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viernes, junio 21, 2013

Mi perro y yo

Lamentablemente Fermín se fue de mi vida en febrero de 2013. Un año aciago, por otra parte. Su recuerdo es de lo más bello que conservo en mi memoria.


Fermín no aparenta los trece años que va a cumplir. Se mantiene juvenil, vigoroso y muy activo, con iniciativa impropia de su edad, ya un tanto avanzada. Es el primero en recibirme cuando llego a casa y aunque ya no salta como antes su alegría desborda cualquier expectativa. Baila a mi alrededor, mueve el rabo y ladra, va y viene, se detiene y me espera, me llama y me busca hasta que me agacho, le acaricio la cabeza y el lomo y le doy unas palmadas de amistad, confianza y camaradería.
Él se da por satisfecho y me precede hasta el cuarto de estar, allí se detiene a mitad de camino entre la puerta y el sofá, me mira y mira a los demás para decir “Que ya está aquí, que no os habéis enterado”. Cuando después de los saludos familiares me siento, acude hasta mí, me clava su mirada penetrante y desinhibida y, situado enfrente, parece que esté a la espera de una orden que cumplir o un deseo que satisfacer.
El invierno es para él la mejor estación, forrado de pelo espeso y rizado no teme a las heladoras mañanas ni a las ocasionales nieves ni a los vientos irritantes. Cuando se acerca su hora de salir da vueltas nervioso, viene y me empuja con el hocico, al principio levemente, con mayor exigencia después. Si no le hago caso lloriquea, zalamero y plañidero, para que cumpla con su horario. Sus exagerados nervios y sus impacientes prisas al verme cerca del armario son una presión para que no tarde en abrigarme cuanto febrero me exige. Siempre tirando de la correa me pasea a fuertes impulsos de árbol en árbol, de farola en farola, en busca de las mejores y más transitadas esquinas. Si encontramos perros que puedan hacerle la competencia intenta alejarlos a ladridos y luego me mira satisfecho preguntándome “Eh, tú, grandullón, ¿a que lo he hecho bien?”.
Luego ya en casa, relajado y tranquilo, se tumba a mis pies, siempre pendiente de mí, de mis manos y de mis intenciones, de si me levanto o no, atento a mi mirada. Inesperadamente se incorpora y pone sus patas sobre mi regazo, lo tomo y lo achucho, él se deja, mimoso, y exhala un leve gruñido de placer, le rasco y se estira cuan largo es para ofrecérseme perezoso y somnoliento. Me dice “Te quiero” o “Gracias” con una mirada o con un ronco murmullo.
A veces se crea entre los dos una corriente de entendimiento difícil de explicar. Una sensación de camaradería, intimidad y comprensión mutua nos invade y se me antoja que estamos pensando lo mismo, que estamos sintiendo lo mismo, que compartimos angustias y necesidades y que puestos a ello encontraríamos las mismas soluciones. Nuestras miradas se cruzan y sólo le falta sonreír e invitarme a café.
A la noche le cuesta despedirse de mí y tengo que insistir siempre para que vaya a su espacio, la separación le duele y a mi me disgusta, pero hay rayas que no puede traspasar, mi sancta sanctorum es inviolable y cada mochuelo ha de ir a su olivo. Tiempo habrá al día siguiente para sus mimos, sus cariños, sus caricias, sus juegos y sus miradas. Para su amistad y su solidaridad.

jueves, diciembre 29, 2011

Con el tabaco en el bolsillo

Aquella debía ser la ocasión que había buscado toda mi vida. Todos mis seres queridos me rodeaban, todos me miraban, todos estaban pendientes de lo que yo fuera a decir o hacer, la de besos que recibí. Si alguna vez hubiera buscado el protagonismo aquel debía ser el día. Era una felicidad tenerlos todos conmigo. Me sentía realmente satisfecho, todos en mi casa, todos mostrándome su cariño, su afecto o su aprecio, según los casos, según la relación.

Yo me sentía a gusto, relajado. Me había puesto mi mejor traje y mi corbata favorita, la de las grandes ocasiones. Palpé mi bolsillo y comprobé aliviado que la pipa y el tabaco estaban donde siempre. Aunque últimamente está mal visto fumar en público, vivimos en una sociedad que se preocupa de estas cosas más que de los accidentes de tráfico, yo siempre he tenido a mi lado mi tabaco. Y además estaba en mi propia casa.

