Mostrando entradas con la etiqueta DE LA VIDA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta DE LA VIDA. Mostrar todas las entradas

jueves, noviembre 17, 2011

El espantapájaros

Aquel era el más servicial espantapájaros que nadie hubiera jamás tenido. Su padre había sido un viejo jornalero, tuerto y encorvado, que disfrutaba de su jubilación cuidando de un pequeño huerto que las aves asaltaban con demasiada frecuencia. Había empleado toda una tarde y mucha paciencia en su elaboración. Había sacado del desván un viejo chaleco roído que alguna vez había sido gala dominguera, había tomado prestados unos pantalones pasados de moda y una camisa que alguien había colgado para secar, y había fabricado un falso sombrero de copa con una cartulina negra. Finalmente le había hecho una espléndida cabeza con una calabaza hueca. No sin cierto sarcasmo le había abierto una sonrisa de oreja a oreja y unos ojos divertidos y profundos. Dos viejas escobas cruzadas le servían de armazón y le mantenían en pie. Todo ello fue convenientemente rellenado con paja de la mejor calidad. Decidió llamarle Julio.

Julio era muy feliz, cumplía su labor de sol a sol y por la noche descansaba, satisfecho de su trabajo. Gracias a su sonrisa profunda en pocos días se había hecho amigo de todos los pájaros de la comarca, que le apreciaban grandemente por su simpatía y bondad. Así que su trabajo era más bien escaso, porque todas las aves se habían puesto de acuerdo en no molestarle lo más mínimo. Solamente de vez en cuando algún despistado forastero osaba acercarse al huerto que Julio cuidaba. Entonces él agitaba de improviso sus brazos y sus piernas y el extraño se marchaba con susto enorme.

A veces, a la caída del sol se daba cuenta de que su trabajo era más bien monótono y tenía escasas posibilidades de promoción, que había nacido espantapájaros y como tal tenía que quedarse para siempre. Entonces le entraba algo así como una manchita en el ánimo, inclinaba su mentón de calabaza y parecía que se iba a deprimir. Cuando esto sucedía los gorriones avisaban a todas las aves que surcaban los cielos del lugar y le levantaban el ánimo con unos coros de trinos cuyo ritmo marcaban las cigüeñas con sus picos.

Un día llegaron unos titiriteros al pueblo, establecieron su tenderete repleto de colorines chillones a pocos metros del huerto de Julio y llenaron el aire de músicas alegres y exóticas. Por la tarde aquello se colmó de mocosos alborotadores y buscarruidos. Las risas y los aplausos de los niños ahogaban las carcajadas de Julio, que jamás había visto algo semejante. Especialmente le llamaba la atención un muñeco joven y vital, aventurero y donjuán, que al parecer había disfrutado de un sinnúmero de aventuras en sus viajes por medio mundo. Su bigote espeso y su cabello ensortijado atraían a todas las lindas mujeres que compartían el escenario con él.

Y Julio sintió envidia de sus aventuras. Él también quería ir por países lejanos, conocer todos los puertos del mundo y cantar alegres canciones de amistad y camaradería en las tascas. Él también quería combatir a los piratas en los siete mares y liberar a hermosas princesas de las garras de los más odiados dragones. Sintió entonces que no era nada, que nada podía y que no tenía futuro allí, encadenado al suelo por el palo de escoba que formaba su espina dorsal. Sus ansias de libertad imposible le llevaron a deprimirse seriamente y a no mostrar interés por su trabajo. Ni sus amigos los pájaros, que organizaron hermosos exhibiciones de gorjeos, lograron que levantase su ánimo y saliese de su decaimiento. Finalmente todas las aves de la comarca se reunieron en asamblea y decidieron ayudar a su amigo.
Julio creyó que le iba a dar algo cuando de pronto vio a tantas bandadas posarse en el huerto. Agitó y agitó sus brazos pero no consiguió asustar a nadie. ¿A qué venía aquello?, ¿por qué esa invasión? Sus alados amigos le tranquilizaron y uno a uno fueron arrancando a picotazos la paja que rellenaba su ropa. Julio, asustado a pesar de todo, adelgazaba y adelgazaba, se estaba quedando en los palos de escoba. El último gorrión acabó su tarea a la caída del sol, justo cuando la brisa de todas las tardes empezó a hinchar los pantalones y la camisa de Julio. El vientecillo, que estaba también en la conjura, se transformó en fuerte ventolera y el espantapájaros fue elevado por los aires.

Allí arriba se sintió el más feliz de todos los habitantes de la comarca, allí era libre, allí podía soñar y cantar y bailar y sentirse capitán de un rápido navío. Llevado por el viento hasta el puerto más aventurero del mundo, hizo muchos amigos y se enroló en un barco que al día siguiente tenía previsto explorar el arco iris del uno al otro confín.

miércoles, enero 07, 2009

Ninguna fatiga es superior al tedio

En realidad la culpa de que yo esté muerto la tuvo aquel balón. Surgió de pronto en mitad de la carretera y ya se sabe que detrás de un balón viene siempre un niño. Así que frené, pero en vez de un niño lo que se me echó encima fue el camión que venía detrás. Debió ser instantáneo y desde entonces parezco condenado a languidecer eternamente.

Cuando pasó el accidente tardé en darme cuenta de lo que ocurría. No me enteré hasta varios minutos más tarde, cuando salí del coche y vi que el camionero no contestaba a mis recriminaciones. No puedo decir que me alarmara ni que me asustara, no. Fue sobre todo una sensación de fastidio y frustración, como cuando alguna circunstancia inesperada te impide terminar algún proyecto importante, como cuando vas al fútbol y un atasco te impide llegar a tiempo. Al principio no supe qué hacer y me senté en la cuneta a ver qué pasaba con aquel follón. Lo que me inquietó fue la soledad que sentí cuando todos se fueron y la Guardia Civil restableció la normalidad del tráfico.


Me sentí aislado, abandonado por todos, ajeno a todo, sin saber qué hacer o dónde ir. Crucé los brazos con ansiedad, buscando con desesperación una explicación que dar en casa. De pronto, sin alivio de ningún tipo, me di cuenta de que no, de que no tenía ninguna explicación que dar. Nadie me esperaba ya ni tenía dónde ir ni qué hacer, nadie contaba conmigo para nada, estaba muerto. Me dominaba una impresión de fracaso, de inutilidad, una desesperante sensación de inanidad. Hundí las manos en los bolsillos e incliné la cabeza, casi clavando la barbilla en mi pecho.

Cuando te mueres cambia la perspectiva de unos asuntos y te enteras de los porqués de otros muchos. De pronto me di cuenta, por ejemplo, de lo mucho que me molestaba aquel vecino que se había pasado cinco años cruzándose conmigo sin saludarme. Me enteré, con un leve encogimiento de hombros, de que en realidad Lourdes no se iba al bingo los miércoles por la tarde. De haberlo sabido a tiempo hubiese armado la de San Quintín, supongo, pero ya para qué... La verdad es que siempre me lo creí y además me venía bien. Por unas horas me sentía el rey de la casa y ponía los pies encima de la mesita del salón o veía la televisión saltando continuamente de cadena en cadena sin que nadie me dijera nada. Por mí como si quisiera ir al bingo vestida de fallera mayor todos los miércoles del año.

Ni siquiera la noticia de que Lourdes me engañaba con el vecino que nunca me saludaba alteró el ensimismamiento que me abordó tras mi muerte. Más por aburrimiento que por otra razón decidí seguirle cuando iba a ver a Lourdes o salía a jugar la partida. A veces incluso me ponía a su lado y seguía acompasadamente sus pasos. Su caminar siempre había sido ligero y nervioso, que cuando llevaba prisa se trasmutaba en un trotecillo alegre y saltarín, pero ahora andaba lenta y pesadamente, con una gravedad que siempre le había sido ajena, y con frecuencia tenía que detenerme a esperarle.

A medida que pasaban los días y las noches, hay que ver qué largas y frías se hacen cuando estás muerto, el tedio y la vaciedad se iban apoderando de mí. Dormía en la estación del tren, en medio de malolientes viajeros y vagabundos borrachos que escondían su ración de alcohol en los forros desastrados de sus abrigos. Fue hablando con ellos como empecé a fraguar mi plan, más por aburrimiento y por matar el tiempo que por otra cosa. Hice amistad con un electricista holgazán al que la bebida había prematuramente jubilado.

Su charla me costaba todas las noches una botella del peor alcohol, pero era muy instructiva. Sus muchos años pasados en el arroyo le habían convertido en un experto en la supervivencia y en la venganza. Ahogado en coñac barato y peleón nunca le extrañó hablar con un muerto, quizá porque entre aquella onírica realidad y su embriagada existencia no debía haber tanta diferencia. Copa tras copa, noche tras noche, me enteraba de los navajazos entre pordioseros que disputaban una colilla o de sus peleas por un puesto ante los fieles dadivosos que salían de misa. Maridos adúlteros y esposas vengativas desfilaron ante nosotros a lo largo de etílicas vigilias en las que los dos acabábamos dando tumbos por las esquinas de la ciudad sin que hiciéramos nada por evitarlo.

Dejaba pasar el tiempo lentamente y, mientras elaboraba mi malévolo plan, disfrutaba pensando en lo que iba a hacer y sus consecuencias. Ahora la eternidad empezaba a pasar más deprisa. Me divertía. Transcurrido el invierno y gran parte de la primavera, por fin llegaron las tormentas que anunciaban con grandes truenos y violentas lluvias el principio del verano.

Entré en mi casa al caer de una tarde con grandes nubarrones grises y barrigudos, sabiendo que él no tardaría en llegar para ver mi televisión, leer mi periódico, abrazar a mi mujer. La tormenta estalló mientras me daba una vuelta para ver cómo seguía todo. Lourdes se sobresaltó con el primer trueno. La lluvia lo llenó todo y por la calle pronto bajaron pequeños ríos de agua.

