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miércoles, agosto 13, 2014

Un ciego en el cine Capitol: 01 El Capitol

Alguien tuvo la humorada de colocarle al viejo y decrépito cine de mi pueblo el pomposo nombre de “Capitol” quizá queriendo arrastrar con el nombre el glamour y el exotismo de otras tierras, queriendo contaminarse de lujo y gloria. Ha fenecido hace ya unos años y, después de intentar sobrevivir amarga e innecesariamente como bar de copas, sólo espera pacientemente a que un día sea rentable echarlo abajo y construir en su solar una de las antiestéticas e impúdicas torres que coronan indecorosamente nuestros pueblos y ciudades. Tengo que acordarme, si la circunstancia me pilla todavía intentando sobrevivir, de comprar un ático modestito. Allí asomado a la barandilla de la terraza o del balcón, mientras a mis pies se extienden las vías entrecruzadas de la estación, camino de Burgos, de Madrid y Galicia, esperaré la llegada fantasmagórica de Rock Hudson o Dorys Day peleando a almohadazos o la de John Wayne que al frente de su diligencia vieja y desvencijada competirá con el expreso de las diecinueve treinta que efectuará su entrada dentro de breves minutos por la vía cuatro, andén tercero.
El cine es muy importante en la vida de los ciegos, más que nada por cuanto la permanente frustración va formando los caracteres. A mí las películas me las leía Mari Puri, la vecina de la casa molinera de mi padre. No sé por qué mi padre siempre vivió en casa distinta a la de mi madre. Yo, que había convivido con la situación desde niño, no veía nada anómalo en ello. Mi padre salía de trabajar del paso a nivel, entraba en casa de mi madre a dar los buenos días, desayunaba y acto seguido se iba a su casa a dormir. A primeros de cada mes mi madre, harta de fregar escaleras y portales, le devolvía la visita y salía de allí tres días más tarde con el dinero suficiente para aguantar un mes más. El hambre que habré pasao yo de pequeñito durante esos tres días de cada mes. Fue precisamente Mari Puri la que me hizo caer en la cuenta de que esas cosas no pasaban en ninguna otra casa. Bueno, en ninguna otra familia, quiero decir. Tenga en cuenta el lector que estamos hablando de 1960 y que en España no existía el divorcio, aunque mis progenitores practicaban el “ahí te quedas”que preconizaba Gila.

Pero les estaba hablando del Capitol. Bastantes años más tarde, Mari Puri, harta de la monotonía y del calor del verano, le robó el monedero a su madre y no tuvo reparo en invitarme al cine. Lógicamente me tuvo que ir contando escena por escena, pero lejos de cansarse hizo de ello un sacrificado deber que prolongó con los años. Gracias a ella me enamoré de Angie Dickinson. Y de Dorys Day y de Grace Kelly. Y de Silvana Mangano y de Tippi Hedren. Y de Ingrid Bergman. Creo que con el tiempo llegué a confundir a Mari Puri con algunas de ellas, sobre todo con María Antonieta Belluzi, la estanquera de Amarcord.

Era el Capitol, según mi fantasía se empeña en mezclarse con la realidad, un cine innecesariamente grande, ampuloso hasta el extremo, con pretensiones grandilocuentes, pero que no supo o no pudo actualizarse a tiempo, quizá porque su grosera clientela (formada fundamentalmente por una juventud hosca y holgazana, que se enfrentaba desesperanzada a un futuro laboral que terminaba al llegar a la categoría de “Mozo de vías y obras”) no daba para más. No dábamos para más. A ambos lados de la pantalla crecían unos enormes cactus de escayola que pretendiendo adornarla sólo la vigilaban estrechamente, quizá para que no escapara del ruinoso futuro que la aguardaba.

El Capitol, incluso durante sus mejores épocas y hasta el final de sus días laborales, mantuvo unas durísimas butacas de madera que después de noventa minutos de proyección dejaban duradera huella en las posaderas de los clientes. Solamente sabiendo esto, mejor aún, habiéndolo experimentado, es posible comprender sin asombro que tradicionalmente Mari Puri se sentaba en mis ingenuas, inocentes y virginales rodillas al cabo de los primeros treinta minutos de proyección y desde esa elevada posición iba “radiándome” la acción de la pantalla. Uno, que conoce personalmente la delicadeza de sus posaderas, comprende cuán innecesario y exagerado hubiera sido el sacrificio que le exigían aquellas incómodas butacas, en mi regazo se estaba mejor.

Hasta que una tarde decidió abandonar mis rodillas y empezó escalar sus posaderas por mis piernas con la excusa de que necesitaba apoyar la espalda. Así mientras Jerry Lewis se deshacía en muecas imposibles yo por primera vez sentí llegar la pubertad a galope tendido. La condenada Mari Puri olía tan bien y estaba tan cerca.... Jo, y yo tenía un problema con las manos, con las mías, quiero decir. Si ella las ponía en los brazos de la butaca... ¿Qué hacía yo con las mías?

Pero bueno, eso lo dejo para otro día, hoy sólo quería iniciarles en estas historias del cine de mi pueblo. Una vez conseguido mi propósito dejo este relato, Mari Puri se está cansando de escribir y yo de dictar. Hasta la próxima.

martes, agosto 12, 2014

Un ciego en el cine Capitol: 02 El viaje del Miss Pacific

Rosita, la misma que durante las fiestas de Santa Rosa despachaba churros y algodón en rama, era la taquillera que toda la vida asistía a los clientes del Capitol: sábados y domingos, dos sesiones; lunes, sesión doble, con pipas y chicle. Yo siempre sospeché que Rosita se olía que entre Mari Puri y yo había más de lo que parecía. Aquella tarde, al verme esperarla en vano me animó a entrar al prudente grito de “Ciego, como no entres no te vas a enterar de la peli, es de piratas”. Rosita era siempre igual de delicada, daba igual que despachase churros o entradas de cine. Un buen día descubrió que su marido, que era maquinista, tenía un amor en cada estación de la línea Venta de Baños-Irún, lejos de amilanarse por aquel fracaso matrimonial echó al marido, que se tuvo que ir a la pensión “El Riojano” (General Franco 65, bajo, izquierda), pasó un mes acostándose con todos los amigos de su marido y acto seguido se puso a trabajar.



¿Qué hace un hombre cuando descubre que cometió un error al casarse? Suicidarse lo más rápido posible, pensó el capitán O’Hara asomándose por la borda del “Miss Pacific”. Hacía una semana que habían partido de las islas Marquesas aprovechando la bonanza del tiempo y desde entonces no había vuelto a estar sereno. Saber que volvía a la casa donde le estaría esperando Gwenn le producía sudores y vómitos. Había intentado inútilmente enterrar su dolor en varios barriles de güisqui. Y en aquella nativa, de mirada dulce y labios exóticos que se había empeñado en acompañarle a todas partes desde un mes antes. No sabía cómo se llamaba, habitualmente le decía “Oyetú”. Sólo en los momentos de mayor ternura le decía “Tú”.



Se avecinaba una tormenta y el fuerte viento que la anunciaba le servía de alivio para su dolor de cabeza. Se despojó de la gorra y se pasó la mano ruda por los cabellos, con gesto varonil, desde la frente a la nuca. No quería llegar al continente y aquella tormenta podría significar uno o dos días de demora y por lo tanto de alivio. Pero también serían dos días más aguantando a Mr Brannagan, un atildado petimetre, vanidoso y superficial que había alquilado el barco por una escandalosa cantidad dos semanas antes de la partida. La señora Brannagan le gustaba porque representaba todo lo que una vez buscó en su propia esposa y nunca puedo encontrar. En la semana que llevaban de singladura el matrimonio había discutido varias veces sin importarles los testigos, lo que sin duda era bueno, según pensó el capitán O’Hara, pues nunca se sabía si habría alguna oportunidad de arreglar cuentas con el estúpido caballerete. A través de la esposa, claro.