La conversación decaía, siempre oscilando entre lo malo que hace para las alturas del año en que estamos y qué tiempos aquellos cuando éramos más jóvenes. Hay que ver lo monótonas y repetitivas que pueden ser algunas situaciones. Bueno, si aquello se  prolongaba demasiado siempre podía sacar el tema de la siguiente jornada de liga para ver si se animaba la concurrencia. El asunto del fútbol siempre dinamizaba mucho las reuniones y seleccionaba los interlocutores. Además, siempre era menos peligroso que hablar del gobierno.

Llegada la hora todos nos levantamos y salimos juntos. Me extrañó que cogiéramos un coche para ir a la parroquia, con lo cerca que estaba. Creo que alguien dijo que era por lo malo que hacía. Era un coche muy elegante, seguramente de un buen amigo al que siempre le gustaron los vehículos de alta gama. Era cierto que hacía frío, desde luego yo lo tenía, especialmente en los pies, aunque me había puesto los zapatos de invierno, los de suela gruesa.

Concluida la liturgia volvimos al coche y nos fuimos al campo, el aire libre siempre me había atraído mucho, ya ni me importaba la sensación de frío que continuaba apoderándose de mí. Me distraje repasando la cara de todos los que andaban por allí. Se acercaban, me miraban con curiosidad y desaparecían, dejando el sitio a otro. Algunos allegados, varios vecinos y mis familiares más cercanos se asomaban con emoción y curiosidad. La cosa empezaba a ser tan monótona que pensé en echar mano de mi tabaco y salirme a fumar. De pronto alguien entonó una oración, enseguida cerraron la tapa. La oscuridad fue total y empecé a notar que la tierra caía encima. Sólo entonces noté que alguien lloraba. Que alguien llevaba muchas horas llorando.

domingo, junio 12, 2011

Carrión, friso románico

Entra el caminante contemplando sobre la muralla el pendón tremolante que afirma la pertenencia de esta tierra a Castilla desde que el mundo es mundo. Lo que antes fuera barrera militar es ahora invitación para entrar y deleitarse con una ciudad viva y animosa.


Sin olvidar el claustro plateresco de San Zoilo es el siglo XII quien señala el encuentro de Carrión con la Historia, encuentro que procura al románico uno de sus lugares más emblemáticos. Apenas llega el peregrino Santa María le saluda y salpica sus retinas de belleza y orgullo legendarios y él se para a leer sillares y arquivoltas que describen glorias y miserias medievales. Aquí se ha detenido el arte para contarnos nuestra Historia en leyenda de piedra, que es forma perenne de fijar quiénes somos y de dónde venimos.

El andariego entra y descubre Carrión y cómo bullen sus calles vivificadas por el Camino de Santiago, autopista que antes de que España fuera España trajo el hálito de Europa a estas tierras, sembrando lo que son ahora. Lo que somos ahora. Las gentes van y vienen, saludan y se despiden, compran y venden en un fluido homenaje al comercio y a la vida activa, impulsadas por un afán de progreso mantenido en siglos de relaciones mercantiles con un tráfico constante de entregados al camino jacobeo.

Pasa el peregrino ante la iglesia de Santiago, levanta la mirada y se detiene extasiado. Tiene miedo de parpadear, no fuera fugaz y pasajera la belleza que siglos de piedra le conceden contemplar. Mientras la arquivolta describe con solemne exquisitez rústicos oficios del siglo doce el friso es una ventana celestial abierta al estupefacto rostro del visitante, trasportado del acontecer terrenal a un lugar donde el tiempo no trascurre. Fija su atención en los pliegues de la túnica del pantocrátor y contempla en ellos la mano delicada del amoroso maestro que vuelca en su obra su ternura y devoción.


El río que da nombre a la villa la ciñe y refresca y endulza y ameniza. Los jardines que acompañan su ribera son homenaje al ocio y al descanso, homenaje más etéreo y transitorio que dovelas y capiteles, pero igualmente sugerente y necesario. Quizá Don Sem Tob o el Marqués de Santillana descansaran en esta ribera buscando inspiración para sus insignes obras

Románico y plateresco, San Zoilo espera; el peregrino afronta el puente y dice adiós. Carrión es delicado pantocrátor que lleva en el pecho para pregonar esta tierra de Castilla que le prende el alma.

sábado, junio 04, 2011

Ampudia, soportal de Castilla

Apenas superado el páramo el sendero serpentea en suave sucesión de curvas hacia Alconada, salvaguardia mística en Tierra de Campos. Recorrerlo en primavera, gustándolo con pausada delectación, es tarea acomodada para llevar a cabo al nacer el día. Permanentemente orlada por amapolas corretonas que parecen señalarme el camino la carretera baja entre laderas que abrazan los Campos Góticos con el Cerrato. Hasta que al final aparece Ampudia.