Ella empezó a acicalarse y cambiarse de ropa, se puso aquel vestido tan caro que le regalé, se peinó y se pintó cuidadosamente. Mientras tanto yo arranqué el cable de la plancha y empecé a pelarlo. Introduje un extremo en el enchufe y el otro en la cerradura de la puerta del piso.

Él estaba llegando y empezó a buscar en sus bolsillos. Introdujo la llave, no consiguió abrir y apoyó la mano. El chispazo que lo mató dejó toda la casa a oscuras. Mi mujer salió corriendo y gritando su nombre. Sólo un minuto más tarde todos los vecinos la rodeaban. En medio de la confusión, de las voces y los ayes alguien me puso el brazo sobre los hombros. Era él.

Me quedé aturdido y empecé a sudar, creo que pensé que había fallado. Él lo debió notar en mi gesto y me tranquilizó, levantó las cejas y apuntó con la nariz al suelo, donde yacía su cadáver. Cuando recuperé el resuello me preguntó por qué, sin siquiera soltarme los hombros. En su voz no había queja ni amargura, sólo curiosidad.

- Me aburría -le dije.
- ¿Y ahora qué? -preguntó.
- Solos nos vamos a hartar, necesitamos a alguien más... -dije.
- ¿Te refieres a ella? –preguntó de nuevo.
- Sí, pero primero que explique a la policía quién puso el cable en la cerradura.

jueves, diciembre 18, 2008

Amistades peligrosas

Cuando me acuerdo de ellos siempre pienso que jamás había conocido una amistad tan intensa, que jamás había visto a dos amigos compartirlo todo durante tanto tiempo. Eran tan inseparables que ver a uno de ellos indicaba que el otro estaba cerca. Emilio siempre pensaba que las grandes amistades como la suya se basan simplemente en compartir pequeñas cosas, las cosas insignificantes de todos los días, que no es necesario realizar ninguna heroicidad para ganarse el cariño del otro, que basta la compañía cotidiana, que basta saber que el otro está ahí por si lo necesitas. Su amistad era de ésas, perenne.

Se conocían y se complementaban perfectamente, lo que les llevaba a quererse y respetarse profundamente. Habían compartido emocionantes partidos de fútbol desde el sofá del salón y nostálgicas puestas del sol desde los tesos que coronaban las bodegas del pueblo. Juntos habían dado largos paseos por el pinar, contemplando durante largas tardes de verano como el Pisuerga se resistía en vano a entregarse al Padre Duero, e incluso habían ido juntos de caza en multitud de ocasiones. La caza, cuánto les gustaba la caza, cuánto les unía la caza.

Claro que ambos habían tenido sus correrías individuales, pero eran discretos y cuando alguno de los dos tenía alguna aventura amorosa el otro sabía desaparecer sin llamar la atención. Emilio era más abierto a nuevas experiencias, era más independiente y con frecuencia conocía a chicas nuevas que le sorbían el seso durante una temporada. Al cabo de unas semanas todo acababa y los dos amigos reanudaban su relación sin que aparentemente su amistad hubiera sufrido. Hasta que llegó Clara.

 Clara significó un antes y un después, fue la primera vez que Emilio se enamoró sinceramente y la primera vez que una chica joven y atractiva le abandonó. No hubo explicaciones, no hubo razones, simplemente Clara se había divertido y con el final del verano se marchó de nuevo a la ciudad y desapareció para siempre. Lo mismo que Emilio había hecho en diferentes ocasiones, sólo que era ahora su corazón el que había quedado roto. Y como tantas otras veces al quedarse solo pensó en su amigo y fue a buscar consuelo en su compañía.

 Sabía que no iba a tener que darle explicaciones, no se las iba a pedir. Salieron lentamente del pueblo y caminaron por encima de las bodegas, esperando el momento siempre mágico de la puesta del sol, pero aquella tarde debía ser traicionera y parecía no querer despedirse nunca. Bajaron hasta el Pisuerga y pasearon por el pinar. Siempre juntos, siempre en silencio. Ambos se tumbaron cuan largos eran junto a uno de los pinos más frondosos, se miraron a los ojos durante unos eternos segundos y Emilio acarició la cabeza de su amigo. Se le erizó el vello.

Todo pareció olvidarse cuando comenzó de nuevo la temporada de la caza. La vida feliz comenzaba para ellos con la caza, cómo lo disfrutaban, cómo se felicitaban mutuamente por los éxitos respectivos. Qué unidos se sentían con la caza. Aquello era otro mundo, aquello hacía que el verano de Clara fuese una gota de amargura en un océano de felicidad. Cuando finalizada la jornada ambos volvían a casa se sentían felices, se sabían miembros de un mismo equipo, satisfechos de haber compartido una jornada intensa, repleta de emociones y de triunfos.

Todavía helaba cuando se acabó la temporada. La escarcha resaltaba el camino al pinar, pero a ninguno les importaba, aquél parecía ser otro paseo más, uno de tantos paseos junto al río. Cuando llegaron Emilio se volvió a su amigo y casi sin mirarle le puso una cuerda alrededor del cuello. Él le miró expectante, seguramente se trataría de un nuevo juego y le dejó hacer para saber en qué consistía. Emilio empezó a tirar. Lupo no entendía el juego, aquello le hacía daño, le apretaba el cuello, apenas le dejaba respirar. Intentó reiteradamente buscar el suelo con sus patas traseras, pero lo único que consiguió fue empeorar las cosas. Su mirada se fue nublando lentamente, mientras veía alejarse a su amigo.

Me encontré a Emilio en el bar del pueblo y le pregunté por el perro.

- En el pinar estará, le dejé esta mañana tocando el piano. Ya no me valía pal año que viene.

miércoles, agosto 06, 2008

Diario de un jodío emigrante

Se pone la mano de visera y observa con atención a través del sucio cristal antes de entrar en aquel decrépito bar. Ha llegado intencionadamente pronto y tras una duda decide entrar. Mira en su bolsillo y calcula cuánto le costará un café con leche. Pero antes ha ensayado varias veces cómo debía pedirlo correctamente, apenas hace un año que ha llegado al país y todavía no domina una lengua que le resulta diabólicamente enrevesada.

Entra con miedo y saluda en voz baja. El camarero, enorme, sucio y descuidado, aparentemente hosco con los extranjeros, está a punto de iniciar una mueca de disgusto pero se contiene, al fin y al cabo tiene poca clientela y el dinero es bueno venga de quien venga. El hombre se sienta discretamente junto a la sucia ventana, pasa la manga por el velador y limpia de restos la superficie. Deja unos papeles, se acerca con una enorme sonrisa y el miedo pintado en los ojos a pedir el café y vuelve a su mesa. ¡Cuántos podría pagar por el mismo precio en el café de su lejano pueblo! Bueno, tratará de estirar éste todo lo que pueda, varias horas si fuera posible.
Pero al bar ha ido para poder escribir a su familia con calma, tiene que centrarse, se sienta y empieza a dudar. Escribe a grandes intervalos, con largas pausas en las que se plantea lo que está haciendo. “Querida esposa: Cuánto te echo de menos. Te aseguro que a pesar de que apenas me queda tiempo libre no hago más que pensar en vosotros. En cuanto pase un poco más de tiempo podré ir a visitaros y llevar los regalos prometidos a los niños, pero es que en la oficina el trabajo es inacabable, el director es tan amable como exigente y sabe que puede confiar en mí. A veces hasta me hace comer con él para preguntarme mi opinión sobre cómo marchan las cosas en la fábrica. Cada semana me aumenta la responsabilidad y el trabajo. No sólo ayer mismo me volvió a repetir la promesa de subirme el sueldo, sino que me ha dicho varias veces que cuando le entreguen el coche nuevo va a venderme el que tiene ahora, uno enorme, con muy pocos kilómetros y en muy buen estado. Lo de la casa va cada vez mejor, de pintarla ya no tengo que preocuparme, precisamente el director me va a enviar a dos de sus obreros para que me lo arreglen todo mientras estoy en la oficina. Ayer, al ir al trabajo pasé por la oficina de correos y os envié dinero para que puedas pagar lo de la tienda y la ropa de los niños. Sé que no es mucho de momento, pero te prometo que es sólo este mes, el que viene será mucho más.”
Levanta la vista y coge aire en silencio, hunde la cabeza entre los hombros y se pasa las manos por los cabellos. Aprieta las mandíbulas, cierra los ojos y piensa en su pueblo, aquella casa vieja donde nació, aquella polvorienta calle donde tanto jugó de niño, la plaza donde los viejos desdentados y desesperanzados tomaban el sol...
De pronto una mano amiga se posa en su espalda, la emoción de ver a unos paisanos le envuelve y los abrazos y las risas y la alegría llenan de pronto aquel tétrico barucho. La enorme mole del dueño asoma detrás de una remendada cortina, frunce el ceño, mira con ira y murmura algo feo sobre los jodíos emigrantes.
El matrimonio recién llegado enseguida baja el tono y se sienta discretamente. Él pide café para todos y se dispone a atender a los paisanos, cuántas ilusiones, cuántos sufrimientos, cuántos esfuerzos compartidos. Las noticias no son buenas, para nadie son buenas en aquellas circunstancias. En un país desarrollado los precios son altísimos, los alquileres imposibles y los sacrificios que deben acometer los inmigrantes demasiado grandes. No es fácil encontrar casa, pero el matrimonio ha tenido suerte y después de muchas vicisitudes han encontrado un piso pequeñito en alquiler por el que pagan más que si fueran a comprarlo. Así que lo comparten con varias familias más haciendo más soportable la carga económica. Y luego están las humedades que reparar inacabablemente, los ruidos continuos, subir sin ascensor, los desconchones, las ventanas que no cierran, el frío y el calor, lo lejos que está todo de aquel barrio, lo que hay que madrugar para llegar al trabajo... Pero con todo se podrá. Tarde o temprano saldrán vencedores en un ambiente hostil, se han forjado en un país duro al que piensan volver algún día.
La noche está cayendo y han de despedirse, cada uno paga su café y por un instante el dueño del bar abandona su aire receloso y vigilante, recoge rápidamente las monedas y se queda con los brazos en jarras, expectante, deseando que aquellos extranjeros abandonen su local para limpiar el velador.
El hombre se da cuenta, se guarda prontamente su carta, le pone el único sello que le queda y cierra el sobre. Más allá de la débil luz de la calle le espera una lúgubre habitación que comparte con ocho o nueve compatriotas más. Hunde las manos desoladas en los bolsillos vacíos y aprieta el paso. No va a cenar, así ahorrará algo más y podrá acostarse el primero, al fondo de la habitación, para que los otros nueve no le molesten cuando a la mañana siguiente se levanten antes que él, es la suerte de tener el tajo cerca de casa.
Le espera un gran día, de mucho trabajo, sí, pero un gran día que mejorará sus ingresos. Por la mañana una empresa de construcción le tiene subcontratado para retirar, pico y pala por delante, los escombros de una vieja construcción derruida. No le preocupa que no le hayan dado de alta en la Seguridad Social porque lo ha hecho otra empresa para la que por la tarde ha de barrer aquel inmenso edificio de oficinas. Tendrá que darse más prisa que nunca porque, por eso va a ser un gran día, al caer la tarde hay fútbol en la ciudad y se va a estrenar como vendedor de bebidas y bocadillos a las puertas del estadio. Ha realizado una fuerte inversión para comprar un carrito y las provisiones que espera revender rápidamente, pero sobre todo para comprar el derecho a ese metro cuadrado en el que instalarse.
Ha llegado. Está ante un edificio sucio y decrépito al que le falta la puerta principal, donde las cañerías no siempre funcionan y cuya luz se pierde con facilidad. Hace calor, la suciedad y las moscas todo lo llenan. Él ya se ha acostumbrado, pero en tiempos el hedor le resultaba insoportable. Salta con desánimo los dos peldaños que siempre crujen y asciende pesadamente hasta su casa. La puerta está abierta, como siempre, nadie tiene llave de una puerta por la que pasa un montón de personas cada noche; sólo las habitaciones tienen llave que comparten unos cuantos privilegiados. Al pasar frente al cuarto de baño piensa en darse una precipitada ducha, antes de que lleguen los demás, pero no puede, un espeso olor a orines le detiene a la puerta.
Se dirige apesadumbrado a su rincón. Tiene varios paquetes envueltos con ejemplares del Frankfurter Allgemeine y del Die Welt. Escoge con cuidado uno de ellos y saca el pantalón que se pondrá al día siguiente, lo estira con las manos y lo sitúa delicada y cuidadosamente bajo la colchoneta en la que dormirá. Es todavía algo pronto, así que mientras los demás van llegando según riguroso turno, el último en acostarse lo hará junto a la puerta y será el primero en levantarse mañana, él decide escribir la dirección que falta en el sobre: “María Seviyano Centeno. Plaza de los Caídos 7. Viyarrubia de Campos. Palencia”.
Se aburre. Da vueltas sobre el jergón. Hurga entre sus pertenencias y saca un viejo periódico que trajo de su pueblo. Observa la portada: “FRANCO SE DIRIGE A LA NACIÓN”. Quiere leer pero enseguida se queda dormido. Su mente se compadece, le engaña y le hace revivir unos escasos momentos de gloria que tuvo en su pueblo, cuando siendo joven alguien le animaba a ser torero.