No eran los únicos pasajeros, naturalmente. La noticia de la que iba a ser inminente partida del Miss Pacific había animado a varios ciudadanos más a iniciar el viaje. El capitán los remitía a Mr Brannagan y éste al capitán hasta que por fin todos de acuerdo se formó un grupo encabezado por un predicador baptista y un comerciante de piedras preciosas decidido a embarcar. Tras varios meses de permanencia en las islas parecía que a todos les había entrado de repente una enorme prisa por ir a Panamá. La convivencia, que al principio era meramente superficial, se fue haciendo cada día más difícil. En las comidas prácticamente nadie hablaba. O’Hara había intentado hasta la saciedad buscar temas que suscitasen la participación de todos los comensales, pero tras varios días de esfuerzos renunció al ver miradas de odio cruzadas entre Mister Brannagan y el comerciante de piedras preciosas. Algo había habido entre ellos, era indudable. Y lo que el capitán temía es que fuese lo que fuese, iba a estallar durante la travesía.


La noche había caído mucho antes de lo esperado, pero el capitán se resistía a dejar la cubierta. Grandes nubarrones negros y barrigudos cercenaban desde varias horas antes la posibilidad de que los caritativos rayos de sol curasen las heridas de su alma. El viento arreciaba. De pronto la voz cantarina y romántica de la señora Brannagan preguntó si era seguro permanecer allí con aquel mal tiempo. Empezó a llover leve, casi involuntariamente, como si las gotas no quisieran interrumpir. O’Hara se dio la vuelta sonriente y seguro de sí mismo se desprendió de su chaqueta para cubrir con ella los hombros delicados de aquella mujer con la que tanto había soñado en las últimas semanas. Se quedaron frente a frente sin decir palabra, por fin ella le miró a los ojos, él sonrió y la besó. Gruesas lágrimas nacieron de los ojos de la damisela y recorrieron sus mejillas sin correr su rímel ni arruinar su espeso maquillaje.


Él bajo lentamente los ojos y se fijó en que la empapada blusa de seda se ceñía perfectamente al generoso busto, marcando delicadamente cuanto había debajo. Ella al verle rodeó a aquel hombrote con sus brazos y lo atrajo hacia sí. “Oyetú”, oculta tras unos barriles de harina, no se perdía detalle. Se acercó silenciosamente por detrás de la señora Brannagan llevando en la mano un cuchillo con la empuñadura de nácar. Estaba preparando un golpe preciso y de ejecución limpia. Cuando iba a descargarlo, el leve crujido de una puerta batiente mal engrasada interrumpió la escena, se oyó un apresurado e irritante taconeo, un olor a tabaco negro y a palomitas lo inundó todo y alguien dijo:



- Pues anda que no se ha puesto tonta la Rosita, joé; sólo le faltaba someterme al tercer grado para averiguar por qué llego tarde, joé. ¿Quieres pipas, joé?



Maripuri se sentó encima de mí, como siempre, y yo, como siempre, volví a preguntarme dónde poner mis manos. Los del barco todavía no lo sabían, pero al amanecer el día siguiente iban a divisar la bandera negra de un barco pirata. Nunca llegarían a Panamá.

lunes, agosto 11, 2014

Un ciego en el Cine Capitol: 03 Hampa dorada

Puede que a usted le extrañe pero a mí siempre me gustaban más las películas en blanco y negro. Yo les encontraba un determinado ángel del que carecían las películas en color, quizá el encanto de aquellas galletas de nata que hacía mi madre, el atractivo de lo artesanal frente a la producción en serie. Naturalmente no es que mi ceguera encontrase la más mínima diferencia, sino que la voz de Mari Puri sonaba mucho más pura y transparente, más campanillera y vibrante, transmitiendo una ternura y emoción de las que bajo mi punto de vista carecen hoy muchas películas “made in Hollywood”. Si es que este ciego puede tener punto de vista.

Algunas de las que más me gustaban eran las de Edward G. Robinson. A mí siempre me gustó porque era bajito como yo y porque siempre tenía aspecto vulgar, como sin duda también tengo yo. A la Mari Puri le recordaba a mi padre, eso sí, cambiando la gabardina gris por el mono azul que usaba en el paso a nivel de Renfe y el elegante sombrero por la boina castellana. Además, seguro que esa “G” quería decir González, Gutiérrez o Giménez, que era como se apellidaban los vecinos de las casas molineras de los alrededores de la mía. Recuerdo que cuando le dije eso a Mari Puri se me enfadó y muy seriamente decía que no, que un hombre de su categoría no podía tener otro apellido que Garcilaso, y que me acordase de que uno de los poetas españoles más grandiosos del siglo XX se también se llamaba García y que incluso había un Jiménez que era Premio Nóbel. Yo me escudé en que los ciegos no encontramos la diferencia entre G y J.

Sigo, que cuando me evado del tema Mari Puri frunce el entrecejo y deja de escribir. ¿A que Edward G. Robinson tiene el aire del vecino del tercero o de padre de unos amigos de toda la vida? Si uno se lo encuentra por la calle seguro que tiene la tentación de preguntarle por la jubilación y que qué tal van los hijos, allá, en Bilbao o Barcelona, donde han tenido que ir buscar trabajo. Hubiera sido el perfecto vecino al que uno deja las llaves de casa un mes entero mientras se va de vacaciones al Caribe con Curro o a la Costa del Sol con Torrente. Bueno, a veces pone cara de papanatas y de no saber por dónde se anda, pero seguro que es por exigencias del guión, claro. Sí, ya sé que otras veces hace de malo frío e indiferente, como en Cayo Largo (que no vean ustedes lo que sudé en ésa con la Mari Puri encima de mis rodillas), pero apostaría a que fue porque había tenido una infancia de abandono y maltrato, lo que desembocó en una juventud muy turbia y desenfrenada, con malas compañías que al final le llevaron por caminos equivocados. Claro que a lo peor en el pecado llevó el castigo y por eso nunca le nominaron para el Oscar, que es que manda narices que simplemente se lo dieran así, a lo póstumo, que es que hay que ver.

Mari Puri siempre le comprende perfectamente, y sabe bien de lo que habla. Ella siempre le ha comparado con su hermano Balduino. Balduino tuvo la desgracia de ir a nacer cuando faltaba poco para que una española se casase con el Rey de los belgas y su madre estuvo a punto de llamarle Fabiola, pero no se atrevió. Cosas que pasaban cuando había que esperar hasta el último momento para saber el sexo de los hijos, que te ponías a desear una niña y a soñar con sus triunfos en la copla española y en “Escala en Hi-Fi”, aquel programa en el que triunfó Karina, y luego te llegaba un hijo con bigote desde el nacimiento. Te llevabas un corte que te entraban ganas de no volver a tocar a tu mujer. O eso decía Laurentino, el padre de Balduino y de Mari Puri.

Yo nunca pude enterarme del final de “Hampa dorada”, porque a mitad de la película a Mari Puri se le saltaban las lágrimas, se bajaba de mis rodillas y entre balbuceos y sollozos siempre comparaba a su hermano con Little Ceasar. Balduino empezó también con pequeños robos, que si en los recreos les quitaba el chupachús a los más pequeños, que si entraba en la tienda de la esquina mientras la tendera le estaba subiendo los bajos a un pantalón de su hijo y se llevaba cuatro o cinco sardinas arenques, que si tiraba bombas fétidas en la entrada del Capitol para aprovechar el escándalo y colarse. Cosas así, propias de un crío, como decía la Artemia, la madre de la criatura, que más valiera que se lo hubiera tomado en serio, y no habría pasado lo que pasó, que hasta robó un vehículo para huir, como Telma y Louise, sólo que, como estábamos en Venta de Baños y eran los años que eran, lo que robó fue una bici y el dueño tuvo tiempo de tirarle mi bastón a la cabeza, obligándole a correr a casa con su sucia mano tratando de tapar la sangre. Desde entonces cada vez que me veía, cualquiera que fuese el lugar, cambiaba de acera apresuradamente. Yo le reconocía porque trataba de pasar de puntillas para no hacer ruido. Y me partía de risa.

Un ciego en el cine Capitol: 04 Solo en casa

Mis padres estaban casados por la Santa Madre Iglesia como era natural y seguramente inevitable en aquellos años. Nunca fueron puestos en mi conocimiento los motivos por los cuales mi padre tenía domicilio propio y diferente al de mi madre. O viceversa. Ya he dejado escrito en momentos anteriores que cuando mi padre salía de la garita del paso a nivel que guardaba pasaba siempre por mi casa, la de mi madre, a desayunar. Sopas de pan con leche y achicoria formaban parte del cuerpo principal del desayuno que se cerraba indefectiblemente con un buen vaso de aguardiente. Era raro el lunes que durante la colación no me contara alguna película, fundamentalmente de Tarzán o del Oeste, aunque recuerdo también alguna de romanos. Yo le escuchaba con gran atención, tratando de poner buen cuidado en imaginarme los horizontes lejanos del desierto de Nevada o la frondosa selva del África Ecuatorial.