Cuando voy a llegar el cereal se cimbrea, alegre y dicharachero, sometido al dictado del vientecillo matutino; su color oscila del verde amarillento al verde oscuro según le acaricien los rayos del sol. A veces, regueros de amapolas de rojo fulgor parecen reunirse en corros, tal vez para confiarse sus aventuras por el páramo, bajo el amparo leal de la noche pasada.

En lo alto de la loma un enorme pino parece esperar en vano algún acontecimiento, quizá madurando alguna decisión difícil de tomar, quizá simplemente disfrutando de la perspectiva que dan los metros. Para altura, la de la Giralda de Campos, airoso trono gótico que lleva cientos de primaveras contemplando sereno la sucesión de estaciones.

Ampudia es una joya de Castilla retenida en el ámbar de la tradición, engarzada en soportales de piedra y madera y pulida con esmero por sus habitantes. Los soportales pregonan el linaje de la villa a la par que protegen de las inclemencias meteorológicas. Si alguien dudara de la vigencia de Castilla en el siglo XXI le bastaría con venir a pasear por ellos una mañana de primavera y detenerse petrificado a contemplar la colosal colegiata o el museo de arte sacro.

Al abrir la mañana pequeños corros familiares detenidos junto a sus puertas francas saludan, a la par extrañados y cercanos, al ajeno que osa irrumpir en la intimidad del lugar. Cuántas vidas se han confesado al amparo de sus esquinas, al cobijo del sabor mercantil y labriego de sus soportales.

El escudo del Duque de Lerma contempla desde lo alto del castillo la villa que se derrama a sus pies, quizá en ejemplo de sumisión propia de otros tiempos, escrita en las piedras de una muralla hoy desaparecida.

Ya no hay enhiestas alabardas que vigilen tras las almenas ni hoscos cañones que defiendan lo indefendible en nombre de la nobleza. Entre los afortunados habitantes de Ampudia sólo se perpetuan laboriosos valores de una Castilla milenaria que ha sabido con inteligencia preservar el patrimonio popular de su casco urbano.

sábado, mayo 21, 2011

Cervera es dama madura y noble

Cervera es dama madura y noble, orgullosa de sentirse admirada. Pasear por ella es pasear protegido por el señorío de sus soportales y degustar el aire puro y límpido. Cervera huele a monte, a río y a bosque, es ciudad y naturaleza, tradición y futuro.

Pierdo con deleite las horas ante el puente que lleva la carretera hacia Potes y el mar. Observo desde allí el discurrir del Pisuerga camino de la planicie mesetaria y comprendo que su rumor es un lamento afónico por la pérdida de las altas montañas, una despedida del paisaje quebrado para ir en busca del Duero en la tierra horizontal.

Más allá del puente, pasado Vañes, se esconden los pueblos encantados de la Pernía. Todavía vaga libremente por ella el oso, que la montaña palentina guarda severo respeto por la convivencia entre entorno salvaje y siglo XXI. Y si ya no hiela como en otros tiempos la vida sigue siendo dura en San Salvador, en los Redondos, en Lebanza.

Éstos son pueblos de bosque y piedra, nieve y fuego, envueltos en verdor y frescor, pueblos que acogen historias de amores y guerras de Reconquista y férreos monumentos religiosos que mezclan con pasmosa naturalidad románico, barroco, neoclásico y rococó. No puedo evitar que repiquetee en mi mente la áspera castellanidad de los nombres de estos lugares: Tremaya, Casavegas, Camasobres, Cantamuda, con su altiva y desafiante espadaña, Los Llazos… Nombres que traen memoria de luchas, de fronteras y repoblación medievales. Y Fuentecobre, surgimiento del Pisuerga, nacimiento casi de Palencia.

Subo hasta Piedrasluengas. Desde el mirador inmensos hayedos parecen alfombrarlo todo. Frente a mí, bajando por Valdeprado, tengo la Castilla de gestas marineras; a mi espalda, Castilla de campos de batalla; mar azul del cielo y mar de verde cereal en primavera. Nubes coronan el pétreo Peñalabra pregonando un peligro del que prefiero huir.

Vuelvo sobre mis pasos y regreso a Cervera. Sus casas de piedra, sus blasones y su iglesia me hablan de un pueblo con cimientos arraigados en los años, pero al mismo tiempo nuevos barrios, parques y edificios públicos anuncian una villa que no se detiene a admirarse en vano, sino que trabaja con firmeza y decisión. Late Cervera y el pico Almonga, cíclope protector, no se pierde detalle contemplando el ir y venir de sus gentes a los distintos anhelos de cada día.

