabajo y con su uniforme de faena, consistente a la sazón en un tanga de color azul metálico y un liviano fular con lentejuelas y estrellitas de plata, que tras tapar (es un decir) sus pechos se recogía de una manera graciosa detrás de la espalda. Con varias copas ya encima y creyéndose solo, el entonces joven e inexperto Gervasio Rodilla no pudo reprimir su natural y dio varios vivas a Tejero justo en el momento en que yo bajaba de la habitación de Jennifer. Con Jennifer.

Con la discreción de la que hago gala cuando me veo en peligro yo me hubiera escondido detrás de la cortina, pero Jennifer, que en realidad se llamaba Toñi y era de Venta de Baños, tropezó en el primer peldaño, cayó sobre mí, y yo, desde una altura considerable, sobre el entonces recién ingresado policía. Inmovilizado de esta forma bajo la Toñi y bajo mí, el pobre sólo acertó a decir "Bueno, me rindo pero yo no tengo nada que ver, conste". Con el barullo que se organizó y dado que la luz en estos lugares es más bien escasa, tardamos bastante en aclarar las circunstancias y en calmarle, pues al darse cuenta de su metedura de pata quiso pasar por las armas a la pobre Toñi, además de llamarle insistentemente "Toñi, Toñi, Toñi", cuando a la pobre todos le decíamos Jennifer. Ganas de fastidiar.

A partir de aquel célebre día Gervasio Rodilla y yo hemos intimado profundamente, compartiendo jornadas de fútbol televisado, copas, francachelas e incluso a alguna chica del club. Estando ya a punto de cumplir los cincuenta años Ger seguía sin haberse casado, así que el segundo secreto que yo le guardaba no era el de su habitual presencia por la barra americana, pues era cosa que conocía toda la ciudad, sino el de sus gatillazos. Porque aún ahora, cuando tantos años han pasado desde el 23-F, si alguna vez coincido con él en el lupanar subo hasta la habitación en que se encuentre y susurro junto a la cerradura: "Rooodiii, acuérdate de Tejeroooo", siendo suficiente tal alusión para que del susto al pobre se le derrumben todas sus fuerzas, concluyendo sus intentos amatorios en un considerable gatillazo.

El (presunto) negocio de la pizzería empezó a finiquitar el día en que mi cuñado se empeñó en contratar a aquel negro, "subsahariano" debería haber dicho en otro ejemplo del estúpido lenguaje políticamente correcto, que por no haber visto jamás un horno de gas hizo que todo estallase por los aires cuando intentaba encender aquel puro que yo le regalé. ¡Cómo podía saber yo que además de subsahariano era un inepto! ¡Por si no tuviera ya bastante con lo uno además tenía que ser lo otro!

De aquellas ruinas salió mi actual situación de privilegio. Porque el dinero que cobré de la compañía de seguros me vino muy bien para transformar la fracasada pizzería en nuevo restaurante de lujo, al que por un recuerdo infantil decidí llamar Totilimundi, trasladándolo además a las afueras de la ciudad, al lado del Pandemonium. Me venía bien esta vecindad pues con el tiempo Esmeraldino me había hecho gerente del club, lo que me permitía de vez en cuando cobrarme los beneficios en especie, sobre todo cuando fuera de la temporada turística o de las fiestas locales ambos negocios flaqueaban, dejándonos a las chicas y a mí sin saber cómo rellenar tanto tiempo de ocio. Visto lo azarosa que había resultado mi vida como restaurador a la italiana tuve lo que entonces creí una idea soberbia, pero que terminó por revelarse como la causa de este desdichado final: protegerme de determinados desastres imprevistos admitiendo a Rodi como socio del restaurante.

Mantenerme en el negocio de la restauración fue tanto por permanecer dentro de la misma rama de asuntos, que después de tantas experiencias frustrantes ya empezaba a controlar, como por prestar oídos al golfo de mi cuñao, que era tan ignorante, mucho, como atrevido, más, o como millonario, mucho más. El muy ladino me embaucó diciendo que había hecho su fortuna dirigiendo varios restaurantes en Barcelona, lo que era sólo parcialmente verdad, pues aunque los restaurantes estaban a su nombre en realidad no eran sino excusas para lavar dinero negro que alguien, con más dólares que acierto, había puesto bajo su (torpe) salvaguarda. A tomar la decisión final me ayudó también que el Ayuntamiento recalificara inesperadamente el magnífico solar que había junto a la carretera y que tanto me había interesado. Por lo que yo sé a esta sorprendente medida municipal contribuyó mucho una serie de reuniones a altas horas de la noche que mantuvo mi cuñado con algunos concejales y algunas de las chicas de Pandecoñum. A lo mejor ahí tiene usted tajada, señor juez.

Luego resultó que el muy imbécil de Esmeraldino ni sabía lo que era una cocina ni los sucesivos cocineros que contrataba, siempre procedentes de la inmigración más canalla e ilegal, tenían pajolera idea de lo que era un cocido madrileño o una paella de mariscos. Yo le había advertido ya previamente de que estaba jugando con fuego, de que aquellos a los que él explotaba haciéndolos trabajar sin ninguna preparación en sus diversos negocios, casi todos ilegales, durante doce horas al día, siete días a la semana, podían volverse contra él en cualquier momento. Acuérdate de la pizzería, le dije.

No me hizo ningún caso, como ocurría habitualmente, y contrató a un tal Abou Joseph que, empeñado a toda costa en agradarnos para que le consiguiéramos el certificado de residencia, insistía en prepararnos los exóticos platos de su lugar de origen. Como si los estropajosos paladares de los provincianos que se detenían en nuestro restaurante supieran apreciar el arte culinario más allá de los callos a la madrileña o del arroz a la cubana. Tuvo el infeliz la ocurrencia de prepararnos un plato que debía ser cocinado en un fuego de excrementos secos de gacela. Quizá con un poco de suerte nadie se habría enterado si el desdichado no se hubiera dejado ver previamente por el club hípico recogiendo boñigas de caballo con las que sustituir las de las lejanas e inaccesibles gacelas. Una vez aclarado el consiguiente escándalo ciudadano me conformé con despedirle tras hacerle recorrer la calle Mayor arriba y abajo arrastrando un contenedor repleto del mismo estiércol que había recogido en el club hípico. Cuando por fin se marchó de la ciudad llevaba en su andrajosa mochila un par de paladas de semejante mercancía. De recuerdo.