Él debía verme disfrutar, pues enseguida me daba cuenta del énfasis que ponía en describirme los duelos al caer el sol o cómo los elefantes atacados por los malvados exploradores se las arreglaban siempre para enganchar a algún pobre e inocente negro y aplastarlo contra el suelo. Mi padre empezaba siempre estas narraciones una vez acabado su tazón de leche con achicoria y sólo se detenía de vez en cuando para limpiarse un hilillo de saliva que se le escapaba por la comisura de los labios. Cuando acababa su narración se bebía de un trago el vaso de aguardiente y respiraba satisfecho. Hecho lo cual se sacudía las migas que podían haber caído en el mono, se pasaba la manga por los labios y tras darme un cariñoso azote se despedía de mi madre con una larga mirada y diciendo: “Ay, señor Recesvinto, cómo fue aquello”. Nunca supe quién era el señor Recesvinto ni qué es lo que fue “aquello”.

También he contado ya anteriormente que todos los meses mi madre le devolvía las visitas, pero todas juntas, en una sola ocasión que duraba tres días. Ignoro desde cuando se producía tal situación, pero si de mi recuerdo debiera fiarme se habrían producido desde el mismo momento de mi nacimiento. Sin duda no fue así, pues que yo recuerde nadie se ocupaba de mí en esos tres días, en cuyo caso no hubiera estado yo dictando estas palabras ni habría ido nunca al cine con Maripuri. Todo lo que recuerdo es que mi madre se iba y me dejaba en el cuarto de los trastos, sentado frente a la fresquerilla, junto a la vieja y oxidada bici que mi padre había usado para ir a trabajar al primer paso a nivel que guardó, a varios kilómetros de mi casa. De la suya.

Era la fresquerilla, para quienes no vivieron los años sesenta, una especie de jaula de madera, generalmente con puerta de tela metálica, que se colocaba en sitio ventilado para conservar frescos los alimentos en aquellas prehistóricas épocas de mi infancia, cuando las neveras eran aparatos de extremo lujo absolutamente desconocidos en mi pueblo, no digamos ya los frigoríficos, que por razones obvias ni siquiera aparecían en las pelis, del oeste, de Tarzán o de romanos, que eran las únicas que me contaba mi padre.

El caso es que yo me quedaba solo en casa y repartía los tres días entre la cocina bilbaína, la fresquera y el balcón de mi casa. Por este orden, sobre todo si era invierno. El primer día lo pasaba en la cocina, aguantando el hambre pero aprovechando el calor que fuese quedando en la cocina; el segundo, cuando la cocina ya se había apagado, junto a la fresquera, aguantando el frío pero aliviando el hambre; y el tercer día, asomado al balcón, aguantando el hambre y el frío, a la espera de que mi madre apareciera por la esquina de la Calle General Franco, que era donde vivíamos como toda persona de orden entonces.

Ese tercer día, en el que yo pasaba frío y hambre suficientes para repartir en el Tercer Mundo, resultaba paradójicamente el mejor, el más breve y el que más rápidamente pasaba, de mayor he llegado a pensar que debía haber invertido el orden de los días. Acurrucado en el suelo del balcón, entre macetas yermas, restos de una persiana que algún mal viento arrancó y excrementos de pájaros pasaba yo las horas imaginando cómo serían las personas que pasaban debajo y deduciendo de sus voces y conversaciones cómo serían sus vidas. De sus pasos, apresurados, livianos, pesados, renqueantes, sacaba personajes para revivir las películas de mi padre. En esto no había color y las del Oeste eran mis preferidas por la variedad de personajes a los que adaptar los viandantes cuyos pasos este invidente espiaba sigilosamente.

Los tacones más sonoros, más mayestáticos y altaneros eran indudablemente los del sheriff James Blotter que llegaba, seguro de sí mismo y de su autoridad, a controlar qué forasteros llegaban o salían de la estación de Woodburn, Oregón, aunque en realidad fuese Teodoro, el panadero, que iba sin prisa pero sin pausa a coger el “chispa” de las cuatro para visitar a su novia en el pueblo de al lado. Los pasos más silenciosos, más ligeros y disimulados, que pasaban como en un rápido suspiro, eran los del traidor, siempre en todos los pueblos había un traidor. El sheriff debería estar obligado a sospechar de un tipo que permanecía acodado en la barra del saloon, pasase lo que pasase, controlando su espalda por el espejo. De pronto llegaba el bueno, se paraba, sin entrar, junto a la puerta y se aseguraba de que no había peligro. Sólo cuando ya estaba dentro, con un vaso de güisqui en la mano y una pelandusca rubia y escotada entreteniéndole, el traidor abandonaba el final del mostrador y se iba taimadamente a avisar a mister Broward, a su lejano rancho, al que sin embargo llegaba antes de que el bueno se acabara el güisqui. Sólo que el traidor no era el traidor, sino Marce, el recadero de la tienda de abajo, que tenía prisa por acabar cuanto antes su tarea, y mister Broward vivía en el piso de enfrente, se apellidaba Sánchez y trabajaba en la azucarera.

Al tercer día llegaba mi madre. Ya lo tenía avisado en todas las casas y portales donde fregaba: “Del uno al tres de cada mes no vengo, a cambio vendré los sábados por la mañana”. Llegaba trastabillante y tropezona, haciendo increíbles equilibrios dejaba un regordete monedero en lo más alto de la alacena, dejaba la compra en la fresquera y tras regalarme mil carantoñas me hacía la cena. Satisfecho, cansado y recobrada la seguridad me dormía abrazado a ella, a medio camino entre la mesa camilla y el sofá.

