jueves, diciembre 09, 2010

París paralizada por la nieve

El primer dinero que tuve me lo gasté en ir a París. Yo solo. En tren. En litera desde Venta de Baños. Había leído tanto sobre la capital de Francia que recién independizado de mi casa, con mi primer verano como empleado por delante, me fui a París.

Era algo que sin saberlo me había prometido desde que descubrí que mis dificultades con Matemáticas o Química se compensaban con mis habilidades para Literatura o Francés. O quizá me lo prometí cuando traduje Boule de Suif o con aquella disertación en Francés durante la carrera… Desde entonces amé Francia, su cultura, sus personajes, sus ríos, sus canales, Víctor Hugo y los arrondissements.

Nada más pasar la frontera algo había cambiado, el aire y el ambiente ya no eran los mismos; la ordenación de calles, pueblos y paisaje era más armónica, el sonido y el silencio no eran agresivos, el sol llegaba como si estuviera tamizado por un velo de serenidad. Y decidí hacerme francófilo.

En París paseé con inevitable aire pueblerino por la Rue Saint Severin, crucé veinte veces el Sena, sentí ganas de tumbarme en el suelo de Nôtre Dame y perderme eternamente por sus bóvedas, extasiarme en las vidrieras e inventar mil historias de ángeles y demonios, de cruzados y sarracenos. Creo que quise subir y buscar a Esmeralda cuando por fin sentí hambre y hube de salir a la calle. Luego vinieron el boulevard Saint Michel o el museo de Orsay, sí Orsay antes que El Louvre.

Me duele el tiempo pasado y la memoria perdida. He perdido el recuerdo de la tienda de discos cuyas estanterías de jazz me traje en sucesivos viajes, ya no soy capaz de retener la brasserie donde dejaba pasar las horas en Montmartre, me es imposible revivir le pont Mirabeau. A duras penas consigo recordar a aquel que era el que soy y que despreocupadamente paseaba viendo los libros de viejo expuestos junto a las orillas del Sena.

Ahora París está nevado y con un gesto de sorpresa el trasporte se ha detenido; los ateridos ciudadanos se refugiarán en los cafés mientras piensan en Benidorm y la torre Eiffel cubierta de blanco se habrá convertido en el mejor reclamo navideño para las galerías Lafayette. Con la nieve Esmeralda y el jorobado se abrazarán para darse calor, el comisario Maigret buscará refugio en su acostumbrado calvados y Toulouse Lautrec dejará de perseguir a mujeres de vida alegre para esconderse detrás de la estufa. Por el barrio latino que tanto amé los turistas caminarán con extrema precaución y al sol le costará encontrar un resquicio por el que colarse entre esquinas y callejuelas para combatir la nieve. París es hoy una melancolía blanca en la que mi juventud se refugia para hacerle un guiño nostálgico al presente.


Como en la película, siempre me quedará París, el París íntimo y romántico de aquel primer viaje solitario, el París enloquecido con los amigos o el París reposado y familiar de la madurez.

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