sábado, abril 07, 2007

Me he vuelto a encontrar a mi tía Laura que murió hace ya tantos años.

Tiene que haber sido la Semana Santa, tiene que haber sido la procesión del Dolor que acababa de ver pasar por debajo de mi balcón, tiene que haber sido el silencio espeso y noble con que el pueblo castellano envuelve sus sentimientos ante el desfile continuado de las grandes tallas que narran la Pasión, tal vez fuera demasiado tiempo al frío de la meseta.


Me he vuelto a encontrar a mi tía Laura que murió hace ya tantos años. Simplemente estaba en el mismo lugar que ocupaba aquel sillón en el que tantas tardes de otoño yo la veía fumar con extrema elegancia aquellos cigarrillos tan largos y delgados. Estaba de pie, con la barbilla casi apuntando al horizonte y la mirada altiva como siempre. Sólo cuando yo entré en el viejo salón que ya había recogido mis juegos infantiles tanto tiempo atrás, ella entornó los ojos, clavó la barbilla en el pecho y su rostro adquirió aquel halo de tristeza que yo recordaba de cuando murió tío Eduardo.

No sé por qué no me sobresalté, una sensación de normalidad me invadió y me ganó por completo, mi corazón apenas se aceleró. Detuve el paso y enseguida tuve la impresión de que mi tía quería llorar, ignoro si llorar entra en las posibilidades de un muerto, ignoro qué cosas puede un muerto hacer con su cuerpo. Pero mi tía Laura quería llorar, su cara lo demostraba con claridad, me miraba irradiando una inmensa sensación de tristeza.

- Es la bula, hijo mío, es la bula de Semana Santa. Llevo todos estos años esperando a que alguien pague la bula que dejé a deber, sólo así podré seguir mi camino. Comí carne en un viernes de cuaresma y prometí pagar la bula, ya sé que ahora no sabéis qué es eso, pero tienes que pagar la bula por mí. En nuestra casa siempre hacíamos caso de las enseñanzas de la Iglesia, pero aquella vez dejé la bula por pagar. Tienes que pagarla por mí para que pueda seguir adelante.


Atropellados recuerdos me atolondraron la cabeza, recuerdos de tiempos ya lejanos y olvidados en que en mi castellana tierra las gentes se abstenían radicalmente de comer carne “cuando lo manda la Santa Madre Iglesia”, mandamiento que era seguido en masa por todos en una sociedad católica y franquista al unísono, salvo por aquellos que disponiendo de una cierta capacidad económica podían, según privilegio papal, pagar el derecho a comer carne.



- Que se jodan los pobres y coman pescao aunque tengan dos gallinas en el corral -recuerdo que decía el tío Eduardo, siempre tan irónico, siempre tan descreído.
Me sorprendí a mí mismo sonriendo de oreja a oreja, el tío Eduardo siempre había sido mi preferido, siempre llevando la contraria a lo políticamente correcto, siempre contra las conveniencias. Seguro que a tía Laura no le gustó que mi cara se iluminase con este recuerdo, puso los brazos en jarras y desapareció un segundo después de que yo le prometiese que cumpliría su encargo.


No llamé al ascensor, bajé los cuatro pisos lentamente, con las manos en los bolsillos y preguntándome qué habría pasado si hubiera intentado dar un beso de despedida a mi tía. Sujetándome la bufanda de los atques del viento abrileño me acerqué a la parroquia de San Salvador, llamé y José Luís me abrió sorprendido, preguntándose qué ocurría para que llegara antes de la hora del café. No recuerdo lo que le dije, pero llamamos a una empresa de pizzas a domicilio, pedimos una familiar de cuatro quesos y pagué la bula de tía Laura.

Seguro que tío Eduardo me guiñaría un ojo allá donde estuviera.

martes, noviembre 21, 2006

La venganza

La conocí cuando mis padres se mudaron a su pueblo y yo, porque era un niño obediente y porque no tenía más remedio, me fui con ellos. Me adoró desde el primer momento, yo nunca la aguanté; me pasaba las soluciones de los problemas, yo le sacaba la lengua; era la líder de las niñas, yo a la segunda semana dominé al puñado de borregos que eran los demás chicos de clase.

Competíamos absolutamente en todo y en todo me ganaba. Bastaba que ella le propusiera a Don Magencio ir a la chopera para que yo explotara y propusiera ir a ranas, a la fuente de la ermita. Naturalmente terminábamos en la chopera. Ella jugaba a ser mi novia y yo la rechazaba; cuanto más la rechazaba más me quería, cuanto más me quería más la rechazaba.

Aquella fría mañana del mes de febrero alguien me pasó un papel de chicle en el que habían escrito “¿Te qieres casar con migo?” Reconocí tanto su estupenda caligrafía, con una letra redondilla que era muy apreciada por don Magencio, como su pésima ortografía, “quieres” llevaba “u”. Rompí el papelito de la forma más aparatosa que pude y la llamé “gorda pecosa”. Se puso roja y dijo algo de mi madre, pero no le hice caso y seguí con la tarea. El maestro nos había dictado una colección de problemas en los que todo eran decenas, decenas de pájaros, decenas de cántaros de vino o decenas de niños jugando al corro. Se marchaba una decena de pájaros y llegaba otra decena y media de no se sabía dónde; los cántaros de vino se vendían y compraban siempre por decenas o como mucho por decena y media; los niños, impelidos sin duda por alguna razón misteriosa, iban y venían, aparecían y desaparecían por decenas.


Ella, como siempre, me había estado pasando las soluciones, pero al romper aquel papel de chicle yo había roto también su corazón infantil. Su consiguiente corte de mangas quería decir que ya me las podía arreglar yo solo. Entonces Don Magencio se levantó de la mesa, caminó hacia la ventana y paseó su mirada por la era de la Picorola, donde todos los veranos se instalaba la plaza de toros portátil. Se estiró poniéndose de puntillas, rebotó tres o cuatro veces sobre los talones y se giró lentamente hacia la estufa. Escarbó un poco, echó dos paletadas de carbón y nos dictó un nuevo problema.

Me sorprendí cuando ella no se levantó con el cuaderno antes que yo. La miré con precaución, ella me miró con lo que yo creí una sonrisa estúpida y me desconcertó. Acudí rápidamente a la mesa del maestro por si acaso se estuviera echando un farol. Cuando el maestro me dijo escuetamente “Mal” su sonrisa ya no era estúpida sino burlona. Uno tras otro buena parte de nuestros compañeros acudían a Don Magencio, obteniendo siempre la misma respuesta concisa. Yo me desesperaba, había revisado el problema lo menos cinco veces sin encontrar mi error. Claro que ella ni siquiera había hecho ademán de levantarse; se limitaba a mirarme, sonreír y dar golpecitos con su boli sobre el cuaderno.

