martes, noviembre 21, 2006

La venganza

La conocí cuando mis padres se mudaron a su pueblo y yo, porque era un niño obediente y porque no tenía más remedio, me fui con ellos. Me adoró desde el primer momento, yo nunca la aguanté; me pasaba las soluciones de los problemas, yo le sacaba la lengua; era la líder de las niñas, yo a la segunda semana dominé al puñado de borregos que eran los demás chicos de clase.

Competíamos absolutamente en todo y en todo me ganaba. Bastaba que ella le propusiera a Don Magencio ir a la chopera para que yo explotara y propusiera ir a ranas, a la fuente de la ermita. Naturalmente terminábamos en la chopera. Ella jugaba a ser mi novia y yo la rechazaba; cuanto más la rechazaba más me quería, cuanto más me quería más la rechazaba.

Aquella fría mañana del mes de febrero alguien me pasó un papel de chicle en el que habían escrito “¿Te qieres casar con migo?” Reconocí tanto su estupenda caligrafía, con una letra redondilla que era muy apreciada por don Magencio, como su pésima ortografía, “quieres” llevaba “u”. Rompí el papelito de la forma más aparatosa que pude y la llamé “gorda pecosa”. Se puso roja y dijo algo de mi madre, pero no le hice caso y seguí con la tarea. El maestro nos había dictado una colección de problemas en los que todo eran decenas, decenas de pájaros, decenas de cántaros de vino o decenas de niños jugando al corro. Se marchaba una decena de pájaros y llegaba otra decena y media de no se sabía dónde; los cántaros de vino se vendían y compraban siempre por decenas o como mucho por decena y media; los niños, impelidos sin duda por alguna razón misteriosa, iban y venían, aparecían y desaparecían por decenas.


Ella, como siempre, me había estado pasando las soluciones, pero al romper aquel papel de chicle yo había roto también su corazón infantil. Su consiguiente corte de mangas quería decir que ya me las podía arreglar yo solo. Entonces Don Magencio se levantó de la mesa, caminó hacia la ventana y paseó su mirada por la era de la Picorola, donde todos los veranos se instalaba la plaza de toros portátil. Se estiró poniéndose de puntillas, rebotó tres o cuatro veces sobre los talones y se giró lentamente hacia la estufa. Escarbó un poco, echó dos paletadas de carbón y nos dictó un nuevo problema.

Me sorprendí cuando ella no se levantó con el cuaderno antes que yo. La miré con precaución, ella me miró con lo que yo creí una sonrisa estúpida y me desconcertó. Acudí rápidamente a la mesa del maestro por si acaso se estuviera echando un farol. Cuando el maestro me dijo escuetamente “Mal” su sonrisa ya no era estúpida sino burlona. Uno tras otro buena parte de nuestros compañeros acudían a Don Magencio, obteniendo siempre la misma respuesta concisa. Yo me desesperaba, había revisado el problema lo menos cinco veces sin encontrar mi error. Claro que ella ni siquiera había hecho ademán de levantarse; se limitaba a mirarme, sonreír y dar golpecitos con su boli sobre el cuaderno.

Leí perfectamente sus labios: “Toma nota”, me dijo y se acercó a la mesa sin dejar de mirarme con ese aire de absoluta suficiencia que ponía cuando quería molestarme. El maestro corrigió su ejercicio, sonrió y le felicitó públicamente, poniéndola como ejemplo a todos los demás. El muy traidor había cambiado sin avisar las decenas de cántaros de vino por docenas toneles de aceite y yo me había caído con todo el equipo.

Con el paso de los años las cosas no mejoraron. A llegar a la adolescencia ella pregonaba su amor por mí en todas las pizarras del instituto y yo anunciaba mi desprecio por ella en todas las paredes que encontraba. Seguíamos siendo rivales en todo y ella seguía ganando en todo, pero ambos fingíamos no darnos cuenta, ella por compasión y yo por interés. El último año de Bachillerato ella me escribía rimas a la manera de Bécquer, yo le contestaba a la manera de Lope, ella se me declaraba y yo la repudiaba. Reiteradamente, en ambos casos.