Un ciego en el cine Capitol: 05 Los hombros Ava Gardner

Yo no me enamoré de Ava Lavinia Gardner en Mogambo, como tantos otros, ni en La noche de la iguana o en Las nieves del Kilimanjaro. Yo me enamoré de Ava en La cabaña, al mismo tiempo que Mari Puri se enamoró de un canoso Stewart Granger, elegantísimo incluso en calzoncillos y con zapatos, despreciando a un ploroso David Niven que nunca supo estar a la altura de las circunstancias que exigía una diva como la Gardner.
Maripuri volvió a llegar tarde al cine, sólo que ahora, Rosita, la taquillera, me vino con el cuento: “Ciego, tú no puedes competir con tanto dulce, se te va a acabar venir al cine”, dijo, siempre tan atenta. Colás, el pastelero del pueblo, andaba aquella temporada detrás de Maripuri, persiguiéndola y regalándole milhojas, persiguiéndola y regalándole helados, persiguiéndola y regalándole petisúes. Cuando oí el taconeo de Mari Puri en la soledad del hall del Capitol me puse en guardia. Contra lo que yo me esperaba no me dio ninguna excusa artificial que me hiciera sentir vanamente insultado. Ninguno de los dos dijo nada, pero en la brevedad de su saludo noté yo que algo diferente había en ella. Por primera vez no se sentó en mis rodillas al poco de empezar, por primera vez noté yo que tenía que hacer cierto esfuerzo para describirme las primeras escenas de la película.
Hasta que apareció ella. Ava en una isla desierta. Ava luciendo los hombros al aire, en aquellos años. Ava delante de mí. Ava caminando hacia la cámara, o sea, hacia mí. Ava contoneándose lentamente al bajar aquellos pocos peldaños. No a tamaño natural, sino varias veces más grande. Ava sonriendo a cámara. O sea, a mí. Ava mirándome con aquellos inmensos ojos que parecían tomarse el mundo todo con ironía y humor, ojos que parecían no dejar nunca de burlarse de David Niven mientras encerraban una enorme ternura por su hombre de siempre, el ingenuo Stewart.
Y entre ella y yo, la voz de Mari Puri. La voz de Mari Puri cambió cuando Ava Gardner salió de la cabaña grande con un vestido hecho con hojas de palmera. Hojas de palmera que ceñían su cintura, hojas de palmera que marcaban su escote, hojas de palmera que dejaban ver sus piernas hasta muy arriba. Hojas de palmera que dejaban al descubierto sus hombros. Sobre todo, hojas de palmera que dejaban al descubierto sus hombros perfectos, sensuales, discretamente bronceados, con aquella piel tan suave y apetecible, y que acababan en aquellos brazos tentadoramente torneados, hechos para abrazar eternamente a alguien como yo. Todo ello según la fiel versión que Mari Puri me iba transmitiendo con enardecedor entusiasmo. No me extraña que el cura de mi pueblo tuviese mala opinión de los que íbamos al cine.
A la salida pregunté a Mari Puri el nombre del director. “Mark Robson, nunca llegará a nada, esta peli se le ha escapao, no tenía presupuesto suficiente para rodar con tres estrellas como éstas, la isla no era más que un decorao penoso”, me informó mientras deteníamos nuestros pasos ante el escaparate de la pastelería. Presté atención al más mínimo ruido de su ropa, esperando que con el brazo saludase hacia el interior de la confitería pero nada hizo y nada dijo. Cuando ya habíamos pasado unos metros de la puerta una voz llamó: “Eh, Puri, tengo unos de crema deliciosos”.
Mari Puri se quedó parada, estoy seguro de que dudaba y nos miraba primero a uno y luego al otro. La voz del pastelero sonaba excesivamente suave, dulce y meliflua, es curioso cómo los ciegos pretendemos comprender e interpretar aquello que nos está vedado a la vista, pero un hombre así no debía atraer a una chica como la Puri. “Tienes la voz rasposa, como el vino de la tierra” me había tiempo atrás. “Ciego, has bebido cazalla?” solía preguntarme Rosita, la taquillera del Savoy, con la misma delicadeza y mala leche de siempre. Nunca me había parado a pensar si la voz podía ser determinante en esto del amor, pero la voz del pastelero era todo lo que yo tenía para poder imaginármelo y juzgar.
Estuvimos largo rato charlando informalmente en el umbral de la pastelería de cosas intrascendentes, del tiempo y de la película. A Mari Puri le había llamado la atención aquella escena en que el cocinero italiano se había disfrazado de nativo y Ava lo había aprovechado para poner celoso a Stewart Granger, se la comentaba al pastelero con grandes dosis de coqueteo y éste respondía tartamudeando y trompicándose al hablar. Yo prácticamente no participaba en la conversación, claramente estaba estorbando y sólo de vez en cuando Mari Puri se dirigía a mí, se interesaba por algo y me pedía que le diera la razón. Como si no bastase aquel hombrecillo de aire decidido y omnipotente para darle la razón en todo lo que la pobre quisiese.
Al cabo de un rato el pastelero había insistido lo suficiente para que no tuviésemos más remedio que entrar, aunque estoy seguro de que Mari Puri habría entrado mucho antes, de haber estado sola. El local estaba bien lleno de mamás endomingadas y niños molestones que deberían haberse ido a la cama mucho tiempo antes. Pastelería-chocolatería al lado del cine y en plena plaza mayor, el negocio era claro. Nos sentó en una mesa bien dentro, cerca de la televisión en blanco y negro que delataba a todos los vecinos que estábamos en casa de alguien con dinero, alguien a quien el negocio le iba muy bien. ¿Qué futuro tenía Ava Gardner con un ciego? ¿No haría bien en asegurar su futuro con aquel rico aspirante a burgués? ¿Qué podría vivir junto a un lisiado como yo que no fuera todo aventura y riesgo?
Pero a Ava Gardner siempre le gustó la aventura y el riesgo ¿O no era aventura vivir 55 días en Pekín, cazar repetidamente en África y aguantar a gentes como Clark Gable? ¿A caso el carácter turbulento y temperamental de Ava Gardner le iba a permitir vivir la acomodaticia vida de una esposa burguesa? Aproveché que el pastelero se alejaba para servirnos, me acerqué a su oreja y rozándola al hablar le dije: “Qué llevas puesto? Faltan dos horas para que salga mi padre del trabajo, si nos vamos aún puedo quitártelo tan lentamente como siempre te ha gustado. Seguro que tus hombros son como en la película”
Ava no se separó inmediatamente de mí, me susurró levemente una deliciosa malicia, rozándome con su cabello y sonriendo, se levantó y nos marchamos. Me hubiera gustado que Mari Puri me contara el gesto que ponía el pastelero, pero no pudo ser: la aventura empezaba en cuanto Ava y yo traspasáramos la puerta del local de moda en el pueblo.

Un ciego en el cine Capitol: 06 La diligencia

Yo llevaba varios meses detrás de Lorenzo, criticándole para que no nos trajera más comedietas de segunda fila, ligeras e intrascendentes. Pero Lorenzo siempre me despedía con palabras bonitas, vagas promesas y un par de palmadas en la espalda. Se explica porque algún tiempo antes había tenido una fuerte pelotera con el cura del pueblo en pleno casino, con la barra y las mesas llenas de parroquianos que tomaban café y jugaban las interminables partidas de siempre, a costa de “tanta marranada como nos estás trayendo, Lorenzo, que la gente no es de piedra y luego pasan las cosas que pasan”. El cura bramó y bramó sin cesar hasta que Lorenzo acabó por tirarle a la cara las fichas del dominó, marchándose sonriendo con desvergüenza, silbando y con los pulgares debajo de la sobaquera de su elegante chaleco. Sólo cuando dos días después el párroco amenazó con plantarse delante del cine e “ir sacando fotos de los pecadores que entren a ver esas películas para ponerlas el domingo en el tablón de la parroquia” Lorenzo desistió de exhibir determinados títulos y yo me quedé sin ver buen cine. Por si no fuera bastante con la censura de todos los españoles nosotros teníamos a Don Genaro de párroco.