Cervera es dama madura y noble, orgullosa de sentirse admirada, que  huele a monte, río y bosque.

viernes, mayo 13, 2011

Támara de nuestra Historia

Vientos de Historia de Castilla cruzan la muralla por el arco de entrada, besan los sillares y beben en las fuentes de Támara antes de subir hasta el castillo y entretenerse, infantiles y traviesos, en el museo etnográfico, argumento de un mundo en trance de desaparición.
Sopla un remolino por el callejón Salsipuedes y sube por la calle del Caño hacia San Hipólito. Sólo él me acompaña mientras asciendo respirando el silencio y la soledad que emanan de todos los rincones. Quizá sea la misma brisa que un día de concierto haga sonar la música de Pachelbel o Bach en el sobrenatural órgano de la localidad.

Desde el ayuntamiento la ventolera tiene a sus pies Tierra de Campos. Quizá enredándose en la espadaña o saltando de tejado en tejado hasta San Miguel pueda observar allá lejos, donde acaba la meseta, los altos picos del norte de Palencia, testigos impávidos de la vida en tierras que fueron centro del mundo, frontera casi imbatible para los turbiones cantábricos.

Sé que las piedras del pueblo conocen lo que en otro siglo fueron y guardan esforzado silencio para que la decadencia no devore su orgullo apresado en mil años de Historia. Clérigos y caballeros, artesanos y menestrales, labriegos y dueñas ocuparon con voces y afanes cotidianos el espeso silencio que hoy se esconde detrás de cada puerta condenada, detrás de cada ventana cerrada.


San Hipólito, catedral de piedra en un mundo de adobe, orgullo gótico en tierras del románico, se yergue ante mí, imponente, gallardo y altanero, desafiando a los elementos, retando al tiempo y haciendo fútiles sus esfuerzos por doblegarle.


Ya no hay reinos que disputen su futuro en los campos de Támara, ya no suben peregrinos al  hospital, no hay armadas huestes oteando el horizonte desde sus almenas. A la amenaza que se cierne sobre la localidad no se la afronta con lanzas y arcabuces; el futuro no parece tener parada en Támara pero alguien debería detenerlo y obligarle a fijar aquí su residencia, devolviendo al municipio la prosperidad que tuvo. De Historia y abolengo no se come, hoy la creatividad es la llave que abre el progreso y puede devolver a plazas y calles las voces infantiles que un día se fueron. Artistas, artesanos, músicos y escritores tienen en estas calles vacías y en sus rincones silentes un refugio en el que convocar a las musas y citarse con la inspiración para crear arte y vida. Para devolver vida al arte que aún guarda la amurallada Támara. 

viernes, abril 01, 2011

Cerrato



Desde lo alto del teso el valle se ve sumido en la bruma. De la espesura sólo se salva el campanario lejano de algún pueblo cerrateño. Apenas ha empezado a amanecer y el olor a fresco, a naturaleza y a día nuevo lo impregna todo. Entre los pinos corre una brisa cargada de lozanía y, aunque el sol apenas se intuye, sobre el cerro de enfrente ya comienza la vida a desperezarse.

Abajo no, abajo la neblina hace que todo fluya más lento aunque quizá los primeros desayunos hayan empezado a prepararse ya, sus habitantes se despiden de la noche con cierta indiferencia y sin las prisas de la ciudad. El silencio de la mañana temprana se rompe siempre muy discretamente con las persianas que en la Plaza Mayor y en la Calle Real se van subiendo, poniendo buena cara al mal día.

A medida que las horas van pasando el sol va ganando la batalla en la que sin que nadie se diera cuenta se ha enfrentado a la niebla. De pronto un rayo se cuela breve y delicadamente sobre las bodegas, mientras algún perro aburrido y perezoso le saluda con escándalo. Ha sido algo pasajero, pero sirve de preludio al resto de acontecimientos.

En una cascada de cotidianidad alguien abre una puerta y sacude la alfombra, unos pasos enérgicos cruzan los soportales, un volquete cuyo motor parece rugir en alemán cruza la carretera principal y al pueblo llega, primera señal de actividad comercial, la furgoneta con el pan.

Las nubes retroceden rápidamente y la luz insufla ánimo a la vida, el sol se está adueñando de la mañana y arropa a casi todo el pueblo, los cuatro niños que en el lugar quedan desayunan rápido para no perder el trasporte escolar mientras los dibujos animados llenan la cocina de colores atractivos y sonidos estrafalarios. El campanario de la parroquia da la hora, pero nadie hace caso porque lleva años queriendo confundir a los aldeanos con toques a destiempo, sólo los más ancianos recuerdan la última ocasión en que acertó con su aviso.