Cuando el curso se acababa aparecieron en el tablón oficial del instituto unas divertidas coplillas en las que se lamentaba la desproporción del desarrollo de su anatomía. Lo menos ofensivo que se podía leer en aquel anónimo de autor por todos conocido era algo así como “poca teta, mucho culo, mala jeta, puto mulo”, y apareció casualmente al lado del calendario de exámenes finales que necesariamente todos los alumnos se veían obligados a consultar con frecuencia. Las risas y las miradas que su paso despertaba se siguieron oyendo durante el curso siguiente.

La víspera de la entrega de notas se celebró una fiesta de despedida para aquellos que definitivamente nos lanzábamos a enfrentarnos con el mundo exterior. La emigración al País Vasco, la Universidad o un pobre trabajo en la escasa industria local nos esperaban a todos. Ella vino directamente hacia mí y me ofreció firmar la paz definitiva, ambos partiríamos con rumbos distintos y pasarían muchos años antes de que volviésemos a vernos, si es que decidíamos volver por el pueblo. Yo había ganado y ella, aunque me calificó con una larga ristra de improperios, así lo reconocía. Nos deseamos suerte y creo que incluso estaba a punto de darle un beso de despedida cuando sacó de su bolso dos vasos de papel y una botella de güisqui, algo estrictamente prohibido.

Lo siguiente que recuerdo es que necesitaba apoyarme en ella para poder ir, aunque no tenía manera de saber a dónde. Todo a mi alrededor parecía acercarse y alejarse sin cesar. Me sentía el hombre más feliz del mundo a pesar de que aquellas potentes luces sobre mi cabeza, ¿serían las estrellas?, me producían gran malestar e incomodidad. Empezaba ya a preguntarme en qué momento me había quedado solo cuando de pronto se descorrieron las cortinas del escenario del salón de actos. Delante de mí, de pie en el patio de butacas, estaban treinta o cuarenta compañeros aplaudiéndome y riéndose. Poniéndome la mano sobre los ojos a modo de pantalla para evitar que los focos me deslumbraran, pude verla a ella en el centro dirigiendo las carcajadas. Envalentonado, y muy borracho, doblé la espalda como un brillante actor después del espectáculo. Al hacerlo contemplé horrorizado que todo lo que llevaba puesto eran los zapatos y los calcetines.
Aquello quedó como una anécdota tan divertida para unos como humillante para mí. Tardé dos semanas en volver a salir a la calle y sólo el recuerdo de mis amigos que estarían bañándose en el soto sin acordarse para nada de lo ocurrido me arrancó de mi protector domicilio.

Diez años más tarde no sólo ambos nos habíamos reintegrado al pueblo sino que ella era la alcaldesa y yo el primer teniente de alcalde. Como se ve, ella seguía ganando siempre. Todavía de tiempo en tiempo aprovechaba las reuniones que manteníamos para hacer alusión a nuestra frustrada relación, frustración que achacaba invariablemente a mi inmadurez. Hubo una sonada ocasión, cuando estaba a punto de empezar un pleno y yo le comentaba privadamente algún dato del orden del día, en que mi micrófono se abrió por pura casualidad en el momento en que ella declaraba nuevamente su incansable amor por mí. Incluso alguno de los muchos que la oyeron aplaudió mi “anda, no fastidies y vamos a trabajar”.

Creo que ese día se precipitó el final, al menos en mi memoria no ha quedado registrado otro incidente que provocara el rápido desenlace fatal. Yo sabía que no tardaría mucho en darme cumplida respuesta, pero nunca esperaba un golpe tan contundente que me empujara a la desesperación.