En realidad el dinero a Lorenzo no le venía por el cine, no. Era uno de los dos socios de la principal empresa de construcción de los alrededores... Bueno, de la única. Aquellas que una vez habían existido habían terminado arruinadas o absorbidas por “Lorenzo y Bernardo Sociedad Anónima”, que tras diversas maniobras se había hecho dueña y señora de todas las obras de la comarca. Se decían muchas cosas de Lorenzo y de su forma de arrinconar a los pocos constructores que tuvieron la osadía de hacerle frente, todas ellas malas y casi todas ciertas, pero la verdad es que era la persona más envidiada de toda la comarca y que todas las mujeres jóvenes hablaban de él con admiración.
Y ustedes perdonen tan larga digresión, que empiezo a hablarles de mi pueblo y se me va el oremus. Yo les estaba contando que quería ver, ustedes ya me entienden, películas de más enjundia que las que últimamente nos estaban poniendo en el Capitol. Y la Maripuri también, que siempre le habían gustado las historias trascendentes y con un puntito canalla. Pero Lorenzo era el tío más insensible que jamás me he echado a la cara y de nada le valían nuestras insistencias. Así que decidimos que para ver buen cine teníamos que ir al Sharandon, lo que implicaba tomar el autobús de línea, propiedad de la Manolo’s Travel Car, que unía todos los días nuestro pueblo con la capital.
Pero Manolo lo que era sobre todo era avaro. Mi padre cuando volvía borracho de la ciudad (Ojo, mi padre era muy serio para el trabajo, jamás iba a su paso a nivel hasta un día después de que se le hubiese pasado totalmente la borrachera) decía que el Manolo’s Travel Car no era más que uno de los últimos vehículos de transporte de tropas de la guerra civil y que desde entonces estaba necesitado de una urgente reparación sin que a pesar de las décadas transcurridas le hubiese llegado el feliz momento. Así que dada la “solescencia” del autocar, según decía mi culto padre, no era de extrañar que los mozos más ocurrentes y sarcásticos del pueblo (no precisamente los que iban al cine a insultarme o a apedrearse con mendrugos de pan) le hubiesen puesto de mote La Diligencia.
La Diligencia era un vetusto artefacto motorizado (Me cuesta llamarlo autocar) con ventanas cuadradas que jamás nadie había conseguido abrir y cuyo maletero estaba permanentemente ocupado con piezas de recambio, cuerdas, herramientas y variadas latas de ignoto contenido, muestra de la desconfianza que sentía Manolo ante el vehículo que estaba condenado a conducir. Tenía a cada lado una hilera de bancos corridos, con respaldo absolutamente vertical, tan duros e incómodos que podían hacer la competencia a las butacas del Capitol. A diario en ellos solían acomodarse, es un decir, los cuatro hijos del pueblo que podían permitirse ir a la capital a estudiar, algún señorón que iba a consulta médica y alguna jubilada que acudía de tarde en tarde a visitar a su hijo, tal vez apoderado de banca o corredor de seguros. Los domingos, en cambio, una amplia representación de atildados jovencitos, tan ignorantes como presumidos y atrevidos, convertían sus cuarenta y cinco plazas oficiales en sesenta o setenta, gracias a los bancos corridos y a que donde caben cuatro caben cinco o tal vez seis.
El camino hasta la ciudad no era Monument Valley pero el traqueteo era igual que el que sufrieron John Wayne, Claire Trevor, y Thomas Mitchell durante su ajetreado viaje. Yo de buena gana hubiera llamado a Yakima Canutt, el doble de Wayne, para que ocupara mi lugar y sufriera en mi nombre. Uno terminaba esperando que tras cualquier recodo del camino surgiera una partida de indios que nos asaltase y nos alcanzase a las primeras de cambio, permitiendo un descanso a nuestro molido cuerpo a cambio de quedarse con nuestras pertenencias y muy probablemente con nuestras cabelleras. Mejor que no fuera así, porque aún si La Diligencia no sufría ningún percance llegaríamos con el tiempo justo para entrar en el Sharandon, al que todos llamábamos el Sabañón, por el riguroso frío que en invierno abarrotaba su patio de butacas.
Yo lo noté antes de subir a bordo. El perfume dulzón de Candelas era perceptible de lejos incluso por alguien que no tuviera el olfato y la intuición tan desarrollados como yo. Candelas era posiblemente la joven más atractiva del pueblo, según decían los ociosos que se acodaban en la barra de cualquiera de los bares locales. Ellos nunca decían “atractiva”, claro. Ellos decían que estaba buenísima y que si la pillaban a solas se iba a enterar. Porque Candelas era también la puta del pueblo, o al menos eso decían todas las beatas, la alcaldesa y todas las adictas al régimen. Bueno, las no adictas también lo decían, aunque la Maripuri siempre sospechó que era sólo por envidia de lo bien que llevaba sus escotes “palabra de honor”.
Entre otros viajeros más también estaban el Pitillo, un borrachín sin oficio ni beneficio que tras ser sorprendido tiempo atrás junto a la puerta de la Candelas se defendió torpemente diciendo que sólo estaba echando un pitillo, quedando desde entonces señalado ante todo el pueblo, y el propio Lorenzo, impecable con su traje príncipe de Gales, corbata y gafas de sol. Esta vez incluso llevaba una carísima cartera de cuero de primera calidad de la que podría decirse que cuidaba con esmero si no fuese porque tenía sobre ella la mano con su sempiterna faria cuya ceniza amenazaba con caer en cualquier momento.
Cuando después de algunos sordos estertores La Diligencia se puso en marcha, Lorenzo se sentó detrás de la Candelas y le echó directamente el humo a la cabeza. Ella lógicamente se dio la vuelta y protestó. Era todo lo que el señorito necesitaba para empezar su despreciable acoso. No necesitaba discreción, era miembro destacado de la sociedad, mientras la Candelas..., la Candelas sólo era la Candelas, claro. Las burlas eran continuas y en voz bien alta y clara; las risas de los presentes, constantes; la humillación de Candelitas, total. El tiempo se me estaba haciendo una eternidad, pero seguramente no tanto como a la pobre chica. Maripuri, a mi lado, veía, callaba y me apretaba la mano. En varias ocasiones me solté pero ella volvía a asirme, terminando por clavarme las uñas. Las manos nos sudaban, Candelas lloraba y los viajeros reían complacidos mientras Lorenzo escupía ocurrencias y recibía palmadas de beneplácito. Manolo se divertía y babeaba, pasaba más tiempo mirando por el retrovisor interior que a la carretera. Si La Diligencia hubiera corrido a más de sesenta nos habríamos salido a la cuneta tiempo atrás.
De pronto el Pitillo se levantó de su asiento, se puso al lado de Lorenzo y enseguida le espetó:

-¿Qué, Lorenzo, a la capi a arruinar la vida a alguien o a echar un polvete?
Y ante la incredulidad de éste:
-Hombre, no me dirás que no has estado nunca en el “Luna de Corfú”. ¿Qué llevas en esa cartera, el dinero para pagar a las chicas?
Todos los pasajeros habíamos enmudecido, el cenagoso silencio del momento hacía más ostensible que el ronco bufido de La Diligencia estaba diluyéndose para efectuar la primera parada de su recorrido. Lorenzo fue a reaccionar cuando Pitillo ya se había acercado a la salida y aún le dio tiempo a soltarle tres o cuatro maldiciones antes de que un enjuto guardia civil asomase por la puerta de delante.
Lorenzo se sentó de golpe y cogió fuertemente su cartera mientras el guardia repasaba una por una todas las caras y avanzaba lentamente por el pasillo. Cuando levantó su mirada y vio a Lorenzo éste quiso levantarse y salir corriendo por la otra puerta, pero la presencia de otros dos guardias civiles le convenció de quedarse a la espera.
-Disculpe, Don Lorenzo, siento molestarle –dijo el cabo cuando llegó a su lado-, pero es que hemos recibido una denuncia de su socio de la constructora, parece que... ¿Le importaría entregarme esa cartera y acompañarnos, por favor?
Aunque Manolo no había parado el motor en La Diligencia sólo se oía la entrecortada respiración de Lorenzo que casi involuntariamente había depositado su cartera sobre la mano exigente del guardia, quien aprovechó hábilmente el momento para ponerle los grilletes.
Todos nos quedamos sorprendidos, intentando comprender la escena en todas sus dimensiones, tratando inútilmente de asimilar lo ocurrido a la misma velocidad que había pasado ante nuestros ojos. Nos quedamos boquiabiertos, esperando una explicación que no se produjo. Reemprendimos la marcha más por pura inercia que por saber qué debíamos hacer, Maripuri me murmuró al oído :
- Y además el muy cerdo me pidió que me acostara con él si quería que trajera Mogambo al Capitol.
- ¡Será cerdo, el tío! –dije- ¡Y esperaría que no te resistieras el muy cabrón!
- Hombre, no, si no me resistí, pero le dije que primero la peli y después la cama.

Un ciego en el cine Capitol: 07 La caída del imperio castellano

Querido ciego:
Como te prometí he vuelto, cuando arrecia el frío y el aire se revuelve, por mi pueblo de la llanura –Castilla, dicen que alguien dijo, es la línea horizontal- en el que tantos veranos pasamos de pequeños, para observar su lento agonizar, su eterno huir del futuro, su negación del mañana. Cumplo con el ánimo encogido y entristecido con la obligación que me impuse de contarte cómo están las cosas y cómo el tiempo parece pasar por aquí más rápida y violentamente que en otros lugares más prósperos. Ciertamente que aún se mantienen, entre orgullosas volutas de humo que se elevan pretenciosas y algunas decrépitas persianas que nunca volverán a subir, numerosas casas de familias empeñadas en labrar su futuro en las entrañas de los campos de tierra, Tierra de Campos, campos de una Castilla que no se resigna y se eleva en Gredos y en Guadarrama para alcanzar el cielo en los Picos de Europa. Castilla es también la línea quebrada, donde las águilas vigilan, donde las nieves guardan los inviernos.

Confieso que soy débil y melancólico y la vieja osamenta del abandonado cine me ha impresionado. Aquel cine que tantas veces me abrió sus acogedores brazos hechos de sueños e ilusiones resiste aún en pie en la plaza del pueblo, soportado por las mismas columnas de siempre, envejecidas por el viento y la lluvia, aunque ya nadie espera impacientemente a que se apaguen las luces para dar la última chupada al cigarro y entrar apresuradamente sólo un instante antes de que empiece el NODO. Aquella taquillera tan pálida y siempre tan de gris que parecería sacada de una película en blanco y negro si no fuera por sus labios violentamente rojos es ahora una jubilada feliz y dicharachera que cuida de un pequeño huerto y sueña con que el Inserso la lleve quince días a Marbella o Benidorm.