Voces surgen por una calle y otra, un hombre llama sin respuesta. Más allá alguien canta con alegría y sensibilidad mientras barre la acera o prepara el puchero. Al paso de las horas el sol toma fuerza y llena de luz tejados y corrales. A lo lejos un palomar lo contempla todo con silenciosa mesura.

Con la tarde surgen los paseos, con las manos a la espalda y respirando salud y paz los jubilados se alejan hacia la ermita y los novios hacia el pinar. Por la carretera serpenteante por la que se fue el invierno un viejo tractor vuelve renqueante de la jornada en el páramo. Mañana será el mismo día.

domingo, marzo 20, 2011

Villalcázar de Sirga, Castilla camino de Santiago

La amenaza de lluvia puede ser realidad en cualquier momento, el invierno en Castilla está siendo benigno pero demasiado lluvioso. El Pisuerga y el Carrión llevan mucha agua y no se sabe cuándo pueden dar el susto. Otoño en enero, melancolía más propia de noviembre que de comienzos de año, salvo porque ya no quedan hojas en los chopos.

Frente a mí Tierra de Campos se abre imperecedera con su horizonte asomado al infinito. Al fondo, portentosas iglesias y altos campanarios se ríen de los humildes palomares mientras juegan a rasgar las nubes barrigudas y grises, quizá animándolas a cumplir su destino y descargar sobre los campos todavía muertos. Villalcázar se acerca a mí pausadamente mientras los peregrinos, aún en esta época del año, arrastran su cansino paso en busca de la Puerta del Perdón.

Gris matutino. Quietud y serenidad cubren la villa, el olor a leña inunda el ambiente y podría servir para un anuncio de paz y de hogar. Si la paz y el hogar se anunciasen. Si se vendiesen. Mis pasos resuenan sobre el adoquín de las calles vacías, pregonando involuntariamente mi presencia como seguramente siglos atrás pregonarían la figura de notables y menestrales acudiendo a sus oficios o a alguno de los tres templos que en un momento poseyó la villa.

La enorme mole de su iglesia lo preside todo; su emplazamiento y su tamaño demuestran la fuerza y las intenciones de los constructores. Me detengo y observo las figuras de las arquivoltas. Me observan las figuras de las arquivoltas. Allá, en el altar mayor, en el centro del retablo, está la Virgen Blanca; un poco más arriba, el grandioso Calvario, envidia de media España. Don Jesús presume con legítimo orgullo del tesoro del que es custodio. El poder que tuvo esta tierra y cómo se ha derrumbado sobre sí misma, vaciándose, generosa e ineficaz, sobre una España que parece maldecirla amargamente pero que sin embargo se entrega a políticos que la niegan.

Me encanta pasear por Villasirga y respirar sosiego, me vuelvo Naturaleza, me vuelvo Tierra de Campos. El tiempo no trascurre y se ofrece a mí mortal y sumiso. Al volver, unas sopas de ajo frente a la iglesia, calientes, sabrosas y confortadoras, elevan mi tono vital.

Regreso a casa doliente y taciturno, estos pueblos se vacían hartos de olvido y de no importar a la España que progresa. ¿Quién cuidará de sus tesoros, de su Historia y de sus tradiciones cuando no quede nadie? ¿Qué quedará cuando nada quede?

sábado, marzo 12, 2011

La senda es el Camino, caminante

El caminante deja atrás Carrión y se adentra por el Camino. No es un peregrino al uso, su objetivo no es superar el camino de Santiago sino superar la vida. La estepa cerealista se le presenta como una áspera etapa de soledad en la que no hay refugio ante el despiadado sol castellano o ante el irritante viento mesetario. Cae el hielo y el frío es una rémora más que se agarra a su bastón.

Aparece Calzadilla un poco más adelante, despojo de la caída de Roma en estas tierras. Su Calle Mayor, indiferente, ciega su intimidad al intruso y ribetea sus pasos hasta el albergue. No lleva mochila ni arrastra peso, su paso es ligero y huidizo; sólo toma un café, bien caliente y bien cargado, para reemprender su marcha. Se guarda para más tarde, en el bolso de su tosco tabardo, un bocadillo y un refresco. Hay ya cierto ambiente romero a pesar de que marzo acaba de empezar y de que la primavera todavía no da noticias. Palmadas, ánimos y ultreia, caminante.