Leí perfectamente sus labios: “Toma nota”, me dijo y se acercó a la mesa sin dejar de mirarme con ese aire de absoluta suficiencia que ponía cuando quería molestarme. El maestro corrigió su ejercicio, sonrió y le felicitó públicamente, poniéndola como ejemplo a todos los demás. El muy traidor había cambiado sin avisar las decenas de cántaros de vino por docenas toneles de aceite y yo me había caído con todo el equipo.

Con el paso de los años las cosas no mejoraron. A llegar a la adolescencia ella pregonaba su amor por mí en todas las pizarras del instituto y yo anunciaba mi desprecio por ella en todas las paredes que encontraba. Seguíamos siendo rivales en todo y ella seguía ganando en todo, pero ambos fingíamos no darnos cuenta, ella por compasión y yo por interés. El último año de Bachillerato ella me escribía rimas a la manera de Bécquer, yo le contestaba a la manera de Lope, ella se me declaraba y yo la repudiaba. Reiteradamente, en ambos casos.

Cuando el curso se acababa aparecieron en el tablón oficial del instituto unas divertidas coplillas en las que se lamentaba la desproporción del desarrollo de su anatomía. Lo menos ofensivo que se podía leer en aquel anónimo de autor por todos conocido era algo así como “poca teta, mucho culo, mala jeta, puto mulo”, y apareció casualmente al lado del calendario de exámenes finales que necesariamente todos los alumnos se veían obligados a consultar con frecuencia. Las risas y las miradas que su paso despertaba se siguieron oyendo durante el curso siguiente.

La víspera de la entrega de notas se celebró una fiesta de despedida para aquellos que definitivamente nos lanzábamos a enfrentarnos con el mundo exterior. La emigración al País Vasco, la Universidad o un pobre trabajo en la escasa industria local nos esperaban a todos. Ella vino directamente hacia mí y me ofreció firmar la paz definitiva, ambos partiríamos con rumbos distintos y pasarían muchos años antes de que volviésemos a vernos, si es que decidíamos volver por el pueblo. Yo había ganado y ella, aunque me calificó con una larga ristra de improperios, así lo reconocía. Nos deseamos suerte y creo que incluso estaba a punto de darle un beso de despedida cuando sacó de su bolso dos vasos de papel y una botella de güisqui, algo estrictamente prohibido.

Lo siguiente que recuerdo es que necesitaba apoyarme en ella para poder ir, aunque no tenía manera de saber a dónde. Todo a mi alrededor parecía acercarse y alejarse sin cesar. Me sentía el hombre más feliz del mundo a pesar de que aquellas potentes luces sobre mi cabeza, ¿serían las estrellas?, me producían gran malestar e incomodidad. Empezaba ya a preguntarme en qué momento me había quedado solo cuando de pronto se descorrieron las cortinas del escenario del salón de actos. Delante de mí, de pie en el patio de butacas, estaban treinta o cuarenta compañeros aplaudiéndome y riéndose. Poniéndome la mano sobre los ojos a modo de pantalla para evitar que los focos me deslumbraran, pude verla a ella en el centro dirigiendo las carcajadas. Envalentonado, y muy borracho, doblé la espalda como un brillante actor después del espectáculo. Al hacerlo contemplé horrorizado que todo lo que llevaba puesto eran los zapatos y los calcetines.
Aquello quedó como una anécdota tan divertida para unos como humillante para mí. Tardé dos semanas en volver a salir a la calle y sólo el recuerdo de mis amigos que estarían bañándose en el soto sin acordarse para nada de lo ocurrido me arrancó de mi protector domicilio.

Diez años más tarde no sólo ambos nos habíamos reintegrado al pueblo sino que ella era la alcaldesa y yo el primer teniente de alcalde. Como se ve, ella seguía ganando siempre. Todavía de tiempo en tiempo aprovechaba las reuniones que manteníamos para hacer alusión a nuestra frustrada relación, frustración que achacaba invariablemente a mi inmadurez. Hubo una sonada ocasión, cuando estaba a punto de empezar un pleno y yo le comentaba privadamente algún dato del orden del día, en que mi micrófono se abrió por pura casualidad en el momento en que ella declaraba nuevamente su incansable amor por mí. Incluso alguno de los muchos que la oyeron aplaudió mi “anda, no fastidies y vamos a trabajar”.

Creo que ese día se precipitó el final, al menos en mi memoria no ha quedado registrado otro incidente que provocara el rápido desenlace fatal. Yo sabía que no tardaría mucho en darme cumplida respuesta, pero nunca esperaba un golpe tan contundente que me empujara a la desesperación.

Tan sólo una semana después celebrábamos la fiesta mayor. Todas las calles llevaban varios días repletas de gentes con ganas de sano alboroto; bien forasteros venidos especialmente para la ocasión o bien antiguos lugareños que regresaban de su exilio económico en el País Vasco o en Cataluña llenaban los parques y las plazas principales.
La atracción principal de la fiesta siempre había sido un espectáculo taurino nocturno en el que se soltaban unas vaquillas desmochadas para diversión de los jóvenes del pueblo, quienes como única defensa tenían en el centro de la plaza un fuerte poste al que subirse en caso de peligro. La tradición mandaba que el alcalde tenía que hacer la presentación desde el centro del ruedo, junto al mástil, pero ella se había levantado aquel día con una infernal ronquera. Demasiado trasnochar, demasiados refrescos fríos y demasiadas canciones habidas la noche anterior le impedían pronunciar la más sencilla palabra, sencillamente no se le oía.

De la capital habían llegado las habituales primeras autoridades que llenaban el lugar de honor de la plaza y con ellas habían venido las cámaras de la televisión local, siempre dispuestas a hacerles la pelota. Dos mil impacientes espectadores llenaban el resto de las gradas esperando el espectáculo cuando yo me dirigí al micrófono para invitar al populacho a la diversión y a la alegría torera. Siempre me había gustado hablar en público y llevaba un par de buenos chistes sobre la valentía de los mozos locales. Pero no hubo maldita ocasión de pronunciarlos. Apenas hube empezado a hablar alguien dio la orden de que se abriera la boca del toril.
Tembló el suelo a mi espalda y el mundo entero pareció rugir sin que yo me enterase. A la velocidad con que los trenes Talgo cruzaban la estación del pueblo, un monstruoso cornúpeta se acercaba a mí dispuesto a convertirme en su juguete preferido. No tenía defensa posible y sorprendido por la retaguardia reaccioné demasiado tarde. A freír puñetas el mástil, los chistes y el micrófono, eché a correr tratando de hacer bruscos giros, como había visto mil veces en la tele. Para diversión de las masas conseguí salir indemne de las primeras acometidas del animal, resistiendo unos eternos segundos a pocos centímetros de la testuz, siendo alcanzado y derribado solamente cuando estaba a punto de tomar el olivo.

Creo que fue al día siguiente, mientras todavía se me mezclaban en el recuerdo los aplausos y las grotescas risas de las turbas de espectadores, los bufidos del animal y el asqueroso olor de sus fauces, cuando empecé a buscar la forma de vengarme. Esta vez mi respuesta tenía que ser demoledora, definitiva, una solución final tan refinadamente cruel que no le permitiese volver a recuperarse jamás, que arruinase su vida para siempre.

No tardé en encontrar la solución y descansé. Inmediatamente le propuse matrimonio y hoy, sólo tres meses después, se va a casar conmigo.

domingo, noviembre 19, 2006

El anciano de misa de seis (II)

Me sentía ridículo al verme tan postrado por la posible muerte de alguien absolutamente desconocido, alguien a quien jamás había dirigido una palabra, alguien que se hubiera reído de saber por qué motivo había llamado mi atención. ¿Se habría cruzado alguna vez con mi padre? ¿Se conocerían?

Decidí reaccionar, me levanté súbitamente y seguido de Fermín entré en casa. Tenía que cortar definitivamente con aquella situación absurda que amenazaba con ocupar de forma ridícula mi vida durante los siguientes días. Me dirigí a la cocina y busqué aquel robot que todo lo cocinaba con extrema facilidad. “Es muy práctico, nunca dejarás de utilizarlo” me habían dicho cuando forzado por mi divorcio hube de aprender a desenvolverme por mí mismo. ¿Qué habría sido en la vida aquel misterioso hombre? ¿Dónde viviría? Y sin embargo andaba yo ahora sacándolo del fondo de un armario y quitando cuidadosamente los numerosos trocitos de celo con que había cerrado los plásticos que lo envolvían. Nunca aprenderás, me reñí a mí mismo, te encanta despilfarrar el dinero.

Recordaba especialmente bien una de las fórmulas del habitual recetario que acompaña inevitablemente a todos esos artilugios. Me prometí un esfuerzo para concentrarme en lo que estaba haciendo y así expulsar de mi testaruda cabeza la evocación que me atormentaba sin cesar desde hacía ya ocho días. No pude evitar acordarme de mi padre y de lo que nos reíamos una y otra vez ante nuestra tradicional torpeza culinaria. Me acordé de que una vez me dijo que yo necesitaba seguir detenidamente los libros de cocina hasta para hacer una tortilla francesa. Si pudiera verme ahora con mi delantal inmaculadamente blanco, manejando diestramente aquel complicado ingenio se sorprendería sin duda.

Puse un cubilete de nescafé; dos y medio, aunque la receta sólo pedía dos, de azúcar; medio de mi mejor güisqui, aunque también aquí fui algo más generoso; cinco cubiletes de leche y dos puñados de cubitos de hielo y lo batí todo a velocidad cuatro hasta que dejaron de sonar los hielos. ¿Tendría hijos? Me serví un hospitalario vaso y reservé el resto para futuras ocasiones. Quizá haya podido resistir, después de todo, pensé.