Pero poco tiempo después todo el mundo olvidó tan desagradable incidente y el negocio empezó a marchar viento en popa, siempre gracias a que mi ingenio no dejaba de funcionar. Había conseguido que Iñigo Desiré de la Cuesta, un personajillo extraño que dirigía la televisión local, se convirtiera en un cliente habitual de Pandemonium. Y nunca le dejaba pagar. Me costaba una pasta, porque el condenado se había encaprichado de una chica y menudeaban sus visitas, de las que casi siempre salía demasiado alegre, pero me lo compensaba muy generosamente con publicidad encubierta o invitando a cenar en mi local a actores, toreros y políticos que al pasar por nuestra ciudad acudían a los estudios de la televisión que él dirigía. Como consecuencia de ello mi restaurante se había convertido en uno de los locales más afamados de la ciudad, lugar de cita obligada para todo el que quisiese ver y dejarse ver. Totilimundi era el lugar de moda y en él se convocaban las autoridades, los empresarios más conocidos, los artistas locales y los meritorios en cualquiera de dichos campos. Tanto era así que un día decidí que Iñigo Desiré de la Cuesta empezaba a estar de más en mis planes.

Demasiado ancho, bajito y cabezón, apenas tenía cuello, de modo que parecía que tenía la cabeza directamente embutida en el tronco. El pobre estaba tan convencido de las bondades de la publicidad que empezaba todas las mañanas con una humeante taza de café de Colombia, un cigarrillo rubio americano y la colonia más anunciada del momento. Tenía la vana esperanza de que la vida fuese como en los anuncios, pero cuando se miraba al espejo caía en la cuenta de lo dura que es la realidad. Su excesiva autosuficiencia, su imponente vanidad y su repelente tiranía con todos aquellos que tenían la desgracia de ser subordinados suyos le hacían inaguantable. Se creía perfecto y exigía que los demás lo fueran. Comía y cenaba con frecuencia en mi local, así que alguna vez yo me había vengado de su soberbia dejando caer una salivilla en su café o chupando los cubiertos antes de entregárselos a él.

Su (fea y agria) secretaria, Rosa Melgar Zalapeta, confesaba sin rubor ante todo el que quisiera escuchar que soñaba habitualmente con trenes que atravesaban túneles en todas las direcciones imaginables. Pasados los cuarenta y cinco años había fracasado de manera estrepitosa en diversos intentos de formar una familia. Buena muestra de su derrota era la liviana sombra que se había instalado definitivamente sobre su labio superior.

Por lo que yo sé, aquel día Rosa había revisado el informe mensual de Estadística sin que pareciera faltar nada, había quitado el clip que unía sus diversas hojas, lo había usado como mondadientes y lo había arrojado despectivamente a la papelera. Posteriormente había pasado el informe a Don Iñigo y ahora nadie encontraba la página trece y ni siquiera parecía existir un disquete con la copia. La pobre y virginal Rosita aguantó cuanto pudo el bronco sermón lleno de amenazas, voces y golpes sobre la mesa y los armarios, pero cuando su jefe salió del despacho no pudo resistir más y retrocedió en busca de un lugar donde aposentar la retaguardia, derribando por el camino un ficus benjamina y terminando por descansar sus posaderas sobre la silla de la esquina, justo encima de la desaparecida página trece. Cuando consiguió dejar de tartamudear y de hipar se levantó y descubrió el mueble bar. Desconsolada como estaba, la pobre no encontró mejor modo de apaciguar su ánimo que probar grandes tragos de un par de botellas, alternando sucesivamente una y otra hasta alcanzar un estado de profunda depresión que acabó con ella trastabillando por las polvorientas escaleras de los estudios y escondiéndose de quien osara cruzarse en su camino.

Me apiadé de ella cuando sólo unos minutos más tarde me lo contaba todo en la barra de mi restaurante, todavía llorando, con el rimel corrido y apestando a alcohol. No, no, perdón, perdón, señor juez, rectifico, qué narices voy a apiadarme de ella. Ella me importaba un carajo, siempre me había parecido el eslabón perdido entre el género humano y los monos menos evolucionados, era brusca, maleducada y desagradable, y su repelente imagen ofendía al sexo femenino. Y hablando de sexo, su sola presencia bastaría para aplacar fulminantemente las rijosidades del pelotón masculino más lujurioso. Pero ella me dio la excusa que no necesitaba para vengarme del mequetrefe engreído que todavía era su jefe (¿o ya no?) y devolverle parte de la medicina que él repartía con generosidad a todos los que no teníamos la fortuna de ser él.

Unas pocas horas después, y sin apenas esfuerzo por mi parte, le había convencido de las bondades de la nueva chica que había llegado a Pandemonium el día anterior, de su profesionalidad y de su saber hacer. Cuando se marchó le despedí con las inevitables palmadas en la espalda y me limité a esperar. Días seguidos estuve riéndome a escondidas del petulante petimetre y sus esfuerzos por aguantar serenamente picores y escozores en sus partes pudendas sin que se le notara.

Sólo hace un par de días, cuando empezaban las fiestas de nuestra ciudad ocurrió uno de los momentos que quedarán marcados para siempre en la historia de la hostelería española. Disfrutábamos, como casi siempre, de una generosa asistencia de clientes dispuestos a dejarse en mi caja un pequeño porcentaje de cuanto pensaban gastarse en celebrar a San Antonio María Claret. La mayor parte de ellos habían terminado de cenar o estaban a punto de hacerlo. Como suele ser habitual, el tono de las voces había ido subiendo a medida que las botellas de vino se habían ido vaciando y la algarabía era, pues, considerable. De pronto apareció aquel famoso individuo que buscaba las llaves de su casa por todas las alcantarillas de la ciudad. Y se detuvo un instante bajo el quicio de la puerta, contemplando el interior con la sonrisa y el gesto de triunfal soberbia con que una estrella de la música contempla a sus fans desde lo alto del escenario.

En una mano llevaba dos periódicos y un libro y con la otra tiraba de un carrito de la compra mugriento y deshilachado. Nadie pareció darse cuenta de su presencia hasta que retrocedió unos pasos para coger carrerilla y se lanzó resbalando hasta una de las pocas mesas libres que había. Entonces cesaron todas las conversaciones y un silencio espectacular se concentró sobre él, que se limitó a sentarse tras arrojar sobre los presentes una displicente mirada y una sonrisa de absoluta superioridad, mostrando a todos los aparatosos huecos de su dentadura.

Abrió los dos periódicos y los dispuso sobre la mesa a modo de mantel, alisándolos convenientemente, pidió la carta y tras ella la cena, que después de muchas dudas e indecisiones decidimos servirle, empuñó cuchillo y tenedor cual gladiador que en el circo romano tuviese que defenderse de sus conmilitones, miró fanfarrón a la expectante concurrencia y empezó a dar parsimoniosa cuenta de unas pochas con almejas a las que mientras se calentaban yo había añadido el jugo de una fregona de la cocina en previsión de lo que pudiera venir después. Al concluir el segundo plato pidió postre, café y un coñac. Durante todo este tiempo nadie había abandonado el comedor, nadie había dejado la mesa, todos seguían pegados a los asientos, con los ojos fijos en el polifemo. Éste finalmente pidió la cuenta, la examinó cuidadosamente, por delante, por detrás e incluso al trasluz, mesándose las barbas con gran nerviosismo y, tras reclamar mi presencia, me hizo saber lo bien que había cenado y lo agradable que era el local, pero que si yo esperaba que pagase tal cantidad iba de cráneo, pues era pobre de solemnidad y, aunque su intención era satisfacer la deuda en el menor plazo posible, tal tarea le resultaba de momento inalcanzable.