Cruza la antigua carretera nacional, deja la senda de peregrinos y se adentra en el monte. Por la ruta habitual el río Cueza se le atravesaría varias sorprendentes veces, con reiterada obstinación, como si su caminar no supusiera avance en el paisaje. A pesar de que el agua siempre fue para él inspiración y relajo esta vez prefiere el monte, imbuirse de naturaleza, alejarse de la nacional y casarse con la soledad. Está acostumbrado al viento cortante y a la aridez del paisaje. Las nubes se apiadan de él y de vez en cuando se abren y dejan pasar algunos rayos de sol. De pronto un retorcido bosquecillo acompaña su marcha durante unos kilómetros. Ama el campo y la armonía del pensamiento en silencio. No le importan ni el frío ni la lluvia, para él son caricia en su rostro barbilampiño que aniña su aspecto. Grandes y acogedoras encinas destacan de vez en cuando en el bosquecillo, le orientan y le ofrecen refugio. Sin prisa, paladeando cada momento, sigue en pos del horizonte.

Al final todos los caminos conducen a Roma y el monte le devuelve a la senda de peregrinos, con la raya negra del antiguo asfalto a su lado. Por mucha fuerza que traiga el invierno, marzo no es enero y se resiste bien si se cuenta con experiencia y la ropa adecuada. Dos kilómetros más adelante, detrás de una curva, aparece Ledigos. Será porque antes la carretera pasaba por el mismo pueblo, será porque el paisaje conforma al paisanaje, Ledigos tiene otro aspecto más urbano y ajardinado. Alguna chimenea expulsa al exterior su denuncia invernal y junto a las ventanas se oye el ruido propio del cacharrerío de cocina, quizá unos murmullos comenten que pasa otro peregrino y el viandante sonríe confortado en su soledad.

Hasta ahí decide haber caminado, ése será hoy el final de su etapa. Ahora, cuando también el sol ha completado su recorrido diario, por fin unos rayos, horizontales y vanos, asoman con precaución. Cuatro perros salen a recibirle ladrando con fingida fiereza. Impertérrito, cruza el pueblo acompañado por ellos y se sienta al final, en la parada de peregrinos, se quita las botas y descansa. Saca el refresco y el bocadillo. No va más por hoy; allá, al fondo, está otra vez el Cueza. Más lejos, Santiago.

viernes, diciembre 31, 2010

De mis maestros

Estaba yo disfrutando de las idílicas circunstancias económicas, sociales y políticas de las que democráticamente nos hemos dotado los españoles cuando me encontré varias fotos antiguas, resumen de mis años de estudiante. Y mi mirada se volvió a mis maestros, haciéndome recordar a todos los que tanto y tan inútilmente se esforzaron por hacerme bueno.

Todos ellos, desde la dulce maestra de mis primeras letras en Venta de Baños hasta los últimos profesores que me hicieron comprender todo el bien y todo el mal que se puede encerrar en la mente de un niño y explicarlo en francés e inglés, estaban reunidos en ese montón de fotos, compendio en blanco y negro de una vida desperdiciada en torno a sesudos libros de texto que supuestamente habrían de prepararme para el día de hoy.

Ya ven lo que ha sido de los tenaces intentos de tantos pedagogos, en qué me he convertido con el paso de los años. En qué nos hemos convertido, habría que matizar. Anda que no desparramaron esfuerzos a granel para convertirme en un hombre de provecho; se supone que la educación busca hacernos mejores que las generaciones precedentes, pero ya ve usted, uno hace lo que puede.

Lo que dirían si me vieran ahora aquellos profesores y maestros, cómo se echarían las manos a la cabeza si se encontraran conmigo detrás de una esquina. Se darían cuenta, como usted, lector, de cómo a cualquier cosa le llaman saber o entender y cómo a veces lo aprendido no sirve para nada, salvo, siendo generoso en la interpretación de los hechos, si consideramos que sabiendo hacer alguna cosilla útil sirves a los demás y te puedes integrar taimadamente en una sociedad en la que disimular tus carencias y limitaciones.

Repaso los rostros de quienes se empeñaron en mí y veo en ellos bondad y entrega y amor y generosidad y altruismo y humanidad y echo de menos muchas de esas cosas en nuestra sociedad actual. En qué nos hemos convertido, decía. Hoy, cuando la profesión de maestro está sometida a un pim pam pum general, -sea culpa de políticos populistas, didácticas estrafalarias, burocracia excesiva, profesionales politizados, padres encallecidos o hijos consentidos- aquellos maestros con boina o maestras con velo, retazos de una España desaparecida, son memoria de lo que quisieron hacer de mí y no pudieron. En qué nos hemos convertido.