Tan sólo una semana después celebrábamos la fiesta mayor. Todas las calles llevaban varios días repletas de gentes con ganas de sano alboroto; bien forasteros venidos especialmente para la ocasión o bien antiguos lugareños que regresaban de su exilio económico en el País Vasco o en Cataluña llenaban los parques y las plazas principales.
La atracción principal de la fiesta siempre había sido un espectáculo taurino nocturno en el que se soltaban unas vaquillas desmochadas para diversión de los jóvenes del pueblo, quienes como única defensa tenían en el centro de la plaza un fuerte poste al que subirse en caso de peligro. La tradición mandaba que el alcalde tenía que hacer la presentación desde el centro del ruedo, junto al mástil, pero ella se había levantado aquel día con una infernal ronquera. Demasiado trasnochar, demasiados refrescos fríos y demasiadas canciones habidas la noche anterior le impedían pronunciar la más sencilla palabra, sencillamente no se le oía.

De la capital habían llegado las habituales primeras autoridades que llenaban el lugar de honor de la plaza y con ellas habían venido las cámaras de la televisión local, siempre dispuestas a hacerles la pelota. Dos mil impacientes espectadores llenaban el resto de las gradas esperando el espectáculo cuando yo me dirigí al micrófono para invitar al populacho a la diversión y a la alegría torera. Siempre me había gustado hablar en público y llevaba un par de buenos chistes sobre la valentía de los mozos locales. Pero no hubo maldita ocasión de pronunciarlos. Apenas hube empezado a hablar alguien dio la orden de que se abriera la boca del toril.
Tembló el suelo a mi espalda y el mundo entero pareció rugir sin que yo me enterase. A la velocidad con que los trenes Talgo cruzaban la estación del pueblo, un monstruoso cornúpeta se acercaba a mí dispuesto a convertirme en su juguete preferido. No tenía defensa posible y sorprendido por la retaguardia reaccioné demasiado tarde. A freír puñetas el mástil, los chistes y el micrófono, eché a correr tratando de hacer bruscos giros, como había visto mil veces en la tele. Para diversión de las masas conseguí salir indemne de las primeras acometidas del animal, resistiendo unos eternos segundos a pocos centímetros de la testuz, siendo alcanzado y derribado solamente cuando estaba a punto de tomar el olivo.

Creo que fue al día siguiente, mientras todavía se me mezclaban en el recuerdo los aplausos y las grotescas risas de las turbas de espectadores, los bufidos del animal y el asqueroso olor de sus fauces, cuando empecé a buscar la forma de vengarme. Esta vez mi respuesta tenía que ser demoledora, definitiva, una solución final tan refinadamente cruel que no le permitiese volver a recuperarse jamás, que arruinase su vida para siempre.

No tardé en encontrar la solución y descansé. Inmediatamente le propuse matrimonio y hoy, sólo tres meses después, se va a casar conmigo.

domingo, noviembre 19, 2006

El anciano de misa de seis (II)

Me sentía ridículo al verme tan postrado por la posible muerte de alguien absolutamente desconocido, alguien a quien jamás había dirigido una palabra, alguien que se hubiera reído de saber por qué motivo había llamado mi atención. ¿Se habría cruzado alguna vez con mi padre? ¿Se conocerían?

Decidí reaccionar, me levanté súbitamente y seguido de Fermín entré en casa. Tenía que cortar definitivamente con aquella situación absurda que amenazaba con ocupar de forma ridícula mi vida durante los siguientes días. Me dirigí a la cocina y busqué aquel robot que todo lo cocinaba con extrema facilidad. “Es muy práctico, nunca dejarás de utilizarlo” me habían dicho cuando forzado por mi divorcio hube de aprender a desenvolverme por mí mismo. ¿Qué habría sido en la vida aquel misterioso hombre? ¿Dónde viviría? Y sin embargo andaba yo ahora sacándolo del fondo de un armario y quitando cuidadosamente los numerosos trocitos de celo con que había cerrado los plásticos que lo envolvían. Nunca aprenderás, me reñí a mí mismo, te encanta despilfarrar el dinero.