De pronto se puso de pie sobre la silla y, levantando su cavernosa voz y dirigiéndose a la concurrencia con ampulosos gestos y voz engolada, anunció a los cuatro vientos que no tenía dinero para pagar, pero que dejaba su sombrero sobre la mesa por si alguien de entre tan distinguida clientela tenía un mínimo de dignidad y se animaba a colaborar. Él, no obstante, reconocía públicamente su deuda "con este afamado local" y manifestaba su deseo de saldarla a la mayor brevedad y con esa aspiración salía de vuelta a las calles del pueblo, a solicitar también la colaboración de los ciudadanos viandantes, dejando en prenda sus pertenencias. Una llamada telefónica al hoy fallecido Gervasio Rodilla no me hubiera solucionado el problema, pues de ninguna forma hubiera cobrado nunca mi deuda. Antes al contrario, dejé que las cosas transcurrieran como el pobre loco quería y al día siguiente se presentó a cumplir su compromiso, porque "seré pobre y loco, pero la palabra de un hombre debe ser sagrada, como han dicho todos los pensadores que en el mundo han sido antes que yo" dijo al despedirse y llevarse sus roñosas posesiones.

Eso fue exactamente antesdeayer, señor Juez, cuando nada hacía prever lo que hoy iba a ocurrir.

Ya sería más de media tarde; mi mujer se había quedado sola recogiendo la cocina y yo había subido a Pandemonium para comprobar que todo seguía en orden. Vi a Ger aparcando junto a la puerta principal del restaurante. Nada sospeché, estamos en fiestas y pensé que iría a comprobar que todo estaba en su sitio. Cuando acabe vendrá aquí, a dar una vuelta y a charlar un poco, pensé. Así que me dispuse a pasar el rato con Rosaura Celinda, una dominicana que está de coge pan y moja, y a intentar acabar mi cubalibre (Bueno, el mío y el de Celinda y media docena más si hiciera falta). Pero por ser los días que son la Celi no andaba sobrada de tiempo, llegaron varios clientes y tras pedirme respetuoso permiso me dejó y se fue a sacarles los cuartos. Aburrido, decidí bajar a ver por qué Ger no acababa de llegar. Lo primero que me llamó la atención, antes incluso de entrar al restaurante, fue que mi mujer hubiera puesto la música tan alta. Y además una balada romántica, con lo poco que le gustaban a ella, que siempre se había sentido más cerca de la tierna delicadeza del “bacalao”. Crucé la sala con descuido, lentamente, mirando por las ventanas, ordenando bien alguna silla fuera de sitio, poniendo en su lugar algún cenicero descolocado.

Cuando llegué a la cocina miré por el ojo de buey de la puerta y lo primero que vi fue el trasero flácido y peludo del comisario de policía. Lo segundo que vi fueron los pechos caídos de mi esposa, que con las manos levantadas y los brazos bien abiertos sostenía dos botellas de pacharán. Ya hay que ser ordinarios para hacer el amor bebiendo pacharán. “Regístrame, Rodi, regístrame bien, que voy armada”, decía. Y se reían los dos. Rodi había empezado a decir algo así como “Qué buena estás, Maripuri” cuando decidí ocultarme y esperar serenamente a que terminaran de beber. Yo soy un ciudadano europeo del siglo XXI, demasiado culto y refinado como para reaccionar como un salvaje saltando sobre ellos y matándolos. Esperé desenvolviendo y encendiendo calmadamente uno de aquellos habanos que siempre me habían gustado, saboreando detenidamente su aroma.

Cuando creí que había llegado el momento apropiado asomé la cabeza y los vi entregados sobre la mesa de la cocina. Entré sin ruido, me situé a su lado, exhalé sobre ellos una gran bocanada de humo y dije "Rodi, acuérdate de Tejerooooo". La reacción fue inmediata y después de su habitual "mecagonlalechetúsiempreigual" cayó en la cuenta de la situación en que se encontraba. “Joé, Rodi, pues no te entiendo, ¡con lo jóvenes que son las de ahí arriba!” dije, más que nada para incordiar. Estaban tan estupefactos que ni sabían qué decir ni acertaban a cerrar la boca, balbuceando incongruencias imposibles de entender.

Me apoyé con despreocupación en el frigorífico sin dejar de fumar mi puro. Lo que más gracia me hacía era el continuo vaivén de sus manos, que no acertaban a detenerse en lugar alguno. Bueno, en realidad Rodi lo tenía más fácil, pues se limitó a juntar mucho las piernas y situar sus manos sobre la ingle. Sin embargo, en su afán de dar una explicación que no encontraba, con frecuencia las separaba, haciendo aspavientos que dejaban ver la flacidez de su entrepierna. Pensando cómo aliviarle, tome bruscamente la pelirroja peluca de mi mujer, obrando con rapidez para impedir que se defendiera, y se la puse a él en el lugar adecuado que tapase su desastrada virilidad.

El agudo chillido de mi cónyuge contrastó con el horrorizado “Pero si eres calva, Maripuri” que lanzó el veterano policía. Si, a pesar de estos trágicos momentos, tengo que pensar en un instante especialmente divertido me quedo con la cara que puso la pobre, ya que no encontraba manos suficientes para taparse, pues las dos únicas con que la Naturaleza le dotó intentaban tapar hasta donde fuera posible la calvicie absoluta que coronaba su figura, dejando a la contemplación de los espectadores el resto de su (adiposa) anatomía. Fruto de los nervios, imagino, le sobrevino una incontinencia urinaria, cuyos detalles omito por delicadeza y porque nada aporta a la comprensión de esta historia. Sin poderlo evitar Rodi y yo prorrumpimos en una incontenible carcajada. Eso sí, él no apartaba de su entrepierna la peluca pelirroja con la que ocultaba por dónde había empezado todo aquel galimatías. La pobre echó a correr sin bajar las manos, buscando refugio donde ocultar su alopécica cabeza, dejando detrás de sí un reguero de humedad delatora.