Y les dejo, me voy a seguir disfrutando de la situación social y económica de la que democráticamente nos hemos dotado los españoles, ay.

jueves, diciembre 09, 2010

París paralizada por la nieve

El primer dinero que tuve me lo gasté en ir a París. Yo solo. En tren. En litera desde Venta de Baños. Había leído tanto sobre la capital de Francia que recién independizado de mi casa, con mi primer verano como empleado por delante, me fui a París.

Era algo que sin saberlo me había prometido desde que descubrí que mis dificultades con Matemáticas o Química se compensaban con mis habilidades para Literatura o Francés. O quizá me lo prometí cuando traduje Boule de Suif o con aquella disertación en Francés durante la carrera… Desde entonces amé Francia, su cultura, sus personajes, sus ríos, sus canales, Víctor Hugo y los arrondissements.

Nada más pasar la frontera algo había cambiado, el aire y el ambiente ya no eran los mismos; la ordenación de calles, pueblos y paisaje era más armónica, el sonido y el silencio no eran agresivos, el sol llegaba como si estuviera tamizado por un velo de serenidad. Y decidí hacerme francófilo.

En París paseé con inevitable aire pueblerino por la Rue Saint Severin, crucé veinte veces el Sena, sentí ganas de tumbarme en el suelo de Nôtre Dame y perderme eternamente por sus bóvedas, extasiarme en las vidrieras e inventar mil historias de ángeles y demonios, de cruzados y sarracenos. Creo que quise subir y buscar a Esmeralda cuando por fin sentí hambre y hube de salir a la calle. Luego vinieron el boulevard Saint Michel o el museo de Orsay, sí Orsay antes que El Louvre.

Me duele el tiempo pasado y la memoria perdida. He perdido el recuerdo de la tienda de discos cuyas estanterías de jazz me traje en sucesivos viajes, ya no soy capaz de retener la brasserie donde dejaba pasar las horas en Montmartre, me es imposible revivir le pont Mirabeau. A duras penas consigo recordar a aquel que era el que soy y que despreocupadamente paseaba viendo los libros de viejo expuestos junto a las orillas del Sena.

Ahora París está nevado y con un gesto de sorpresa el trasporte se ha detenido; los ateridos ciudadanos se refugiarán en los cafés mientras piensan en Benidorm y la torre Eiffel cubierta de blanco se habrá convertido en el mejor reclamo navideño para las galerías Lafayette. Con la nieve Esmeralda y el jorobado se abrazarán para darse calor, el comisario Maigret buscará refugio en su acostumbrado calvados y Toulouse Lautrec dejará de perseguir a mujeres de vida alegre para esconderse detrás de la estufa. Por el barrio latino que tanto amé los turistas caminarán con extrema precaución y al sol le costará encontrar un resquicio por el que colarse entre esquinas y callejuelas para combatir la nieve. París es hoy una melancolía blanca en la que mi juventud se refugia para hacerle un guiño nostálgico al presente.


Como en la película, siempre me quedará París, el París íntimo y romántico de aquel primer viaje solitario, el París enloquecido con los amigos o el París reposado y familiar de la madurez.

miércoles, diciembre 08, 2010

La condesa descalza en el cine Savoy

¿Por qué no hay pastillas que sepan a Fuentecobre o píldoras con sabor a vista cenital sobre los valles del Cerrato? La mía sabe a rayos pero me la tomo de un trago, no vaya a ser. Por la ventana veo caer el hielo sobre la meseta y hasta Fermín debe asustarse, me mira inquisitivamente y por fin se acurruca a mis pies. Enfrente, la chimenea chisporrotea e interpreta algún tipo de monótona danza que me cansa y me aturde.

Cierro los ojos y entre las llamas surge Ava Lavinia Gardner envuelta en un mal disfraz de bailarina española. Avanza, ingrávida, cobrando vida ante los espectadores del viejo cine Savoy. En un Venta de Baños todavía en blanco y negro el cine Savoy es el mejor refugio cuando cae la tarde, el tiempo para los transbordos suele ser largo y las calles nunca fueron muy animadas en un pueblo trabajador con más trenes a la capital que metros en Madrid.

Además del sorprendido viajero, en los duros asientos de la platea un centenar de mozalbetes alborotados y alguna pareja de novios sin mejor ocupación presencian el programa doble de los lunes. El viajero no lamenta haber perdido el tren anterior; una satisfactoria partida de cartas con varios lugareños tuvo la culpa y ahora tiene que esperar al correo de la noche. El cine es la mejor alternativa para que las horas pasen más deprisa.