Recordaba especialmente bien una de las fórmulas del habitual recetario que acompaña inevitablemente a todos esos artilugios. Me prometí un esfuerzo para concentrarme en lo que estaba haciendo y así expulsar de mi testaruda cabeza la evocación que me atormentaba sin cesar desde hacía ya ocho días. No pude evitar acordarme de mi padre y de lo que nos reíamos una y otra vez ante nuestra tradicional torpeza culinaria. Me acordé de que una vez me dijo que yo necesitaba seguir detenidamente los libros de cocina hasta para hacer una tortilla francesa. Si pudiera verme ahora con mi delantal inmaculadamente blanco, manejando diestramente aquel complicado ingenio se sorprendería sin duda.

Puse un cubilete de nescafé; dos y medio, aunque la receta sólo pedía dos, de azúcar; medio de mi mejor güisqui, aunque también aquí fui algo más generoso; cinco cubiletes de leche y dos puñados de cubitos de hielo y lo batí todo a velocidad cuatro hasta que dejaron de sonar los hielos. ¿Tendría hijos? Me serví un hospitalario vaso y reservé el resto para futuras ocasiones. Quizá haya podido resistir, después de todo, pensé.

Me entretuve, goloso, disfrutando los primeros sorbos de aquella bebida en la que había depositado las esperanzas de una reacción. Di una vuelta por el salón, acariciando mis libros, observando cómo caía la noche, siempre se le veía solo y amargado, luego tenía hijos, seguro, dilucidando si escuchar a Bach o a Mahler, no, Mahler no; había dejado de gustarme desde que me enteré que era el autor favorito de Alfonso Guerra. Iba dando los últimos tragos a mi café espumoso mientras leía en algún periódico la programación de las diversas cadenas de televisión para aquella noche. Enojado apuré mi vaso cuando comprobé que en todas ellas no había más que televisión y acudí a al frigorífico por un segundo vaso de café con güisqui.

Con él en la mano y ya más relajado me acerqué hasta la puerta del jardín, la oscuridad se había hecho ya por completo y me detuve bajo el quicio a gustar el perfume campestre de aquella noche de prematuro verano. Me sorprendió que Fermín gruñera sin aparente motivo. Le reñí en vano y avancé hacia la mimosa. Sorprendentemente el animal no me acompañó y se quedó atrás sin dejar de protestar y de amenazar. Sólo cuando me llegaba a cinco o seis metros de la mimosa y del banco me di cuenta de que mi padre estaba allí sentado, en clara actitud de espera, en esa pose tan suya que tan abiertamente denotaba que se lo estaba pasando muy bien o que al menos esperaba hacerlo. Me quedé petrificado instantáneamente, temblé y el vaso se me cayó al suelo, después retrocedí un paso y luego otro.

Sólo un momento más tarde la luna asomó entre las nubes, iluminó levemente la insignia de su solapa y me permitió comprobar que llevaba entre sus manos un bastón con mango de nácar que en medio de una inigualable excitación me fue fácil identificar.

Recuerdo que las piernas me empezaron a temblar y que cuando caía aún llegué a tiempo de oírle decir:


-Qué, al final tuviste que aprender a cocinar sin tener el recetario delante, eh?

(A mi padre)

sábado, noviembre 18, 2006

El anciano de misa de seis (I)

Aquel anciano de la misa de seis se parecía extraordinariamente a mi padre, fallecido siete años antes. Aún sin poner demasiado cuidado uno encontraba rasgos que eran llamativamente iguales. El tono gris del pelo; su corte, peinado absolutamente hacia atrás, sin raya; el color céreo de la piel, la mancha en la mejilla izquierda, los ojos tristes y resignados, la curvatura de la espalda, el andar cansino, todo parecía un calco exacto.

Su manera de incorporarse en el banco para escuchar con devoción el Evangelio, su forma de musitar las oraciones y su mirada, Señor, qué mirada, volviendo lentamente la cara y dirigiendo anticipadamente la vista a aquello que buscaba, me turbaban obligándome a un esfuerzo especial para asegurarme a mí mismo que mi padre llevaba ya demasiados años muerto.