Me entretuve, goloso, disfrutando los primeros sorbos de aquella bebida en la que había depositado las esperanzas de una reacción. Di una vuelta por el salón, acariciando mis libros, observando cómo caía la noche, siempre se le veía solo y amargado, luego tenía hijos, seguro, dilucidando si escuchar a Bach o a Mahler, no, Mahler no; había dejado de gustarme desde que me enteré que era el autor favorito de Alfonso Guerra. Iba dando los últimos tragos a mi café espumoso mientras leía en algún periódico la programación de las diversas cadenas de televisión para aquella noche. Enojado apuré mi vaso cuando comprobé que en todas ellas no había más que televisión y acudí a al frigorífico por un segundo vaso de café con güisqui.

Con él en la mano y ya más relajado me acerqué hasta la puerta del jardín, la oscuridad se había hecho ya por completo y me detuve bajo el quicio a gustar el perfume campestre de aquella noche de prematuro verano. Me sorprendió que Fermín gruñera sin aparente motivo. Le reñí en vano y avancé hacia la mimosa. Sorprendentemente el animal no me acompañó y se quedó atrás sin dejar de protestar y de amenazar. Sólo cuando me llegaba a cinco o seis metros de la mimosa y del banco me di cuenta de que mi padre estaba allí sentado, en clara actitud de espera, en esa pose tan suya que tan abiertamente denotaba que se lo estaba pasando muy bien o que al menos esperaba hacerlo. Me quedé petrificado instantáneamente, temblé y el vaso se me cayó al suelo, después retrocedí un paso y luego otro.

Sólo un momento más tarde la luna asomó entre las nubes, iluminó levemente la insignia de su solapa y me permitió comprobar que llevaba entre sus manos un bastón con mango de nácar que en medio de una inigualable excitación me fue fácil identificar.

Recuerdo que las piernas me empezaron a temblar y que cuando caía aún llegué a tiempo de oírle decir:


-Qué, al final tuviste que aprender a cocinar sin tener el recetario delante, eh?

(A mi padre)

sábado, noviembre 18, 2006

El anciano de misa de seis (I)

Aquel anciano de la misa de seis se parecía extraordinariamente a mi padre, fallecido siete años antes. Aún sin poner demasiado cuidado uno encontraba rasgos que eran llamativamente iguales. El tono gris del pelo; su corte, peinado absolutamente hacia atrás, sin raya; el color céreo de la piel, la mancha en la mejilla izquierda, los ojos tristes y resignados, la curvatura de la espalda, el andar cansino, todo parecía un calco exacto.

Su manera de incorporarse en el banco para escuchar con devoción el Evangelio, su forma de musitar las oraciones y su mirada, Señor, qué mirada, volviendo lentamente la cara y dirigiendo anticipadamente la vista a aquello que buscaba, me turbaban obligándome a un esfuerzo especial para asegurarme a mí mismo que mi padre llevaba ya demasiados años muerto.

Ciertamente aquel desconocido era algo más alto, más fuerte y se encontraba en mejor estado general que el que sufrió mi padre los últimos años de su vida, y por ese camino podían encontrarse varias diferencias, pero el conjunto en general y sobre todo la actitud paciente y desesperanzada que aquel hombre mantenía ante la vida, ante lo que le quedara de vida, forzaba aún más el parecido. Incluso el modo de vestir era idéntico, tan sólo una insignia en la solapa y un bastón, que mi padre jamás empleó, con mango de nácar manifestaban con tenaz eficacia las diferencias.

Volví varias ocasiones a esa misa sólo para verle y comprobar que no estaba exagerando, que aquello no era una de mis manías, que aquello no tenía truco. Las últimas veces esperé en la puerta a que apareciera con su paso cansino e inseguro de siempre y estuve a punto de abordarlo y contarle el extraordinario suceso, pero el temor de asustarle y sobre todo mi inacabable timidez me hicieron desistir de aquel empeño, limitándome a ver cómo se alejaba pacientemente.

Por fin un sábado de finales de marzo no acudió a la misa que ya se había convertido para mí en una acostumbrada y desasosegadora cita. Me volví a casa inquieto y preocupado, irritado, intrigado, casi deprimido. Durante la semana no pude quitarme de la cabeza la obsesión de su repentina ausencia y una nostalgia amarga me intranquilizaba profundamente, impidiéndome un descanso sereno y relajante. Cuando su abandono se repitió un sábado más no pude aguantarme y después de la misa me acerqué a la sacristía a preguntar por él al párroco.

Éste enseguida supo de quién le hablaba, pues era persona que fácilmente destacaba entre la feligresía por su porte y su actitud. Las noticias eran extremadamente intranquilizadoras. El hombre había enfermado súbitamente y su estado decaía con gran rapidez. El sacerdote, que le había visitado a última hora de la mañana, dudaba de que el anciano pudiese sobrepasar aquella misma tarde y esperaba ser llamado en cualquier momento para administrarle la Extremaunción. Aquellas novedades, que hubiera sido lógico presuponer, me dejaron en un estado de anonadamiento del que tardé en salir varios minutos. Me sentía como si mi padre volviera a morir. Me lo imaginé enfrentándose de nuevo a esa situación término con las mínimas fuerzas vitales que le quedaban, viéndose acosado por la Parca sin un punto de rebelión, aceptando mansa e irremediablemente, pero con plena consciencia, lo que desde tiempo antes sabía ya próximo e inevitable.

Profundamente deprimido y después de rezar por él unos minutos volví a mi casa, salí al jardín y me senté en el mismo banco en que mi padre solía sentarse siete años atrás, bajo la misma mimosa bajo la que mi padre solía sentarse a leer y a hacer crucigramas cuando todavía tenía energías suficientes, cuando todavía no había decidido que le daba igual vivir que morir, divertirse que aburrirse hasta extremos inimaginables. Me senté desmañadamente, sin la adecuada compostura que tanto me hubiera pedido él aún en ocasiones en que nadie hubiera podido verme. Cambié repetidamente de posición sin encontrar acomodo suficiente; inquieto, me levanté y me volví a sentar varias veces, encendí varios cigarrillos y todos los apagué antes de tiempo.
Fermín, mi perro, vino varias veces queriendo jugar y subirse a mi regazo, haciéndome fiestas y queriendo ganar mi voluntad, pero terminó por irse y tumbarse en su lugar acostumbrado, sin duda extrañado de mi desgana poco habitual. Si alguna vez me había encontrado en situación semejante, cuando decidí divorciarme, por ejemplo, recurría a los Concerti Grossi de Händel para salir de mi abatimiento pero en aquella ocasión sabía que nada podría levantar mi casi inexistente ánimo. Me sentía ridículo al verme tan postrado por la posible muerte de alguien absolutamente desconocido, alguien a quien jamás había dirigido una palabra, alguien que se hubiera reído de saber por qué motivo había llamado mi atención. ¿Se habría cruzado alguna vez con mi padre? ¿Se conocerían?



Sigue: El anciano de misa de seis (II)

jueves, abril 28, 2005

Totilimundi (Tributo de admiración a Eduardo Mendoza)

Nunca hubo nadie en mi familia ligado a los negocios de restauración, señor Juez. Pertenezco a una larga saga de probos funcionarios que tradicionalmente se han ganado en esta ciudad su gris existencia. Si yo abandoné la transitada y segura senda que mi familia siempre ha recorrido, intentando primero ganarme la vida con una pizzería y después con un restaurante de lujo, fue exclusivamente por influencia de mi mujer y de Esmeraldino, su hermano y cuñado mío. Ellos, pero no sólo ellos, son los culpables de la situación actual, como más tarde se verá.

Reconozco que mi mujer jamás podrá decir que la he hecho inmensamente feliz, ni siquiera feliz, creo. Claro que yo tampoco lo he sido, pero eso siempre parece haber importado menos. No obstante, aunque en mi matrimonio nunca hayamos alcanzado el colmo de la felicidad, nuestra coexistencia ha sido moderada y aceptablemente satisfactoria. Mucho me temo que en realidad eso de la felicidad no sea más que un cuento chino que se han inventado los guionistas de Hollywood para timar a sus párvulos seguidores. Nunca me he encontrado en la vida real con alguien que dijera que su corazón iba a estallar de felicidad. Estoy convencido de que tanto la felicidad como la perfidia en estado puro no existen más allá de aquellas telenovelas románticas que hicieron su agosto en los años ochenta y noventa. La realidad es siempre mucho más gris, más confusa, la vida raramente es chicha o limoná. ¡Fabuladores!

No, mi vida no ha sido feliz y, aunque sí ha tenido buenos ratos, soy muy consciente de que han sido muchas más las épocas difíciles (cada vez que uno de mis negocios salía mal, por ejemplo) que los momentos no ya de felicidad, sino simplemente de emoción o de cierto interés. Debo recordar que no siempre la culpa de tantos instantes amargos por los que he pasado ha sido mía, y sólo en algunas ocasiones mi mujer se ha podido dar el gustazo de llamarme públicamente tonto y tenerme temporalmente cerrado el tálamo nupcial, ocasiones que jamás me preocuparon lo más mínimo, pues a poco del advenimiento de la Democracia el mismo Esmeraldino había abierto en las afueras de la ciudad un puticlub al que intentó llamar Pandemonium, pero al que los asiduos conocíamos como "Pandecoñum".

Las cosas empezaron a estropearse a partir de una idea que era esencialmente buena. Sin gran sacrificio y tras haber timado a mi cuñado, que siempre fue una cándida y generosa fuente de dinero, mi mujer y yo habíamos establecido la más nueva pizzería de la ciudad. A pesar de haber gastado un pastón tanto en la instalación como en publicidad en busca de la clientela, nuestro negocio tenía una vida bastante agónica y nunca fue el éxito que nosotros esperábamos. No solamente no se iban a cumplir nuestras expectativas de abrir un segundo local en los siguientes años, sino que difícilmente íbamos a poder mantener aquél.