No se relaja y, a pesar de que desde la pantalla Ava le mira insistentemente y se le insinúa sin mucho pudor, lleva su mano al bolso interior del abrigo con frecuencia. Tiene mucho oficio y de la partida salió con un fajo de billetes que en principio no era suyo. No se fía de nadie, desearía gastárselo con la famosa actriz, aunque le costase perder otro tren y otro día, pero no se atreve a hacer ostentación de su dinero ante aquellos adolescentes que gritan obscenidades a cada caída de ojos de la protagonista.

Al final se derrumba, cede a los instintos y le devuelve un gesto de picardía a la condesa descalza; poco después del “THE END” salen juntos del brazo y tras unas miradas nerviosas y huidizas se pierden en la niebla entre la envidia y la algarabía de la muchachada. Luisa, la del ambigú, dice que es lo que le faltaba por ver en esta época, ande vamos a parar, Señor.

Se ve que no conocen el lugar y se dirigen, bien torpemente, lejos del centro, nada van a encontrar por esa calle oscura y solitaria salvo la muerte. No van a tener tiempo de disfrutar del dinero, un famoso torero español, embozado y emboscado, acabará de un navajazo con el ventajista junto a la fonda de “El Riojano” y se llevará a la chica y los billetes a Madrid. Como nadie conoce al viajero su último viaje será al cementerio local, Recesvinto desde su basílica será testigo.


¿Por qué no harán pastillas con sabor a La Ojeda en otoño, por qué no habrá calmantes que trasmitan la serenidad del Pisuerga bajo el puente de Tariego?


lunes, noviembre 01, 2010

Amanece como si le diera vergüenza

Amanece pesadamente, como si le diera vergüenza. Junto a la fuente de la Salud las hojas más altas de los árboles reciben los primeros rayos y se agitan para dar envidia a sus hermanas menos afortunadas. Los castaños lloran el otoño con pesadas lágrimas secas y contemplan como aguas abajo el Carrión salva la isla Dos Aguas y se reencuentra consigo mismo camino de Dueñas y del suicidio. Junto al puente del obispo, parece que sólo hubiéramos tenido un obispo, los tres gigantescos paseantes se quejan del frío de la noche. La niña tose con voz metálica, la madre dice que hay andancio y al padre le duelen los huesos, tanta humedad, ya se sabe. Mientras tanto en el otero, El Cristo, cegado, se pone la mano a modo de visera para seguir protegiendo la ciudad.

El primer coche rasga el asfalto del nuevo día y Palencia se lame la herida con gemidos de campanas lejanas que llaman a misa. Quizá fuera la señal que todos esperaban y las calles se llenan de apresurados viandantes camino del banco, de la oficina o del autobús. Alguien saluda en voz alta y ofrece un café con leche. Bares y tabernas reciben alborozados a quienes traspasan sus puertas y los cristales se empañan enseguida. Desde el exterior se ven formas espectrales, agitadas por la inquietud que dan siempre las prisas por llegar al trabajo. El humo espesa el local y parece fraguar entre los clientes de la barra.

Pasa la mañana, las sombras giran y encogen, los pasos se calman. Las chaquetas ya circulan abiertas. Hay quien, envalentonado, se la pone por encima de los hombros, ofreciendo gallardamente su pecho a las ráfagas del otoño mesetario. El sol templa el ritmo pausado de la pequeña capital, dos minutos al Ayuntamiento, tres a la oficina, otros dos a la plaza de abastos. La actividad cesa al mediodía y Berruguete, hierático, contempla desde su pedestal la plaza mayor. Sus soportales, que han visto pasar muchas generaciones de ciudadanos, se ríen de la vanidad humana encadenada a caprichosas corbatas o a extravagantes zapatos femeninos que parecen más puntiagudas armas arrojadizas que cómodo calzado.

Llega el viento y barre las avenidas; las hojas se revuelven en los rincones y los peatones aprietan el paso temiendo doblar la siguiente esquina. A medida que la tarde cae la ciudad se encoge y entristece y cierra los ojos para no ver venir las sombras. Pudorosa, la castañera que vigila la sede del diario local se estira las enaguas y pregona su mercancía con voz engolada esperando que octubre sea su agosto. Al mortecino momento anterior al encendido de las farolas le sigue una súbita explosión de actividad. Cierran empresas y negocios y las calles se llenan de un apresurado bullicio que anuncia el final del día. Con la noche los semáforos aceleran su ritmo para acabar cuanto antes e irse a casa. Palencia, somnolienta, se acurruca y la calle Mayor por fin concilia el sueño.

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