Como es obvio esto no hizo sino aumentar la sonoridad de nuestras estentóreas risotadas que parecían rebotar con incansable insistencia entre las cuatro esquinas de aquella inmensa cocina. Cuando la infeliz se dio cuenta de que no tenía escapatoria se detuvo y, con especial saña y delectación, nos arrojó a la cabeza las dos botellas de pacharán, seguramente en un ataque de histérica impotencia. La primera fue contra mí, alcanzándome y causándome la brecha cuyo informe médico sin duda, señor Juez, ha podido usted examinar. Dirigió, furiosa, la segunda contra Rodi, sin duda ofendida por una actitud que nunca hubiera esperado. Éste, en medio de una incontenible carcajada, esquivó el golpe de un sencillo manotazo, aumentando aún más su hilaridad. De hecho, cuando empezó a doblar las rodillas y a apoyarse en la mesa yo estaba convencido de que se debía a que el ataque de risa había terminado por minar su fortaleza física. Además, bastante tenía yo con tratar de evitar las posibles nuevas acometidas de mi esposa, que andaba como loca buscando a su alrededor objetos contundentes con los que continuar su ataque. ¡Como para fijarme en que el pobre Rodilla yacía muerto cuan largo era!
En realidad fue ella la primera en darse cuenta. Como en su obcecación no encontraba con qué rematarle le propinó lo que quiso ser coz de mula y se quedó en poco más que caricia de gato, pero aún así le extrañó que el policía no hiciera el más mínimo ademán para defenderse. Tras agacharse a comprobar la situación, su nerviosa agresividad se tornó bruscamente en serena desolación, pues comprendió enseguida lo que había ocurrido. Y en aquel punto nos vestimos, nos adecentamos prudentemente y sin atrevernos a mirar atrás nos subimos a Pandemonium a llamarle a usted, procurando que las prójimas y el resto de sus circunstanciales visitantes no se enterasen de nada y siguieran con sus (habituales) ocupaciones.

Nada más tengo que añadir, pues nada ocurrió desde ese momento hasta que usted tuvo a bien terminar con Encarnita y venir hasta aquí. Sólo me queda rogarle brevedad en los trámites en que se me necesite, pues como usted habrá podido comprobar, en Pandemonium se me acumula el trabajo y Esmeraldino es un inútil que estará negociando un revolcón con Rosaura Celinda en vez de consolar a su hermana o dirigir el club, que ambas cosas son de su incumbencia cuando yo estoy ausente. ¿Dónde tengo que firmar?

lunes, abril 25, 2005

El hombre invisible

A esta parroquia vienen cada día más personas. Los de aquí, a misa, y los de fuera, aunque el cura rabie, a ver nuestro retablo durante la Liturgia y a descansar, que esta iglesia siempre tuvo fama de confortable y acogedora. Unos y otros pasan a mi lado y no me ven. Hablan al entrar y al salir. De lo que ha dicho el cura o del retablo, de la vecina de banco o de oye, tú, mira quién está ahí. Salen y entran, se saludan y se sonríen. Los hay que según lo que el cura vaya diciendo se revuelven incómodos sobre sus traseros, algunos carraspean sin cesar, otros, los más, se abandonan, muelles, y se limitan a esperar pacientemente a que el sermón pase.

Desde la puerta de entrada yo no me pierdo detalle. Los hay que llegan tarde y haciendo ruido, con ganas de hacerse notar, los hay discretos que se meten en un rincón para pasar desapercibidos. Otros llegan envueltos en perfumes caros y traje de marca. Son los mismos que por la tarde tampoco me ven en la Calle Mayor, delante del Café de la Ciudad o ante la fachada principal del cine. A veces me los encuentro detrás de un escaparate, escogiendo una corbata de última moda o los zapatos más caros, acompañados por una dependienta rubia que sonríe bobaliconamente y les da siempre la razón con excesivo entusiasmo.

Les observo: Salvo si salen de la última sesión de cine, caminan estúpidamente, con la mirada perdida en un punto lejano y gesto de preocupación. Con pasos graves, seguramente se dirigen a ninguna parte, sin prisa por llegar, a consumir sosa, aburridamente, sus últimos minutos de libertad antes de llegar a casa o al trabajo. En ese caso, si salen de la última sesión del cine, digo, salen con una mirada especial, sus pasos son más precipitados y parece que fugaz y pasajeramente hay algo de ilusión en sus vidas. A la mañana siguiente, cuando se dan cuenta de que sólo son lo que son y no los protagonistas de una película de moda, las cosas vuelven por donde solían, sus vidas vuelven a ser cansinas, lisiadas y carentes. Si se cruzan conmigo al salir cinco minutos del negocio o la oficina para tomar un apresurado café, tampoco me ven.

Porque a esas horas siempre tienen aire de importancia. Muy seguros de sí mismos, esperan que tarde o temprano alguien acuda a pedirles un favor, que alguien les solicite una firma o un sello imprescindibles, que alguien les deje unas pesetas a deber. Entonces ellos tendrán el privilegio de ceder y perdonarles la vida. Simulan que hacen un trabajoso esfuerzo, parece que reniegan y hacen que regatean, pero les encanta y se sienten más fuertes y más jóvenes. Hablan alto y nos castigan a todos con sus gestos ampulosos. A veces sienten tal satisfacción que muy dentro de ellos algo les obliga a la generosidad. Es ésa la rara ocasión en que se acuerdan de mí.

Sin embargo las cosas no suelen ser así. Al mediodía ya han perdido toda expectativa y al cerrar sus despachos, sus negocios o sus oficinas, caminan con la espalda ligeramente encorvada, las manos en el fondo de los bolsillos, la cabeza hundida y el pensamiento en su fracaso cotidiano. Sus pasos son más blandos y más cortos, sus sonrisas se han helado y suelen avanzar con el ceño fruncido. A duras penas aciertan a saludar con leve gesto a otro como ellos, con los mismos problemas que ellos, con la misma escasa esperanza que ellos. A veces pienso que es por el calor, otras veces creo que es el frío o la lluvia o la niebla... o que el gris es el color que adorna sus afanes vitales, pero hay ocasiones en que alguno me inquieta. Hay rostros que denuncian haber perdido permanentemente toda ilusión, que la vida es una larga condena a la que se sienten vitalmente uncidos. Si sospecho que para llegar a sus casas tienen que conducir por la carretera de la montaña me preocupa que puedan sentir deseos de acelerar al llegar al precipicio.