Poco a poco, nuestro público iba siendo cada vez más escaso y a pesar de las sucesivas bajadas de precios pronto hubiéramos tenido que reconvertirnos en una vulgar tasca, de las que sólo despachan vino peleón a cuatro indolentes incapaces de buscar trabajo. En mis peores sueños ya les veía sucios y sin afeitar, sempiternamente acodados ante un vaso vacío, mientras los alrededores de la barra aparecían sembrados de cáscaras de cacahuetes, servilletas de papel y palillos que los parroquianos habrían arrojado al suelo después de utilizarlos para hurgarse en los oídos.

Mis largos momentos de asueto solía yo pasarlos a la puerta de mi vacío negocio, contemplando cómo caían las hojas o simplemente cómo pasaba el tiempo. Con ello no hacía sino aumentar mi malestar al ver cómo los demás comercios disfrutaban de una parroquia abundante que sin embargo se negaba a traspasar mi puerta. El contraste, que era llamativo y doloroso, me permitía afortunadamente gozar de determinados momentos que con el tiempo alcanzarían la categoría de inolvidables.

En una célebre mañana, muy poco después de abrir, vi venir por el final de la calle a un personaje ya entrado en años, de cerca de dos metros de altura, larga barba y cabeza absolutamente rasurada, cuyo ojo derecho estaba tapado por un parche que le proporcionaba un aspecto impresionante. Vestía una camiseta de tirantes, de intenso color morado, y un pantalón de chándal rojo fuego con vivos de color verde y blanco.

Recuerdo que mi primera impresión fue que pese a lo temprano de la hora el individuo había bebido demasiado, pues aparentaba llevarse bastante mal con la línea recta. Caminaba con desidia y a pesar de sus evidentes muestras de cansancio cada cierto número de metros se echaba al suelo, juntaba las manos delante del rostro y parecía orar a la manera de los fieles del Islam. Pronto me fijé que cada vez que se agachaba lo hacía exactamente sobre una de las alcantarillas que jalonaban la calle, esforzándose en escudriñar en su interior. Cuando exactamente delante de mi pizzería repetía la escena por enésima vez, se le acercó un policía que tras identificarse convenientemente le preguntó qué hacía, contestándole el beodo que buscaba las llaves de su casa, que las había perdido la noche anterior en una alcantarilla de la ciudad, pero no se acordaba en cuál, y que o las encontraba o sus padres le montaban un buen follón al llegar a casa.

Pero a pesar de momentos como el descrito la subsistencia de mi negocio era más bien precaria, pues por algún motivo el público seguía descendiendo.

Y ahí entraba mi idea, propia de una cabeza tan brillantemente dotada para el comercio como la mía, y que, debo reconocer con profunda satisfacción y henchido de orgullo, funcionó durante un tiempo, aumentando nuestro público que cada vez iba saliendo más y más satisfecho de mi negocio. Aprovechando la proverbial liberalidad de nuestras autoridades con los pequeños traficantes de droga le dije a Walter, ese cocinero entre cromañón y pitecántropo que teníamos y que decía ser italiano (mentira, seguro), que se hiciese con una cierta cantidad de cocaína, aunque para ello tuve que vender a bajo precio el lujoso reloj de pared que mi cuñado decía haber ganado en una honrada apuesta. Para que la mudanza no dejara detrás de sí la lógica huella sobre el papel pintado puse el aparador del salón en el lugar del reloj, adornándolo elegantemente con unas flores de plástico que parecían casi naturales de bien imitadas que estaban. Al final aquello no desdecía demasiado. Mi cuñado tenía de crédulo todo lo que le faltaba de buen observador, por lo que si algún tenebroso día se daba cuenta de la permuta siempre se le podía contar cualquier cándida mentira sin mayor miramiento.

El viento pareció cambiar para la pizzería en cuanto Walter, siguiendo mis instrucciones, fue añadiendo cautelosamente muy discretas cantidades de aquel polvo blanco a cada uno de los productos que salían de nuestra cocina. El éxito fue enorme y en sólo cuatro semanas llegamos a ingresar más del doble de dinero que en todo el trimestre anterior, cosa por otra parte nada difícil, dadas las menguadas entradas que hasta entonces habían sido habituales en nuestro negocio.

Lo que ya no podía yo prever, por mucho que mi mujer insistiera en lo contrario, era la visita de aquellos dos individuos, tan trajeados y tan formalmente vestidos que al principio creímos que eran dos representantes ambulantes de alguna industria de la capital, quienes en el ridículo lenguaje actual tan políticamente correcto se hacen llamar "comerciales".

Caí en la cuenta de que no eran vendedores cuando se pusieron de pie delante de mí y desde medio metro por encima de mi cabeza preguntaron que quién era el responsable del local. Por unos breves instantes quiso mi ingenuidad pensar que eran inspectores de Sanidad, quizá porque la semana anterior habíamos tenido un pequeño escándalo con una señora que protestó del estado ("encharcado" sería un suave eufemismo) en que se encontraban los servicios de la pizzería, habiéndole contestado mi mujer con la mayor educación que le fue posible que se aguantara, que la culpa era suya y de otros clientes guarros como ella, y que allí se iba a comer y no a mear. Cuando la señora reaccionó, tras varios minutos de patalear y chapotear en el mingitorio, llamó toda indignada a su Mariano, que resultó ser un alfeñique al que Walter asustó con su sola presencia. Y con el mazo de ablandar la carne.

No salí de mis sucesivos errores hasta que por fin se identificaron con sus respectivas placas. Resultaron ser dos policías secretas interesados en la materia prima que utilizábamos en nuestras pizzas, lasañas y helados, ya que al parecer nuestra fama había corrido demasiado, demasiado lejos y demasiado deprisa. Dada la fiereza de la competencia con las multinacionales del ramo instaladas en la ciudad no había lugar a dudas de que todo se debía a la envidia malsana que mi éxito estaba despertando, porque en todas partes hay gente que no sabe competir lealmente. Descargué parte de mi irritación con un par de patadas al horno y, tras acordarme de la madre que parió a la globalización y soltar todo el repertorio de tacos que conocía, decidí atenderlos personalmente.

Me empeñé en derrochar todo el encanto y toda la facundia de la que Dios me proveyó para convencerles de que si Walter era el cocinero él era el responsable y no se podían llevar a otro que a Walter. Querían que yo les acompañase, como titular del negocio, pero al final fueron comprensivos y se llevaron a mi mujer, aunque previamente hube de amenazarla en un breve aparte con hacer público que era absolutamente calva, pues la media melena pelirroja que lucía era simple prótesis decorativa que discretamente había comprado en otro lugar. Si alguna vez tuvo un terror nocturno fue que se supiese de tu total calvicie.

La cosa acabó en un disgusto menor gracias a que he coincidido demasiadas veces con el inspector jefe en el puticlub de la carretera, habiéndonos invitado muchas veces el uno al otro (También a las bebidas). Gervasio Rodilla, "Ger" o "Rodi" en los momentos de intimidad del club o después de cuatro o cinco copas, siempre había sido un tipo muy extrovertido, de los que no se escondían para ayudar a los amigos. Sobre todo porque me debía el favor de mi silencio. Siempre me lo había dicho: "Tú, tranqui, que algún día podré pagarte el favor".

En realidad, los secretos que yo debía guardarle eran dos. El día del famoso 23-F, aquél del asalto al Congreso, Ger había entrado en el puticlub y se lo había encontrado absolutamente desierto. Bueno, desierto de clientes, quiero decir, que las chicas, grandes profesionales fieles al cumplimento del deber en toda circunstancia, estaban en su puesto de trabajo y con su uniforme de faena, consistente a la sazón en un tanga de color azul metálico y un liviano fular con lentejuelas y estrellitas de plata, que tras tapar (es un decir) sus pechos se recogía de una manera graciosa detrás de la espalda. Con varias copas ya encima y creyéndose solo, el entonces joven e inexperto Gervasio Rodilla no pudo reprimir su natural y dio varios vivas a Tejero justo en el momento en que yo bajaba de la habitación de Jennifer. Con Jennifer.

Con la discreción de la que hago gala cuando me veo en peligro yo me hubiera escondido detrás de la cortina, pero Jennifer, que en realidad se llamaba Toñi y era de Venta de Baños, tropezó en el primer peldaño, cayó sobre mí, y yo, desde una altura considerable, sobre el entonces recién ingresado policía. Inmovilizado de esta forma bajo la Toñi y bajo mí, el pobre sólo acertó a decir "Bueno, me rindo pero yo no tengo nada que ver, conste". Con el barullo que se organizó y dado que la luz en estos lugares es más bien escasa, tardamos bastante en aclarar las circunstancias y en calmarle, pues al darse cuenta de su metedura de pata quiso pasar por las armas a la pobre Toñi, además de llamarle insistentemente "Toñi, Toñi, Toñi", cuando a la pobre todos le decíamos Jennifer. Ganas de fastidiar.

A partir de aquel célebre día Gervasio Rodilla y yo hemos intimado profundamente, compartiendo jornadas de fútbol televisado, copas, francachelas e incluso a alguna chica del club. Estando ya a punto de cumplir los cincuenta años Ger seguía sin haberse casado, así que el segundo secreto que yo le guardaba no era el de su habitual presencia por la barra americana, pues era cosa que conocía toda la ciudad, sino el de sus gatillazos. Porque aún ahora, cuando tantos años han pasado desde el 23-F, si alguna vez coincido con él en el lupanar subo hasta la habitación en que se encuentre y susurro junto a la cerradura: "Rooodiii, acuérdate de Tejeroooo", siendo suficiente tal alusión para que del susto al pobre se le derrumben todas sus fuerzas, concluyendo sus intentos amatorios en un considerable gatillazo.

El (presunto) negocio de la pizzería empezó a finiquitar el día en que mi cuñado se empeñó en contratar a aquel negro, "subsahariano" debería haber dicho en otro ejemplo del estúpido lenguaje políticamente correcto, que por no haber visto jamás un horno de gas hizo que todo estallase por los aires cuando intentaba encender aquel puro que yo le regalé. ¡Cómo podía saber yo que además de subsahariano era un inepto! ¡Por si no tuviera ya bastante con lo uno además tenía que ser lo otro!