Aquel viejo cine de nuestra infancia es un perenne recuerdo del paso del tiempo, de las horas que engañábamos a la realidad creyendo que éramos la última resistencia de la civilización ante la invasión de fuerzas ajenas a este mundo. Cuántas horas perdí, una y otra vez, camino de la escuela o de vuelta de la casa de alguna novieta, conversando con los personajes de ilusión que habitaban sus carteleras, cuántas tardes de aburrido invierno apuré asomado al respaldo de la butaca de delante, recorriendo con mi mirada lejanos horizontes de grandeza, o luchando solo ante el peligro para defender Fort Apache.

A veces los hieráticos héroes que en sus carteleras aparecían obstinadamente inmóviles cobraban vida a la vuelta de un par de esquinas y me acompañaban esquivando flechas y sorteando animales antediluvianos hasta la puerta de la escuela de Don Prudencio. A mí, don Prudencio, con su pequeño cuerpecillo y su eterno malhumor, siempre se me parecía al alcalde de “Bienvenido, mister Marshall”, pero más urbano y con bigote.

Que yo recuerde ni siquiera James Bond, con todo su valor y con toda su arrogancia, me escoltó hasta mi pupitre, sólo Katharine Hepburn, que siempre fue radical e inconformista, se atrevió a entrar conmigo a clase, aunque más de una vez su habitual nerviosismo e indiscreción hicieron que termináramos los dos sin recreo y de cara a la pared. La verdad es que el que se empeñara en llevar pantalones a todas horas, en aquella España de los años sesenta y pocos, no ayudó mucho en aquella ocasión. Los chicos de nuestra clase no se creyeron que fuera una importante actriz de Hollywood y se reían de ella, aún recuerdo que tú me preguntaste que dónde iba con esa marimacho. O, tempora; o, mores.

He vuelto, con este enero de frío y lluvia, a mi pueblo de la llanura, donde se desvanecían los nombres de las chicas que amé, donde tristemente se evaporó mi futuro; he recorrido las mismas calles que llevaban hasta mi casa y me ha impresionado el abandonado silencio de los soportales de nuestra calle Mayor, ahora más vacía y melancólica que nunca. Ya se sabe, hoy los pocos niños que van quedando prefieren aburrirse y ver la televisión que jugar a dibujar héroes y monstruos con el aliento congelado.

Aunque el viejo cine sigue en pie, esperando a que sea rentable echarlo abajo y levantar en su solar una residencia de ancianos, todo ha cambiado en el pueblo. La vieja herrumbre de los corrales y este frío estepario son los mismos de siempre, pero nunca había observado como ahora la carencia de futuro planeando sobre el casco urbano, la pesadumbre instalada en las esquinas y la desesperanza vigilando la vaciedad de la Plaza Mayor desde los cerros.

Me despido y te envío un fraternal abrazo, hay un hueco entre dos tablones por el que voy a intentar entrar por si entre los restos de la platea quedase vagando la sombra evanescente de Ava Gardner envuelta en hojas de palmera, como en aquella película que tanto te gustaba, o por si un rayo de luna me devuelve a mi Katharine de siempre, con la que formar un dúo rebelde y ácrata que luche por restablecer el pundonor de esta tierra y devolver la vida a esta Castilla que parece irremisiblemente condenada a desaparecer.

Hasta siempre, si tardo manda que me busquen en el antiguo patio de butacas del cine de mi pueblo.

Un ciego en el cine Capitol: 08 Mansiones verdes

De quien anduve mucho tiempo enamorado fue de Audrey Hepburn. Siempre me gustó el aura de tristeza y melancolía que de ella me transmitía Mari Puri. Incluso en momentos de felicidad y de éxito, cuando todo parecía irle bien, cuando el amor le sonreía en cualquiera de sus películas, su mirada no dejaba de ser melancólica y ensoñadora, casi siempre dirigiéndose al infinito, mucho más allá del horizonte, por detrás de la cámara, su sonrisa arrojaba una dulzura que ninguna de sus rivales podía conseguir. Cuando me hablaba de ella, la voz de la Puri se enternecía y adquiría inflexiones de cariño e ingenuidad que nunca más igualaba, ni siquiera en los momentos íntimos que vivíamos bien en su casa o en la orilla del río. Diríase que la admiración que sentía por ella trasmutaba su garganta tapizándola de terciopelo, volviendo su voz ligeramente más grave, como si al hablar intentase llegar directamente al corazón y conmover mis sentimientos. Llegué a obsesionarme con la severa elegancia de Audrey desayunando ante el escaparate de Tifanny’s y no tardé en elevarla a la categoría de musa de mis sueños

De ella me gustaban todas sus películas. Recuerdo la impresión que me produjo “Sola en la oscuridad” , cuando la tensión que la pantalla nos traspasaba hizo que Maripuri, sentada como casi siempre sobre mis rodillas, dejara de narrarme las escenas y se echara hacia atrás, tensándose horriblemente y empujándome contra el respaldo de la butaca durante unos interminables segundos en los que no conseguí que respondiera a mis demandas de auxilio. Los más largos momentos de calma y silencio que recuerdo en el Capitol, cuando nadie llamaba a voces al acomodador, cuando no volaban trozos de pan, cuando nadie insultaba ni se reía a grandes carcajadas, fueron mientras la ciega estaba sola en su apartamento. Sólo un ciego puede entender a otro, sólo un ciego cinéfilo puede comprender las dimensiones exactas del magnífico trabajo que hizo en esa película. Cuando salimos del Capitol Mari Puri apenas hablaba, paseábamos fuertemente cogidos de la mano, hasta el punto que en un par de ocasiones tuve que decirle que me hacía daño. En nuestro silencio caminábamos demasiado despacio para la que otras veces había sido habitual, como si de pronto ella hubiera sido consciente de que llevaba de la mano a un invidente. Estoy seguro, nunca se lo pregunté, de que me llevaba más cautelosamente que nunca, temiendo que en cualquier momento mi pie fallara y un tropezón me llevara al suelo.

Pero en todas sus películas salíamos impresionados por uno u otro motivo. En “Sabrina” la admirábamos por mantener la dignidad por encima de las circunstancias, nos solidarizábamos con ella y odiábamos a los ricos protagonistas que la despreciaban (Por cierto, algún día tengo que dictarle a Maripuri sobre lo absurdo que resulta el empeño de algunos en filmar remakes que nunca se debieron filmar). En “Vacaciones en Roma”, sufríamos con ella y con su desconocimiento de la manipulación a que la estaba sometiendo Gregory Peck y sentíamos deseos de asaltar la pantalla e ir a contarle al oído todo lo que estaba pasando y lo que le estaban haciendo. Nunca se me olvidará el cartel de la película que un jueves por la tarde apareció colgado en la cartelera del Capitol, con las ruinas del Coliseo al fondo, montando en moto, sonriente e ingenuamente satisfecha. Y debajo, como siempre: “El próximo sábado, en sesiones de siete y diez y cuarto. El domingo, a las seis y a las nueve.” En la sincera y sencilla sonrisa de la protagonista, en la intensidad de su mirada, se transfigura la felicidad de escapar del rígido protocolo monárquico y vivir por las calles de Roma la vida del común de los mortales con la libertad y la ligereza de una vespa, mientras en la media sonrisa mal disimulada de Gregory Peck se percibía, según las espléndidas narraciones de Mari Puri, la codicia de un periodista fabricando un reportaje que, sin importarle el daño que pudiera causar, le proporcionara un éxito profesional que más honestamente no podía lograr.

Incluso en películas menores, como “Mansiones verdes”, donde quizá el maquillaje y el peinado no la favorecían demasiado, transmitía siempre esa enorme serenidad que tocaba el ánima del espectador. Sus gráciles movimientos en el ambiente salvaje y selvático de Venezuela hacían llegar al espectador una sencilla elegancia y una delicada sofisticación que probablemente había heredado de la noble cuna de su madre. No se puede decir que fuese una actriz que llenase la pantalla con su personalidad. Supongo que ni lo buscaba ni nadie lo esperaba, su presencia en escena era superior a todo eso, su delicadeza, sus sentimientos, su dulzura impregnaba todo el patio de duras butacas de madera del Capitol.