Cuando el día va concluyendo parecen haber encogido, será la fuerza acumulada de la gravedad, no sé, o será que los acontecimientos plomizos que protagonizan sus vidas hacen que escondan la cabeza entre los hombros. A esas horas los observo ya desde el parque. Los veo tristes y melancólicos, brevemente ilusionados si están con la novia, pasajeramente emocionados si van con sus hijos, pero sin por ello haber perdido el aire de insatisfacción ni dejar de estar intranquilos por el día que amenaza amanecer.
A veces sigo con la mirada a uno de ellos. Le persigo hasta que dobla una esquina o desaparece en un portal. Me los imagino entrando en su casa, hola, cariño, qué hay para cenar, y diciendo a los niños que no armen tanto ruido, que papá está cansado. Ah, otra vez sopa, ¿y hoy qué ponen en la tele? Cuando siento que se enciende la luz del dormitorio refreno mis elucubraciones. A su dormitorio nunca paso, nunca me atrevo a incomodar su intimidad porque... ¿quién soy yo para ello? ¿Quién soy yo si nunca consigo que me vean cuando les tiendo la mano al entrar en la iglesia o al salir del cine? ¿Quién soy yo si nunca consigo que me vean cuando les pido una limosna por el amor de Dios?

domingo, abril 24, 2005

Pecios (Relato erótico)

Reconozco que la culpa fue mía. Al menos al principio. Desde el día en que la agencia la envió a casa me gustó. No era la jovencita al uso, de medidas estándar y cuerpo de pasarela, no. La verdad es que resultaba un poco grandota. Ni excesivamente ancha ni pesada, no; ni mucho menos. Era más alta que las últimas chicas que habían venido a servir y también algo más fuerte. Sin embargo, los rasgos finos y delicados de su cara denotaban un origen más elevado que lo que su cuerpo hacía suponer. Destacaban sobre todo unos pechos que amenazaban con chocarse contra todo. Sus caderas eran rotundas y firmes; su andar, pausado a la vez que rítmico y enérgico. En cambio, sus manos eran largas y delicadas. Hechas para el arte, dije yo en el primer momento.

Reconozco que la culpa fue mía. Al menos al principio. Desde el día en que la agencia la trajo a casa pensé que esos pechos estaban hechos para encontrarse conmigo. Lo intenté saliendo de la cocina cuando ella iba a entrar, lo intenté bajando la escalera y al tomar la esquina del pasillo. Pero ella siempre parecía intuir lo que se le venía encima y me evitaba.

A las otras chicas las había visto desnudas al ponerse el uniforme, pero a ésta no le servía. Los primeros días trabajaba y limpiaba siempre con vaqueros y una blusa muy vulgar. Así que protesté a mi mujer e hice que le obligara a ponerse el uniforme, aunque le apretara y le quedara muy corto. Ya se le compraría otro cuando estuviésemos seguros de que se quedaba.

Y funcionó. Entró a cambiarse a su cuarto. Dejó el uniforme sobre la cama, y después, mientras tras las cortinas veía los acebos del jardín, fue quitándose la ropa con inquietud. Cuando llegó el momento oportuno sus pechos, asombrosamente puntiagudos, con un moreno intenso que hacía que sus pezones rosados pasasen desapercibidos, quedaron mirándome, a tan sólo medio metro de mí...., si ella supiera..., eran firmes, tersos, suaves, y parecían estar deseando salir disparados de su cuerpo. Cuánto hubiera dado por alcanzarlos.... Pero había que esperar.

Efectivamente el uniforme le estaba pequeño y no podía abrocharse el botón superior, lo que sin duda me proporcionaría sucesivas alegrías a lo largo de las siguientes jornadas. Cuando intentó encerrar sus caderas en aquella falda contemplé con asombro el perfecto dibujo que formaban. Cielos, eran las caderas mejor torneadas que jamás hubiera visto. Su vientre extraordinariamente plano, sus posaderas absolutamente redondeadas, sus caderas en una inacabable curva, hacían que la desease allí mismo.

Decidí que me quedaría en el salón mientras ella hacía la limpieza. Y preferí no disimular. Nada de una mirada a hurtadillas, nada de simular que leía un libro. Busqué en internet un precioso relato muy erótico que siempre me gustó y dejé que ella viese lo que estaba leyendo:
http://eroticobarroco.blogspot.com/. Y la seguí continuamente con los ojos.

Al entrar pareció dudar, saludó e hizo además de retirarse al verme. Dudó un segundo cuando le dije que no importaba, que entrase y siguiese con su tarea habitual. Levantaba cuidadosamente los objetos para limpiarlos; sus manos delicadas recorrían exquisitamente el lomo de mis viejos libros, les quitaba el polvo y volvía a depositarlos en su lugar. Yo disfrutaba cada uno de sus movimientos, disfrutaba cada uno de los temblores de sus nalgas al caminar, disfrutaba de cada centímetro de sus piernas que la falda me regalaba, disfrutaba del subibaja de sus pechos al caminar. No podía apartar la mirada de su cuerpo, estaba como hipnotizado viendo cómo se desplazaba de rincón en rincón.

En numerosas ocasiones ella me sorprendió en la observación. Primero al estirarse para coger aquella horrenda pieza de marfil que alguien me había traído de no sé donde. Después cuando limpiaba los portarretratos de la abuela y de Florián. Más tarde cuando se le cayó no recuerdo qué y me mostró generosamente su escote semiabierto. Lejos de apartar mi mirada le sonreí varias veces y ella se quedó a medio gesto entre la sorpresa y la sonrisa. Creo que notó mi excitación cuando comenzó a limpiar la lámpara de pie, al lado de mi sillón. Por si acaso crucé las piernas para disimular en lo posible. Los pechos se le marcaban perfectamente bajo el ajustado uniforme. Estaban demasiado apretados en aquel pequeño refugio, hasta podía percibir sus pezones grandotes. Unos pechos tiernos y juguetones como para volverse loco, que subían y bajaban, que saltaban alegres siguiendo el ritmo de trabajo de su dueña.

Algo cambió en un momento determinado; ella, que se sentía observada, empezó a mirarme de reojo y a no apartar la mirada cuando nuestros ojos coincidían. En esos momentos se ponía de puntillas y se estiraba para limpiar algún cuadro o la parte superior del espejo. Desde luego no era casualidad. Le sonreí y me sonrió. Y entonces le tocó el turno de limpieza al pie de la lámpara. Lejos de agacharse prefirió inclinarse, ofreciéndome la celestial visión de su retaguardia, morena y rotunda. Decididamente había pasado al contraataque. Pasaba y repasaba una y otra vez, de abajo arriba, el fuste de lámpara cerrando sobre él su mano. Al mismo tiempo me miró de reojo e inició una sonrisa de complicidad. Así que decidí apartar la revista que tenía en mis rodillas e iniciar el breve camino que me separaba de ella. Me esperó y me sonrió con unos oscuros ojos soñadores. Mis manos la tomaron por la cintura, mientras mi pelvis tomaba contacto con su trasero. Apreté cuanto pude mientras mi mano derecha subía hasta su escote y lo abría sin contemplaciones. Mi mano izquierda decidió bajar hasta su entrepierna y registrarla a fondo. Ella me dejaba hacer y se apretaba contra mí, subiendo y bajando sin cesar, frotándose contra mi pantalón.