De aquellas ruinas salió mi actual situación de privilegio. Porque el dinero que cobré de la compañía de seguros me vino muy bien para transformar la fracasada pizzería en nuevo restaurante de lujo, al que por un recuerdo infantil decidí llamar Totilimundi, trasladándolo además a las afueras de la ciudad, al lado del Pandemonium. Me venía bien esta vecindad pues con el tiempo Esmeraldino me había hecho gerente del club, lo que me permitía de vez en cuando cobrarme los beneficios en especie, sobre todo cuando fuera de la temporada turística o de las fiestas locales ambos negocios flaqueaban, dejándonos a las chicas y a mí sin saber cómo rellenar tanto tiempo de ocio. Visto lo azarosa que había resultado mi vida como restaurador a la italiana tuve lo que entonces creí una idea soberbia, pero que terminó por revelarse como la causa de este desdichado final: protegerme de determinados desastres imprevistos admitiendo a Rodi como socio del restaurante.

Mantenerme en el negocio de la restauración fue tanto por permanecer dentro de la misma rama de asuntos, que después de tantas experiencias frustrantes ya empezaba a controlar, como por prestar oídos al golfo de mi cuñao, que era tan ignorante, mucho, como atrevido, más, o como millonario, mucho más. El muy ladino me embaucó diciendo que había hecho su fortuna dirigiendo varios restaurantes en Barcelona, lo que era sólo parcialmente verdad, pues aunque los restaurantes estaban a su nombre en realidad no eran sino excusas para lavar dinero negro que alguien, con más dólares que acierto, había puesto bajo su (torpe) salvaguarda. A tomar la decisión final me ayudó también que el Ayuntamiento recalificara inesperadamente el magnífico solar que había junto a la carretera y que tanto me había interesado. Por lo que yo sé a esta sorprendente medida municipal contribuyó mucho una serie de reuniones a altas horas de la noche que mantuvo mi cuñado con algunos concejales y algunas de las chicas de Pandecoñum. A lo mejor ahí tiene usted tajada, señor juez.

Luego resultó que el muy imbécil de Esmeraldino ni sabía lo que era una cocina ni los sucesivos cocineros que contrataba, siempre procedentes de la inmigración más canalla e ilegal, tenían pajolera idea de lo que era un cocido madrileño o una paella de mariscos. Yo le había advertido ya previamente de que estaba jugando con fuego, de que aquellos a los que él explotaba haciéndolos trabajar sin ninguna preparación en sus diversos negocios, casi todos ilegales, durante doce horas al día, siete días a la semana, podían volverse contra él en cualquier momento. Acuérdate de la pizzería, le dije.

No me hizo ningún caso, como ocurría habitualmente, y contrató a un tal Abou Joseph que, empeñado a toda costa en agradarnos para que le consiguiéramos el certificado de residencia, insistía en prepararnos los exóticos platos de su lugar de origen. Como si los estropajosos paladares de los provincianos que se detenían en nuestro restaurante supieran apreciar el arte culinario más allá de los callos a la madrileña o del arroz a la cubana. Tuvo el infeliz la ocurrencia de prepararnos un plato que debía ser cocinado en un fuego de excrementos secos de gacela. Quizá con un poco de suerte nadie se habría enterado si el desdichado no se hubiera dejado ver previamente por el club hípico recogiendo boñigas de caballo con las que sustituir las de las lejanas e inaccesibles gacelas. Una vez aclarado el consiguiente escándalo ciudadano me conformé con despedirle tras hacerle recorrer la calle Mayor arriba y abajo arrastrando un contenedor repleto del mismo estiércol que había recogido en el club hípico. Cuando por fin se marchó de la ciudad llevaba en su andrajosa mochila un par de paladas de semejante mercancía. De recuerdo.

Pero poco tiempo después todo el mundo olvidó tan desagradable incidente y el negocio empezó a marchar viento en popa, siempre gracias a que mi ingenio no dejaba de funcionar. Había conseguido que Iñigo Desiré de la Cuesta, un personajillo extraño que dirigía la televisión local, se convirtiera en un cliente habitual de Pandemonium. Y nunca le dejaba pagar. Me costaba una pasta, porque el condenado se había encaprichado de una chica y menudeaban sus visitas, de las que casi siempre salía demasiado alegre, pero me lo compensaba muy generosamente con publicidad encubierta o invitando a cenar en mi local a actores, toreros y políticos que al pasar por nuestra ciudad acudían a los estudios de la televisión que él dirigía. Como consecuencia de ello mi restaurante se había convertido en uno de los locales más afamados de la ciudad, lugar de cita obligada para todo el que quisiese ver y dejarse ver. Totilimundi era el lugar de moda y en él se convocaban las autoridades, los empresarios más conocidos, los artistas locales y los meritorios en cualquiera de dichos campos. Tanto era así que un día decidí que Iñigo Desiré de la Cuesta empezaba a estar de más en mis planes.

Demasiado ancho, bajito y cabezón, apenas tenía cuello, de modo que parecía que tenía la cabeza directamente embutida en el tronco. El pobre estaba tan convencido de las bondades de la publicidad que empezaba todas las mañanas con una humeante taza de café de Colombia, un cigarrillo rubio americano y la colonia más anunciada del momento. Tenía la vana esperanza de que la vida fuese como en los anuncios, pero cuando se miraba al espejo caía en la cuenta de lo dura que es la realidad. Su excesiva autosuficiencia, su imponente vanidad y su repelente tiranía con todos aquellos que tenían la desgracia de ser subordinados suyos le hacían inaguantable. Se creía perfecto y exigía que los demás lo fueran. Comía y cenaba con frecuencia en mi local, así que alguna vez yo me había vengado de su soberbia dejando caer una salivilla en su café o chupando los cubiertos antes de entregárselos a él.

Su (fea y agria) secretaria, Rosa Melgar Zalapeta, confesaba sin rubor ante todo el que quisiera escuchar que soñaba habitualmente con trenes que atravesaban túneles en todas las direcciones imaginables. Pasados los cuarenta y cinco años había fracasado de manera estrepitosa en diversos intentos de formar una familia. Buena muestra de su derrota era la liviana sombra que se había instalado definitivamente sobre su labio superior.

Por lo que yo sé, aquel día Rosa había revisado el informe mensual de Estadística sin que pareciera faltar nada, había quitado el clip que unía sus diversas hojas, lo había usado como mondadientes y lo había arrojado despectivamente a la papelera. Posteriormente había pasado el informe a Don Iñigo y ahora nadie encontraba la página trece y ni siquiera parecía existir un disquete con la copia. La pobre y virginal Rosita aguantó cuanto pudo el bronco sermón lleno de amenazas, voces y golpes sobre la mesa y los armarios, pero cuando su jefe salió del despacho no pudo resistir más y retrocedió en busca de un lugar donde aposentar la retaguardia, derribando por el camino un ficus benjamina y terminando por descansar sus posaderas sobre la silla de la esquina, justo encima de la desaparecida página trece. Cuando consiguió dejar de tartamudear y de hipar se levantó y descubrió el mueble bar. Desconsolada como estaba, la pobre no encontró mejor modo de apaciguar su ánimo que probar grandes tragos de un par de botellas, alternando sucesivamente una y otra hasta alcanzar un estado de profunda depresión que acabó con ella trastabillando por las polvorientas escaleras de los estudios y escondiéndose de quien osara cruzarse en su camino.

Me apiadé de ella cuando sólo unos minutos más tarde me lo contaba todo en la barra de mi restaurante, todavía llorando, con el rimel corrido y apestando a alcohol. No, no, perdón, perdón, señor juez, rectifico, qué narices voy a apiadarme de ella. Ella me importaba un carajo, siempre me había parecido el eslabón perdido entre el género humano y los monos menos evolucionados, era brusca, maleducada y desagradable, y su repelente imagen ofendía al sexo femenino. Y hablando de sexo, su sola presencia bastaría para aplacar fulminantemente las rijosidades del pelotón masculino más lujurioso. Pero ella me dio la excusa que no necesitaba para vengarme del mequetrefe engreído que todavía era su jefe (¿o ya no?) y devolverle parte de la medicina que él repartía con generosidad a todos los que no teníamos la fortuna de ser él.

Unas pocas horas después, y sin apenas esfuerzo por mi parte, le había convencido de las bondades de la nueva chica que había llegado a Pandemonium el día anterior, de su profesionalidad y de su saber hacer. Cuando se marchó le despedí con las inevitables palmadas en la espalda y me limité a esperar. Días seguidos estuve riéndome a escondidas del petulante petimetre y sus esfuerzos por aguantar serenamente picores y escozores en sus partes pudendas sin que se le notara.

Sólo hace un par de días, cuando empezaban las fiestas de nuestra ciudad ocurrió uno de los momentos que quedarán marcados para siempre en la historia de la hostelería española. Disfrutábamos, como casi siempre, de una generosa asistencia de clientes dispuestos a dejarse en mi caja un pequeño porcentaje de cuanto pensaban gastarse en celebrar a San Antonio María Claret. La mayor parte de ellos habían terminado de cenar o estaban a punto de hacerlo. Como suele ser habitual, el tono de las voces había ido subiendo a medida que las botellas de vino se habían ido vaciando y la algarabía era, pues, considerable. De pronto apareció aquel famoso individuo que buscaba las llaves de su casa por todas las alcantarillas de la ciudad. Y se detuvo un instante bajo el quicio de la puerta, contemplando el interior con la sonrisa y el gesto de triunfal soberbia con que una estrella de la música contempla a sus fans desde lo alto del escenario.