Cuando se acabó “Mansiones verdes” y se iluminaron las débiles luces del Capitol yo me sentí fracasado y no pude impedir que una profunda tristeza se adueñara de mi alma. Me hubiera gustado más que nunca ser Anthony Perkins, pasear plácida y románticamente por las profundidades de la selva con Audrey de mi mano, oír cómo me contaba historias de los diferentes animales que eran sus amigos, de las extrañas plantas del lugar, aspirar con ella el aire libre de la naturaleza. Yo no hubiera querido marcharme de allí, ni siquiera en busca de oro. Difícilmente hubiera yo concebido mayor felicidad que la de vivir en la selva con Audrey, sin compromisos, sin reloj, sin andar pendiente de los semáforos o del trabajo, desde luego conmigo la película hubiera tenido otro final. A mí me pareció que Mel Ferrer falló estrepitosamente en esta ocasión y que casi cualquier otro trabajo de la que fue su mujer fue superior a éste.

Desde luego como motivo para divorciarse de él no se me ocurre nada más justo.

Un ciego en el cine Capitol: 09 El pianista de la Martinica

Yo había conseguido que en mí no fuera extremadamente vulgar llevar todo el día un palillo entre los dientes. Llevaba años tocando el piano en diversos hoteles de las Indias Occidentales francesas y no sentía deseos de dejar de hacerlo. Masticar interminablemente un palillo me hacía sentir internamente la música que luego tocaría con los muchachos sentados alrededor e invadiría el local que me pagaba. Amaba la música sobre todas las cosas, el rag y el blues eran mis ritmos preferidos, pero me adaptaba a todo con tal de que el precio fuera bueno. La segunda Guerra Mundial estaba en pleno apogeo y la presión de la Gestapo se hacía notar incluso tan lejos de la metrópoli. El destino había preferido que tocase en un antro de tercera categoría en vez de en un lujoso restaurante de los Campos Elíseos, pero en vez de maltratarme por ello intentaba sacarle partido.

Al final de aquella tarde estaban todas las mesas llenas y era imposible que en la barra se acodasen más parroquianos, el ambiente era compacto y el calor, la humedad y el humo de decenas de cigarros lo convertían en una cortina difícil de atravesar si no se estaba acostumbrado. Mis penurias me habían obligado a ir a trabajar a pesar de tener fiebre, pero agradecí haber tomado esa decisión en cuanto la vi descender de su habitación. Su cabello dorado caía limpia y dócilmente sobre sus hombros y su figura parecía relucir en medio de aquel sórdido ambiente, mientras ella intentaba atravesarnos a todos con esa mirada fija, pétrea y fría con la que parecía querer desentrañar los más profundos secretos que uno quisiera guardar.

Si mis manos se hubieran quedado suspendidas sobre el piano, si las volutas de humo hubieran detenido su ascensión, si las conversaciones se hubieran interrumpido y todas las miradas se hubieran dirigido hacia ella, la escena hubiera resultado sin duda más cinematográfica, pero la verdad es que mis dedos siguieron tocando imperturbablemente, al margen de mi voluntad y mis ojos que se habían detenido al contemplarla deslizándose por aquellas pocas escaleras con tanto aplomo y serenidad. Nadie podría nunca entrar en escena con tanto domino de la situación como lo estaba haciendo ella.

Estoy seguro de que sabía muy bien qué iba a hacer y dónde iba a ir, sin embargo primero dio un par de vueltas, mezclándose con el público y respondiendo con provocativa indiferencia a más de una mirada poco dudosa. Un intrigante juego de sombras y luces convertía su anguloso rostro en un enigma en busca de solución, un contraste de grises diversos ponía en su mirada un ápice de ingenua maldad mientras las leves arrugas de su sonrisa indicaban que ya había encontrado una trémula víctima cuya billetera sacrificar.

Pero no sólo la había visto yo. En medio de aquella clientela envuelta en gastados trajes en blanco y negro ella era una imagen refulgente que atraía sobre sí todos los deseos. Si las circunstancias de guerra en que vivíamos aquella época hubieran sido otras una muchacha tan joven no hubiera durado ni un minuto en medio de aquella turba de isleños hambrientos de aventura con la que combatir tanta desesperanza. Pero sólo Harry se movió, sólo él tenía la personalidad suficiente para sobreponerse a la pesadumbre de la guerra y a la certeza de que la Gestapo no estaría muy lejos. Sólo dio un paso, sólo fue un leve movimiento lateral para salir de detrás de aquella columna donde probablemente llevaría siglos apoyado, y se interpuso con dos vasos en la mano justo en el medio del camino que ella iba a terminar por recorrer.

- Flaca, a mí no me vas a desplumar pero puedo invitarte a una copa.

Harry no era un mal tipo, incluso habíamos llegado a ser buenos amigos. A lo largo del tiempo que llevábamos en Martinica nos habíamos hecho suficientes favores el uno al otro para considerarnos repetidamente en deuda. A pesar de ello yo le consideraba demasiado cínico y materialista, pues corrían rumores de que estaba complicado con la resistencia, no por ideología, sino por dinero. En definitiva, había un acuerdo general de que se trataba de un pobre diablo, brillante y lenguaraz desde luego, pero sin futuro. En aquellos tiempos de guerra y escasez alquilaba su barca a pescadores deportivos que tuviesen dinero suficiente para pagar poco más que la gasolina. Nunca consideré que fuese un objetivo apetecible para una mujer de mundo y menos para una muñeca delicada como aquella. Siempre he opinado que las mujeres terminan por buscar a tipos que les ofrezcan seguridad y un futuro sin sobresaltos. Quizá ése fue mi error, creer que ella era una mujer como las demás, no apreciar que eso era exactamente de lo que venía huyendo.

Después de la primera copa le dejó plantado y con una sonrisa amarga, se dedicó a tontear ligeramente con unos y con otros y al final se fijó en mí. Me vio de lejos, clavó su mirada en mi mirada y se sentó a mi lado, sonriéndome y animándome con su gesto a que siguiese tocando. Noté excesivo calor y de mi frente surgían imperiosas gotitas de sudor que sin duda me delatarían. No tardé en fijarme en que cuando creía que no la veía miraba atravesadamente a Harry y le sonreía aviesamente. De pronto caí en la cuenta de lo que estaba pasando. La copa que habían tomado juntos había sido un flechazo que difícilmente les separaría ya. Ahora estaba en juego quién de los dos cedía el paso y el orgullo ante el otro. En realidad yo no era nada, ella solamente me estaba utilizando como anzuelo para provocar la reacción que había venido a buscar. Los muchachos me estaban pidiendo una pausa para dejar sus instrumentos durante unos minutos y estirar las piernas, pero yo no podía desaprovechar aquellos instantes. Quería seguir tocando eternamente para llenarme de ella, aspirar su perfume, beberme la emoción de sus ojos, aprenderme su sonrisa, retener junto a mí sus labios finos, para tener a mi alcance aquella melena que me sonreía y me guiñaba según iban y venían las volutas de humo que engañaban la pobre luz del local que iba a adorarla. Sonreí y le pregunté el nombre.

- Marie -me contestó sin dirigirme la mirada.
- Tengo que escribirte una canción. ¿Alguna idea especial?
- Sí, tocas mejor que hablas.
- Dame tiempo, a todo se acostumbra uno.
- No me queda, la vida es muy breve.
Se levantó dedicándome un gesto que quiso ser de simpatía y complicidad, se acercó a Harry y tomándole por el brazo se dirigieron a la salida lentamente, sabiéndose propiedad el uno del otro. La noche caribeña les esperaba y cubrió su retirada de la mirada indiscreta de un indisimulado agente de la Gestapo que sin duda estaba tomando nota mental de todo lo que ocurría aquella noche.

No regresaron. Las horas pasaron sin que volviéramos a tener noticias de ellos. Mi trabajo acabó, la clientela fue tomándole camino de sus casas y una hermosa negra de tersas redondeces empezó la limpieza del local. Desesperado, decidí aguardar a que terminase la faena para quedarme solo y dedicar mis atenciones a un par de botellas de áspero ron caribeño. Quise componer una canción romántica y emotiva a la que dar su nombre para intentar atraerla a mí. No debí conseguirlo porque recuerdo que deambulé borracho e irritado derribando mesas y sillas a mi alrededor. De pronto fui consciente de que iba a perder la conciencia y a duras penas llegué a tiempo de sentarme y apoyar mi cabeza sobre una mesa. No sé cuánto tiempo habría transcurrido pero de pronto supe que ella había vuelto y que me agitaba tierna y enérgicamente para devolverme a la realidad.