La hice girar y le besé los labios, ella cerró los ojos y me devolvió el beso. Empecé a levantar su breve falda cuando ella decidió por fin explorar mis intimidades. ¡Y sabía cómo hacerlo! Dos pasos detrás de nosotros estaba el sofá en el que nos refugiamos en el momento en que ya no me quedó ningún botón que desabrocharle. Se echó sobre mí, y sus caderas, su pelvis, sus piernas parecían aprisionarme. Sus trémulos pechos parecían querer impedir mi respiración. Acaricié su espalda hasta llegar a sus glúteos que recorrí brevemente, siguiendo viaje hacia las profundidades. Sobre el sofá, en la pared frente a mí, un estúpido arlequín contemplaba la escena con ojos de asombro y envidia.


Aprovechando un respiro le besé los pechos dulzones y apretados, los acaricié con parsimonia y enterré entre ellos mis labios, sintiendo en mis manos el jadeo de su respiración, jugando con mis dedos con la dureza de sus pezones. Pretendía seguir descendiendo por su cuerpo con mis besos cuando un leve tirón me descubrió que por fin había sido despojado de mis pantalones y de mis prendas más íntimas. En definitiva, los dos habíamos perdido toda vestidura. Se separó del abrazo poniéndose un instante de pie frente a mí. Se ofreció ante mi vista en toda su esplendorosa madurez. Sonreía satisfecha acariciándose un pecho y observando mi cuerpo con delectación cuando decidió agacharse sobre mi miembro y hacer sonar las trompetas de Jericó.


El mundo multiplicó su velocidad de giro, los objetos perdieron sus formas y todo se hizo borroso frente a mí. Cerré los ojos y estuve a punto de abandonarme a mi suerte. Qué hora más dulce; sus cálidos labios que empezaron acariciándome con dulzura de pronto me apretaron con energía, besándome con profundidad y calor, subiendo y bajando sin detenerse todos los lugares de tan íntima geografía. Su lengua hurgaba sin cesar buscando nuevos escondites secretos. Cuando se cansó de su juego se sentó a mi lado sin soltarme, sin dejar de mirarme. Echó su cuerpo hacia atrás y sus ojos sonrieron. Pero yo me limité a besarle una rodilla mientras le acariciaba la otra... y fui subiendo, lentamente con los labios, más deprisa con la mano. Cuando la espesura del camino se cerró ante mis dedos y ya me disponía a coronar la cumbre del monte de Venus, noté junto a mí el dulce perfume de mi esposa. No hubo lugar a mi reacción. Sin darme tiempo a ser consciente de lo que pasaba ella se despojó de sus ropas y se sumó al grupo... Las dos mujeres se miraron, se besaron y se acariciaron con lentitud y delectación. Juntaron sus cuerpos inventando el placer, acariciando cada una con sus pechos aquellos que le eran ajenos, besándose profundamente, imaginando mil suspiros y tejiendo mil jadeos.


Yo ya no existía, me retiré recogiendo mi ropa como el náufrago recoge los pecios, ocultando entre mis manos los fláccidos restos del mástil de mesana.
ACONSEJO A TODOS LOS LECTORES que deseen un reláto erótico de calidad que visiten esta página que ne acabo de encontrar http://eroticobarroco.blogspot.com/ Un lujo de relato.

La espiral

Salí de la cárcel al cumplirse exactamente los cinco años de mi condena sin redención de penas ni mandangas. Cinco añitos enteros cumplidos día a día. Pasé la última noche sin dormir, dando vueltas incesantemente en mi sucio jergón. Mis compañeros de celda se quejaron reiteradamente, aunque estoy seguro de que en el fondo comprendían y hasta envidiaban mi nerviosismo.

La tarde anterior había hecho la maleta detenida y concienzudamente. Aquella ropa ya gastada y pasada de moda había sido mi única posesión durante los últimos años. Toda ella me traía recuerdos de antes y de después. El jersey, por ejemplo. Me habían encarcelado con el mismo jersey que me habían regalado mis hijos el día de mi cumpleaños y era además con el que más me había abrigado durante los incómodos inviernos pasados en el Centro de Reeducación Social. ¡Centro de Reeducación Social! Ése era el pomposo nombre que le daba ahora el Gobierno a lo que siempre se había llamado cárcel. Los últimos estudios del Comité para el Lenguaje Políticamente Correcto consideraron que “Cárcel” era violentar excesivamente el idioma y descubrieron el C.R.S.

Pero estaba con la maleta, la tarde anterior había hecho la maleta. Doblé pulcra y cuidadosamente cada pantalón, cada camisa. Rellené los huecos con los calcetines, como me había enseñado mi esposa. Mi ex esposa. Los zapatos y la ropa interior iban en una bolsa de mano, de las que habitualmente se usan para hacer deporte. También había metido allí los libros que el Comité de Análisis de Reos de Centros de Educación en Libertad había considerado de obligada lectura para Presos de Primer Año y los que habían sido considerados “muy recomendables” para Presos de Segundo Año. Durante todo el tiempo que había estado en el C.R.S. había utilizado la foto de mis hijos para marcar la página en que me llegaba. Mi mujer se había divorciado de mí porque no pudo resistir la vergüenza de haberse casado con un delincuente. Los vecinos, los compañeros de trabajo, los clientes habituales de las tiendas en la que ella solía comprar empezaron a hacerle el vacío e incluso le negaron el saludo hasta que se conoció públicamente que había iniciado los trámites de divorcio. Cuando fue público hasta la paraban por la calle para darle la enhorabuena. Yo en venganza había cortado su cabeza. De la foto familiar.



A primera hora de la mañana un funcionario me acompañó al despacho del director de la prisión. Allí casi se filtraba la luz del exterior por un ventanuco que había abierto casi junto al techo. Durante casi una hora estuvo recriminándome mi “indigna conducta habitual” antes de ser denunciado y detenido, reprochándome que hubiera podido cometer tal delito y ser padre de familia al mismo tiempo. Igualmente me advirtió de modo muy riguroso contra la posible repetición de tan desafortunado comportamiento, amenazándome con aplicarme en toda su dureza el Código Penal, y finalmente me entregó la orden de libertad, no sin antes presentarme a mi Preceptor Personal. Se despidió diciendo: “Durante un año este funcionario será su sombra. Usted ni le verá ni le oirá pero aún en ese caso estará vigilándole. Otro error y la reincidencia le saldrá cara”. Ni que decir tengo que durante todo el tiempo mantuve la postura respetuosa que indica el reglamento de Presos por Vicios Sociales cuando se está en presencia de un superior: Manos a la espalda, la barbilla clavada en el pecho y los pies ligeramente separados. No era cosa de retrasar un año mi libertad por mi estúpido orgullo.


Cuando todo acabó cargué con mi equipaje hasta la puerta de salida, donde me estaba esperando el verdugo. Me senté y procedió con rapidez a raparme el pelo y tatuarme en la sien izquierda la espiral de costumbre y el número de serie que me correspondía mientras los guardias de seguridad revisaban por última vez mis pertenencias para comprobar que llevaba los libros obligatorios y la pauta de tratamiento que debía seguir semanalmente en el hospital de mi ciudad de residencia.