En una mano llevaba dos periódicos y un libro y con la otra tiraba de un carrito de la compra mugriento y deshilachado. Nadie pareció darse cuenta de su presencia hasta que retrocedió unos pasos para coger carrerilla y se lanzó resbalando hasta una de las pocas mesas libres que había. Entonces cesaron todas las conversaciones y un silencio espectacular se concentró sobre él, que se limitó a sentarse tras arrojar sobre los presentes una displicente mirada y una sonrisa de absoluta superioridad, mostrando a todos los aparatosos huecos de su dentadura.

Abrió los dos periódicos y los dispuso sobre la mesa a modo de mantel, alisándolos convenientemente, pidió la carta y tras ella la cena, que después de muchas dudas e indecisiones decidimos servirle, empuñó cuchillo y tenedor cual gladiador que en el circo romano tuviese que defenderse de sus conmilitones, miró fanfarrón a la expectante concurrencia y empezó a dar parsimoniosa cuenta de unas pochas con almejas a las que mientras se calentaban yo había añadido el jugo de una fregona de la cocina en previsión de lo que pudiera venir después. Al concluir el segundo plato pidió postre, café y un coñac. Durante todo este tiempo nadie había abandonado el comedor, nadie había dejado la mesa, todos seguían pegados a los asientos, con los ojos fijos en el polifemo. Éste finalmente pidió la cuenta, la examinó cuidadosamente, por delante, por detrás e incluso al trasluz, mesándose las barbas con gran nerviosismo y, tras reclamar mi presencia, me hizo saber lo bien que había cenado y lo agradable que era el local, pero que si yo esperaba que pagase tal cantidad iba de cráneo, pues era pobre de solemnidad y, aunque su intención era satisfacer la deuda en el menor plazo posible, tal tarea le resultaba de momento inalcanzable.

De pronto se puso de pie sobre la silla y, levantando su cavernosa voz y dirigiéndose a la concurrencia con ampulosos gestos y voz engolada, anunció a los cuatro vientos que no tenía dinero para pagar, pero que dejaba su sombrero sobre la mesa por si alguien de entre tan distinguida clientela tenía un mínimo de dignidad y se animaba a colaborar. Él, no obstante, reconocía públicamente su deuda "con este afamado local" y manifestaba su deseo de saldarla a la mayor brevedad y con esa aspiración salía de vuelta a las calles del pueblo, a solicitar también la colaboración de los ciudadanos viandantes, dejando en prenda sus pertenencias. Una llamada telefónica al hoy fallecido Gervasio Rodilla no me hubiera solucionado el problema, pues de ninguna forma hubiera cobrado nunca mi deuda. Antes al contrario, dejé que las cosas transcurrieran como el pobre loco quería y al día siguiente se presentó a cumplir su compromiso, porque "seré pobre y loco, pero la palabra de un hombre debe ser sagrada, como han dicho todos los pensadores que en el mundo han sido antes que yo" dijo al despedirse y llevarse sus roñosas posesiones.

Eso fue exactamente antesdeayer, señor Juez, cuando nada hacía prever lo que hoy iba a ocurrir.

Ya sería más de media tarde; mi mujer se había quedado sola recogiendo la cocina y yo había subido a Pandemonium para comprobar que todo seguía en orden. Vi a Ger aparcando junto a la puerta principal del restaurante. Nada sospeché, estamos en fiestas y pensé que iría a comprobar que todo estaba en su sitio. Cuando acabe vendrá aquí, a dar una vuelta y a charlar un poco, pensé. Así que me dispuse a pasar el rato con Rosaura Celinda, una dominicana que está de coge pan y moja, y a intentar acabar mi cubalibre (Bueno, el mío y el de Celinda y media docena más si hiciera falta). Pero por ser los días que son la Celi no andaba sobrada de tiempo, llegaron varios clientes y tras pedirme respetuoso permiso me dejó y se fue a sacarles los cuartos. Aburrido, decidí bajar a ver por qué Ger no acababa de llegar. Lo primero que me llamó la atención, antes incluso de entrar al restaurante, fue que mi mujer hubiera puesto la música tan alta. Y además una balada romántica, con lo poco que le gustaban a ella, que siempre se había sentido más cerca de la tierna delicadeza del “bacalao”. Crucé la sala con descuido, lentamente, mirando por las ventanas, ordenando bien alguna silla fuera de sitio, poniendo en su lugar algún cenicero descolocado.

Cuando llegué a la cocina miré por el ojo de buey de la puerta y lo primero que vi fue el trasero flácido y peludo del comisario de policía. Lo segundo que vi fueron los pechos caídos de mi esposa, que con las manos levantadas y los brazos bien abiertos sostenía dos botellas de pacharán. Ya hay que ser ordinarios para hacer el amor bebiendo pacharán. “Regístrame, Rodi, regístrame bien, que voy armada”, decía. Y se reían los dos. Rodi había empezado a decir algo así como “Qué buena estás, Maripuri” cuando decidí ocultarme y esperar serenamente a que terminaran de beber. Yo soy un ciudadano europeo del siglo XXI, demasiado culto y refinado como para reaccionar como un salvaje saltando sobre ellos y matándolos. Esperé desenvolviendo y encendiendo calmadamente uno de aquellos habanos que siempre me habían gustado, saboreando detenidamente su aroma.

Cuando creí que había llegado el momento apropiado asomé la cabeza y los vi entregados sobre la mesa de la cocina. Entré sin ruido, me situé a su lado, exhalé sobre ellos una gran bocanada de humo y dije "Rodi, acuérdate de Tejerooooo". La reacción fue inmediata y después de su habitual "mecagonlalechetúsiempreigual" cayó en la cuenta de la situación en que se encontraba. “Joé, Rodi, pues no te entiendo, ¡con lo jóvenes que son las de ahí arriba!” dije, más que nada para incordiar. Estaban tan estupefactos que ni sabían qué decir ni acertaban a cerrar la boca, balbuceando incongruencias imposibles de entender.

Me apoyé con despreocupación en el frigorífico sin dejar de fumar mi puro. Lo que más gracia me hacía era el continuo vaivén de sus manos, que no acertaban a detenerse en lugar alguno. Bueno, en realidad Rodi lo tenía más fácil, pues se limitó a juntar mucho las piernas y situar sus manos sobre la ingle. Sin embargo, en su afán de dar una explicación que no encontraba, con frecuencia las separaba, haciendo aspavientos que dejaban ver la flacidez de su entrepierna. Pensando cómo aliviarle, tome bruscamente la pelirroja peluca de mi mujer, obrando con rapidez para impedir que se defendiera, y se la puse a él en el lugar adecuado que tapase su desastrada virilidad.

El agudo chillido de mi cónyuge contrastó con el horrorizado “Pero si eres calva, Maripuri” que lanzó el veterano policía. Si, a pesar de estos trágicos momentos, tengo que pensar en un instante especialmente divertido me quedo con la cara que puso la pobre, ya que no encontraba manos suficientes para taparse, pues las dos únicas con que la Naturaleza le dotó intentaban tapar hasta donde fuera posible la calvicie absoluta que coronaba su figura, dejando a la contemplación de los espectadores el resto de su (adiposa) anatomía. Fruto de los nervios, imagino, le sobrevino una incontinencia urinaria, cuyos detalles omito por delicadeza y porque nada aporta a la comprensión de esta historia. Sin poderlo evitar Rodi y yo prorrumpimos en una incontenible carcajada. Eso sí, él no apartaba de su entrepierna la peluca pelirroja con la que ocultaba por dónde había empezado todo aquel galimatías. La pobre echó a correr sin bajar las manos, buscando refugio donde ocultar su alopécica cabeza, dejando detrás de sí un reguero de humedad delatora.

Como es obvio esto no hizo sino aumentar la sonoridad de nuestras estentóreas risotadas que parecían rebotar con incansable insistencia entre las cuatro esquinas de aquella inmensa cocina. Cuando la infeliz se dio cuenta de que no tenía escapatoria se detuvo y, con especial saña y delectación, nos arrojó a la cabeza las dos botellas de pacharán, seguramente en un ataque de histérica impotencia. La primera fue contra mí, alcanzándome y causándome la brecha cuyo informe médico sin duda, señor Juez, ha podido usted examinar. Dirigió, furiosa, la segunda contra Rodi, sin duda ofendida por una actitud que nunca hubiera esperado. Éste, en medio de una incontenible carcajada, esquivó el golpe de un sencillo manotazo, aumentando aún más su hilaridad. De hecho, cuando empezó a doblar las rodillas y a apoyarse en la mesa yo estaba convencido de que se debía a que el ataque de risa había terminado por minar su fortaleza física. Además, bastante tenía yo con tratar de evitar las posibles nuevas acometidas de mi esposa, que andaba como loca buscando a su alrededor objetos contundentes con los que continuar su ataque. ¡Como para fijarme en que el pobre Rodilla yacía muerto cuan largo era!
En realidad fue ella la primera en darse cuenta. Como en su obcecación no encontraba con qué rematarle le propinó lo que quiso ser coz de mula y se quedó en poco más que caricia de gato, pero aún así le extrañó que el policía no hiciera el más mínimo ademán para defenderse. Tras agacharse a comprobar la situación, su nerviosa agresividad se tornó bruscamente en serena desolación, pues comprendió enseguida lo que había ocurrido. Y en aquel punto nos vestimos, nos adecentamos prudentemente y sin atrevernos a mirar atrás nos subimos a Pandemonium a llamarle a usted, procurando que las prójimas y el resto de sus circunstanciales visitantes no se enterasen de nada y siguieran con sus (habituales) ocupaciones.

Nada más tengo que añadir, pues nada ocurrió desde ese momento hasta que usted tuvo a bien terminar con Encarnita y venir hasta aquí. Sólo me queda rogarle brevedad en los trámites en que se me necesite, pues como usted habrá podido comprobar, en Pandemonium se me acumula el trabajo y Esmeraldino es un inútil que estará negociando un revolcón con Rosaura Celinda en vez de consolar a su hermana o dirigir el club, que ambas cosas son de su incumbencia cuando yo estoy ausente. ¿Dónde tengo que firmar?

Entradas populares