Ciertamente aquel desconocido era algo más alto, más fuerte y se encontraba en mejor estado general que el que sufrió mi padre los últimos años de su vida, y por ese camino podían encontrarse varias diferencias, pero el conjunto en general y sobre todo la actitud paciente y desesperanzada que aquel hombre mantenía ante la vida, ante lo que le quedara de vida, forzaba aún más el parecido. Incluso el modo de vestir era idéntico, tan sólo una insignia en la solapa y un bastón, que mi padre jamás empleó, con mango de nácar manifestaban con tenaz eficacia las diferencias.

Volví varias ocasiones a esa misa sólo para verle y comprobar que no estaba exagerando, que aquello no era una de mis manías, que aquello no tenía truco. Las últimas veces esperé en la puerta a que apareciera con su paso cansino e inseguro de siempre y estuve a punto de abordarlo y contarle el extraordinario suceso, pero el temor de asustarle y sobre todo mi inacabable timidez me hicieron desistir de aquel empeño, limitándome a ver cómo se alejaba pacientemente.

Por fin un sábado de finales de marzo no acudió a la misa que ya se había convertido para mí en una acostumbrada y desasosegadora cita. Me volví a casa inquieto y preocupado, irritado, intrigado, casi deprimido. Durante la semana no pude quitarme de la cabeza la obsesión de su repentina ausencia y una nostalgia amarga me intranquilizaba profundamente, impidiéndome un descanso sereno y relajante. Cuando su abandono se repitió un sábado más no pude aguantarme y después de la misa me acerqué a la sacristía a preguntar por él al párroco.

Éste enseguida supo de quién le hablaba, pues era persona que fácilmente destacaba entre la feligresía por su porte y su actitud. Las noticias eran extremadamente intranquilizadoras. El hombre había enfermado súbitamente y su estado decaía con gran rapidez. El sacerdote, que le había visitado a última hora de la mañana, dudaba de que el anciano pudiese sobrepasar aquella misma tarde y esperaba ser llamado en cualquier momento para administrarle la Extremaunción. Aquellas novedades, que hubiera sido lógico presuponer, me dejaron en un estado de anonadamiento del que tardé en salir varios minutos. Me sentía como si mi padre volviera a morir. Me lo imaginé enfrentándose de nuevo a esa situación término con las mínimas fuerzas vitales que le quedaban, viéndose acosado por la Parca sin un punto de rebelión, aceptando mansa e irremediablemente, pero con plena consciencia, lo que desde tiempo antes sabía ya próximo e inevitable.

Profundamente deprimido y después de rezar por él unos minutos volví a mi casa, salí al jardín y me senté en el mismo banco en que mi padre solía sentarse siete años atrás, bajo la misma mimosa bajo la que mi padre solía sentarse a leer y a hacer crucigramas cuando todavía tenía energías suficientes, cuando todavía no había decidido que le daba igual vivir que morir, divertirse que aburrirse hasta extremos inimaginables. Me senté desmañadamente, sin la adecuada compostura que tanto me hubiera pedido él aún en ocasiones en que nadie hubiera podido verme. Cambié repetidamente de posición sin encontrar acomodo suficiente; inquieto, me levanté y me volví a sentar varias veces, encendí varios cigarrillos y todos los apagué antes de tiempo.
Fermín, mi perro, vino varias veces queriendo jugar y subirse a mi regazo, haciéndome fiestas y queriendo ganar mi voluntad, pero terminó por irse y tumbarse en su lugar acostumbrado, sin duda extrañado de mi desgana poco habitual. Si alguna vez me había encontrado en situación semejante, cuando decidí divorciarme, por ejemplo, recurría a los Concerti Grossi de Händel para salir de mi abatimiento pero en aquella ocasión sabía que nada podría levantar mi casi inexistente ánimo. Me sentía ridículo al verme tan postrado por la posible muerte de alguien absolutamente desconocido, alguien a quien jamás había dirigido una palabra, alguien que se hubiera reído de saber por qué motivo había llamado mi atención. ¿Se habría cruzado alguna vez con mi padre? ¿Se conocerían?



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