Me alejé con la máxima rapidez que pude sin mirar para atrás ni una sola vez. El sol que acababa de salir alargaba mi sombra que, aún débilmente, chocaba contra el sucio enlosado de la calle. Dejé los bultos en la consigna de una estación, entre cacheos y burlas de dos Guardias de Seguridad de Sanidad Pública. Les dejé hacer, firmé en su hoja de control y entré en el primer bar que encontré a tomar un café bien cargado. El fuerte sabor me hizo reaccionar y me sentí por primera vez en libertad. Gran cosa, la libertad, cuando se ha carecido de ella durante cinco años. Creo que la emoción me hizo gesticular llamativamente, pues observé que los dos camareros que estaba detrás de la barra cuchicheaban y me miraban con recelo. Estaba claro que desconfiaban de mí, la espiral de mi sien me iba señalando allá por donde fuera y todavía seguiría haciéndolo un tiempo. Pagué y salí precipitadamente de aquel tugurio, me paré nada más traspasar el umbral e inmediatamente tomé una profunda bocanada de aire que hinchó mis pulmones de libertad y de monóxido de carbono. Estoy convencido de que fue esa bocanada de aire urbano, sucio y contaminado, la que hizo renacer en mí aquellos impúdicos deseos de otras veces.


Hice como que llamaba a una puerta para volverme y meter la mano en mi calzoncillo. Satisfecho, me puse en marcha, tratando de disimular, imaginando que todo el mundo me miraba con cara de sospecha, temiendo a cada momento que alguien me señalara con el dedo o que un grupo de pandilleros barriobajeros se abalanzaran sobre mí sólo para divertirse. Indeciso, anduve largo rato, sin saber qué hacer ni dónde ir, sintiendo el deseo dentro de mí más fuerte a cada momento, sin saber si luchar contra él o dejarme llevar. Si esperaban haberme corregido con cinco años en la trena evidentemente el Sistema había fracaso. El recuerdo de que mi Preceptor Personal podía estar cerca y sin perderme de vista aumentaba mi nerviosismo, reincidir podía significar la perpetua, si el juez era benigno, o los trabajos forzados si estimaba conveniente ser riguroso. Miré a mi alrededor por si acaso pero no vi por ninguna parte al individuo en cuestión.


En las celdas se cuentan historias espantosas de ellos. Se dice que se han dado casos en que se camuflan como vecinos tuyos que pasan a tu casa a las horas más intempestivas con la excusa de llamar por teléfono, o que se valen de tus propios compañeros de trabajo para espiarte. Incluso se dice que hubo una época en que los Preceptores Personales eran siempre sexualmente atractivos para el Individuo en Libertad a Prueba, para formar pareja con él y tenerle permanentemente vigilado, incluso en la propia alcoba. Nunca he sabido si creerme estas historias pero no las niego automáticamente desde que Grupo de Dirigentes de la Nación dedicó el 20 por cien de su presupuesto al Programa de Seguridad Sanitaria del Estado.


Me estaba acercando al centro de la ciudad y aunque las aceras eran cada vez más anchas también había cada vez más personas con las que me cruzaba. Observé que algunas de ellas se apartaban ligera e inconscientemente de mí al ver la espiral tatuada entre la sien y la frente. No podía taparla con nada, estaba prohibido que se nos vendiera cualquier tipo de tocado bajo penas muy severas, sólo podía esperar a que me creciese el pelo y confiar en que el verdugo no me hubiese hecho el tatuaje demasiado adelante. Estuve a punto de chocarme con una señora que iba tirando casi violentamente de un niño pequeño y llorón. La señora al volverse y ver mi marca se paró y le dijo algo que hizo que la criatura redoblase su llanto y apretase el paso.


De pronto alguien me dio una palmada en la espalda por confusión. Durante un brevísimo instante me aterroricé y estuve a punto de decir: “Pero si no he hecho nada todavía”, lo que sin duda hubiera equivalido a admitir la agravante de premeditación. La otra persona palideció, se excusó y miró en todas las direcciones antes de echarse a correr angustiado. Sentí la urgente necesidad de huir, mi espiral se veía demasiado en aquellas calles céntricas, repletas de gentes de orden que iban y venían entre negocio y negocio, de señoras elegantes que salían de carísimas cafeterías. Me fastidiaba recibir un insulto con cada mirada que se tropezaba conmigo, apenas soportaba sin replicar tanto rechazo insolente que parecía decirme: “Molestas, no perteneces a este mundo, vete”. Con las últimas monedas que me quedaban cogí un autobús que salía hacia el extrarradio de la ciudad, me senté en las plazas posteriores que teníamos reservadas, de espaldas a los demás pasajeros, y me limité a ver perderse ante mí las calles y los edificios más céntricos. Media hora más tarde llegué al último suburbio. Al bajarme fui derecho al Centro de Control de Distrito, donde enseñé la documentación, firmé y dejé la huella dactilar, recordándome el Comisionado Vecinal que había de salir antes de la caída del sol. Salí más tranquilo, allí podría pasar más desapercibido e incluso tal vez en algún poblado marginal y tercermundista pudiese encontrar cobijo para un ex convicto.


Después de la última parada seguí andando todavía un rato, tratando de conocer los alrededores, buscando una mirada amiga que me ofreciera refugio. Unas calles más allá, junto a las últimas casas construidas, había un Instituto de Enseñanza que a pesar de su reciente edificación denotaba la misma penuria y la misma dejadez que todo lo que me rodeaba. Alguien había intentado urbanizar aquello en algún pasado reciente, pero el presupuesto debía haber sido tan escaso como su disposición a hacer las cosas bien, y como resultado de la falta de cuidado y de la reducida calidad de los materiales todo presentaba un estado lamentable. Las farolas mostraban óxido en sus numerosos abollones y raspaduras, las aceras ofrecían grandes desconchones, con una generalizada falta de baldosas, con bordillos defectuosos o inexistentes, con la mayoría de las papeleras arrancadas de su sitio o tumbadas a patadas. El abandono higiénico en general era notable y patentemente consolidado por el paso del tiempo. Junto a la puerta del Instituto, entre un mundo de papeles, trapos viejos y alguna olvidada zapatilla de estar en casa, sobre la última tapa del alcantarillado de la ciudad, se veían restos de dos o tres cajas de preservativos. Más allá todo era yermos campos de suciedad.


Detuve bruscamente mi caminar y giré sobre mí mismo sin previo aviso. Nadie. Una larga y desierta avenida por la que sólo las ratas circulaban unía aquel mísero lugar con el resto de la ciudad. Podía estar tranquilo y esperar a que los alumnos salieran para mezclarme con ellos. Entre ellos mi plan tenía sentido. Llevé mecánicamente mi mano a la bragueta y comprobé que tenía allí todo lo que necesitaba. Mientras esperaba, mi ansiedad aumentaba de manera incesante, no sabía si iba a poder esperar tanto tiempo, mi respiración se agitaba más y más y no podía pensar en otra cosa, necesitaba hacerlo ya. El cielo se iba volviendo negro, el aire no me llegaba a los pulmones y la cabeza me zumbaba. Era consciente de que la reincidencia estaba castigada muy duramente, y ya me imaginaba en el centro del patio del CRS, expuesto ante los niños de las escuelas de la ciudad que, obligados por el Comité Ciudadano Contra el Vicio a acudir por turnos todas las semanas, me observaban con una mezcla de asco y conmiseración.


Mi mente volvió a la realidad cuando largo rato más tarde empezaron a salir los alumnos de los últimos cursos, esperando en rigurosa alineación a que después del más pequeño se cerrase la puerta y el Delegado Sanitario de Educación diese la señal para entonar el himno correspondiente a aquel mes, “Respirar la Libertad”. Después todos se fueron encaminando a sus respectivas casas. Unos con aspecto de mafioso de película y otros con aire de esos cantantes macarras de primera fila mundial pasaban ante mí, indiferentes y altivos los más, desafiantes la mayoría, tristes todos. Procuré mezclarme con ellos y pasar desapercibido. Me uní al grupo de los más mayores, traté de ponerme delante de una chica minifaldera y atractiva que abrazada a su novio me ofrecía amplia cobertura de mis espaldas, y fui abriendo poco a poco los botones de mi gabardina.


Con disimulo bajé la cremallera de mi pantalón y saqué el tabaco y el mechero que había conseguido salvar de los sucesivos cacheos de la prisión. Puse mi único cigarrillo en la comisura de mis labios, encendí y aspiré profundamente. Ya estaba, ya no había marcha atrás. El humo recorría mi garganta y llenaba mis pulmones. ¡Qué satisfacción!


En aquel momento todo sucedió con rapidez, apenas expelí la primera bocanada la chica que iba detrás de mí me dobló el brazo sobre mi espalda y me recitó la orden de detención: “Soy su Preceptor Personal. Queda detenido por consumo de tabaco, con agravante de reincidencia, de exhibicionismo y de perversión de menores. Si se resiste tendremos que utilizar la violencia para devolverle al C.R.S.”

Navidad

Tengo que escribir un relato sobre la Navidad. Es la época, toca. Pero tengo que encontrar una idea nueva, distinta. Por lo general, la idea de Navidad va asociada a otras más ajadas, más manidas, y que ya no sirven. Abandono el ordenador y trato de pensar.

¡Escribir sobre Navidad! ¿Pero es que no se ha escrito ya todo sobre Navidad? Vienen a mi memoria viejos libros, recuerdo viejas estampas de las que siempre decimos que son nuevas... ¡Cuántas cosas viejas recuerdo! No es ese el camino, por ahí no puede ir mi artículo sobre la Navidad.
Intento distraerme, pensar cómo pasarán la Navidad personas distintas; personas que no tengan nada en común, que no se hayan visto nunca, personas que aunque hablaran el mismo idioma no lograran comprenderse. Llevamos dos mil años pensando en los mismos protagonistas..., ya está bien, hay que buscar nuevos actores.


Por ejemplo, Marisa, aunque a sus clientes siempre les dice que se llama Jenny. Ni la conozco ni sé si existe, pero seguro que existe. Malvive en cualquier callejuela, oscura seguramente, con olor a orín. Ella, Jenny, huele a perfume barato, parecido. Un día su señor padre la puso de patitas en la calle. No importa la razón, la echó. Para subsistir, Jenny vende lo que tiene. Y lo vende bien. Bueno, bonito y barato. Es 24 de Diciembre y Jenny bebe en cualquier mugriento bar. Jenny está desesperada. Jenny no llora para que no se le corra el rimel. Jenny clava sus uñas en el vaso de güisqui. El vaso estalla. Jenny sangra. Jenny llora.


Dicen que en Belén nevaba la noche del 24, por lo menos haría frío. ¿Y la Navidad en Afganistán? Hay gentes famélicas, niños tristes, hombres que limpian su kalashnikov. Salen, entran, corren y disparan. Pero no han puesto el Nacimiento, ni veo por ningún lado los tres Reyes Magos. ¡Ah!, es que no son cristianos, para ellos el 24 es un día más, un buen día para morir si la causa es buena. Y mueren.


Mientras echo una mano a mi vecino con el árbol, no puedo evitar que entre tanto la imaginación se me escape con Jenny. Ya no sangra. Está en casa. Se mira al espejo. Vive bien. En Afganistán ha caído un niño más. Gana buen dinero, tiene buena clientela. Es un piso bonito. Debe ser feliz, pero está llorando. A lo peor sólo necesita que alguien se le acerque ofreciéndole amor, en lugar de exigírselo. A lo peor.



Obligo a mi imaginación, decididamente la historia de Jenny no sirve como artículo de Navidad. Quizá lo de Afganistán, pero no creo. Demasiada muerte y destrucción, y esta es una fecha de turrón y felicidad, de anuncios de colonia con la familia reunida ante la tele.


¡Condenado trabajo! Sólo necesito una idea que me permita hablar de la Navidad sin caer en los tópicos al uso. Creo que Jenny terminará por suicidarse. Tengo que encontrar una historia creíble, de nuestros días, de nuestra sociedad. Me acuerdo de Don Luis, tal vez me sirva su historia, no sé. Jenny se sienta frente al espejo. Don Luis va a pasar las fiestas con su familia. Vendrán las niñas con sus maridos. Don Luis cerró ayer un magnífico negocio. Jeny se sube la manga. Una comisioncilla muy interesante. Le va a permitir engordar un poco más su cuenta corriente. Sus cuentas corrientes. Jenny duda. Pero antes de la cena Don Luis va a arreglar un último asunto, venga, Ramírez, me paga usted los cienmil y en paz.


Y Ramírez dice que no puede, que por favor, que si unas semanas más, que si patatín, Jenny se decide, que si patatán...
- Mire, Ramírez, ya le he dado demasiado tiempo, arrégleselas como pueda, lo necesito antes de fin de mes, si no...


Don Luis va por el champán. Jenny tiembla. En Afganistán luchan. Don Luis descorcha. Jenny pincha. En Afganistán disparan. Don Luis sirve. Jenny se inyecta. Afganistán estalla. Don Luis sonríe. Jenny suspira. En Afganistán mueren. Don Luis brinda. Jenny cae. En Afganistán lloran...
Bueno, lo dejo por imposible. No escribiré ningún relato sobre Navidad. Trataba de escribir saliéndome de las viejas ideas, de los estrechos cánones de la tradición, pero no he encontrado más que ideas absurdas, sin relación alguna con las fechas tan jubilosas que conmemora la cristiandad toda.


FIN

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