- Vamos, cieguito mío, –me dijo Maripuri- ya se ha pasado todo, la fiebre te ha bajado por fin. Levanta el ánimo, ya estás mejor.

Un ciego en el cine Capitol: 10 El inglés de los cameos

Maripuri la vio por primera vez en aquellas televisiones en blanco y negro que se empezaban a ver en casa de los ricos de mi pueblo. Según dice era verano y el señor Castany, el dueño de la tienda de electrodomésticos, se cortaba las uñas de los pies con la ventana abierta, rodeado de sus tres hijos y su lánguida esposa mientras veía la televisión. Maripuri se había escapado de casa para librarse de una bronca y saltando tapia tras tapia llegó al corral del señor Castany, que como vendía electrodomésticos no necesitaba tener gallinas ni cerdos ni conejos que molestasen. Escondida y silenciosa, encogida y cautelosa, siguió “Los 39 escalones” sin que la familia propietaria se enterase. Pensando que en los tiempos actuales y habiendo tantas cadenas nos ponen las películas que nos ponen uno se maravilla de aquellas noches de la primera televisión en España.

Maripuri me lo contó bastantes años después, cuando en el Sharandon anunciaron un ciclo de Alfred Hitchcock, con tanto entusiasmo y devoción que además de prohibirle que me contara el argumento nos fuimos enseguida a la capital. En “La Diligencia”, por supuesto. En el Sharandon nadie tiraba mendrugos de pan ni silbaba bobamente cuando los protagonistas se besaban, eso que se perdían en la capital por ser tan aburridos. En el Sharandon tenían luces indirectas y ponían música clásica mientras empezaba la película, eso sí, frío hacía un montón de noviembre a marzo, pero con butacas blanditas y acolchadas, no de dura madera como en el Capitol, se hacía más llevadero. Y eso que en el Sharandon me resultaba más difícil seguir adecuadamente la película, porque la gente era más escogida y protestaba en cuanto a la Maripuri se le escapaba la voz un poquito más alto, cosa frecuente, porque a veces se dejaba llevar por la emoción, como por ejemplo cuando en “Los 39 escalones” aparece Hitchcock en pantalla, a los siete minutos, cuando el prota se fuga del teatro, o más tarde cuando el malo Godfrey Tearle, el profesor Jordan, enseña su delator dedo sin falange a Richard Hannay, o sea Robert Donat, que es que se le escapó un gritito y todo, lo que dado lo juntos que estábamos levantó las sospechas de más de un mal pensado.

Me encantó “Los 39 escalones”, sé que se nota, aunque al acabar me quedó un leve desánimo y decepción, que es lo que pasa cuando te alaban tanto una peli. Según la Maripuri es de las pocas películas que hubiera estado mejor en color que en blanco y negro, sobre todo en los exteriores, a la hora de fotografiar los hermosos paisajes escoceses, con sus valles y sus montañas majestuosas, con sus fríos lagos. Luego, muchos años más tarde, hemos sabido que se vendía en DVD una versión coloreada, pero claro, ni es lo mismo ni nada, más que otra cosa nos parecía un engaño para ignorantes, como cuando de niños nos engatusaban con un caramelo para hacernos tomar la sopa. Eso sí, como recochineo nos gustó saber que la versión coloreada valía la tercera parte que la original. ¡Bien!

Nos gustó tanto que al final cogimos entradas para todo el ciclo. Y pudimos ver varias películas mágicas de aquel Hitchcock que todavía no había hecho las maletas camino de Holywood. Creo que a Maripuri le gustó especialmente “Agente secreto”, porque siempre se había tirado por John Gielgud, que le parecía el colmo de la elegancia y del “savoir être”. Yo me sentía un tanto celoso y pensaba que era un relamido y un estirado de tomo y lomo y prefería “The Lady vanishes”, con Margaret Loockwood y Michel Redgrave, que tan tontamente tradujeron al castellano por “Alarma en el expreso”.

Había fundamentalmente dos cosas que siempre me gustaron de Hitchcock: Primero, cómo se las arreglaba para liar a cualquiera, por muy normal que fuese y por muy vida normal que llevase, jobar, que es que si él lo quería hasta el más anodino vendedor a domicilio siempre salía metido en líos de asesinatos y persecuciones y polis y todo eso, que es que hay que ver cómo lo pasaban los pobres, cómo sudaban la gota gorda hasta que al final se aclaraba todo.

Y segundo, cómo lograba mezclar en las mismas escenas el dramatismo, el riesgo y la incertidumbre con el humor y las críticas a costumbres sociales, como los momentos iniciales de “Los 39 escalones” en el teatro o cuando Robert Donat se ve obligado a pasar la noche con aquel granjero moralista y su mujer, que es que uno no entiende cómo pudo haber personas así, hombre. A la Puri siempre le llamó gustó que esa ironía, ese humor que había en tantas escenas, no le quitasen ni la más mínima tensión emocional a las pelis, que es que no despegabas los ojos de la pantalla, bueno, los oídos de la Puri y la imaginación de la pantalla, quiero decir.

Yo salí afligido después de ver “Agente secreto”, tratando de esconderme y de no llamar la atención, intentando que nadie se fijase en ese pobre ciego que salía torpemente del cine, no fuese a ocurrir que, dada mi minusvalía, algún agente enemigo, quizá el dueño de esa voz tan bien modulada que salía junto a nosotros, me eligiese como víctima propicia para alguna endiablada trama de espionaje. Me perdí de Maripuri, lo que aumentó considerablemente mi preocupación, y hube de salir como pude, tentando la pared, dejándome llevar por la marea humana que salía a empellones del cine. Pasé junto a la taquilla, sabía que sin duda Rosita me estaba observando desde el interior, sonriendo malvadamente, y estoy seguro que al pasar la oí decir: “Ahí sale, lleva un jersey marrón de cuello de pico, no lo perdáis, inútiles”. Ya fuera esperé largamente, inquieto y alerta, con el bastón preparado para defenderme, tratando de distinguir la voz o los pasos de mi chica entre la muchedumbre. Cuando por fin llegó me pareció excesivamente amable y preocupada por mí, cosa extraña en ella, casi siempre un tanto áspera y desinteresada. Al irnos hacia el autobús observé que me llevaba demasiado deprisa. ¿Por qué estaba tan callada? ¿Estaba ocurriendo algo?

Sin embargo la gente que esperaba la llegada de “La Diligencia” hablaba con absoluta tranquilidad, de lo que había pasado aquella tarde, de dónde había estado o de con quién se habían encontrado por la ciudad. El autobús llegó y se paró con la misma tos monocorde de siempre y los más nerviosos empezaron a subir enseguida. Manolo, siempre inmóvil, siempre con el volante entre las manos, saludaba pacientemente a los que iban subiendo. Un momento, ése no era Manolo, ésa no era su voz. ¿Qué estaba pasando? ¿Y por qué había más gente de vuelta al pueblo de la que había venido a primera hora de la tarde? ¿Por qué estaba tan lleno el autobús? ¿Por qué el hombre que estaba sentado al lado de Maripuri, junto a la ventana, no dejaba de golpear el suelo con el tacón del zapato mientras se comía a mordiscos pequeños y repetidos un abisinio de los que preparaba “Iris”, la confitería del centro?

¿Y quién nos decía a nosotros que el nuevo conductor del autobús no estaba liado con una potencia extranjera, la Unión Soviética, sin duda, para traer y llevar espías de incógnito como quien lleva a la gente más normal? ¿Quién nos aseguraba que en vez de devolvernos a nuestro pueblo no nos iba a llevar secuestrados a todos los pasajeros hacia algún lugar recóndito y misterioso donde alguna pretenciosa rubia bobalicona nos iba a presionar hasta que le dijéramos exactamente a qué habíamos ido aquella tarde a la capital?

Demasiadas preguntas, a ver si el nervioso iba a ser yo. Nada debía pasar, aquél era un viaje como tantos otros cientos para la Diligencia, y si Manolo estaba enfermo lo normal era que lo sustituyeran, caramba. En realidad el viaje estaba siendo tan fastidioso y lento como siempre, la vida parecía querer transcurrir monótona y pesadamente y no íbamos a ser nosotros los que le impusiéramos nuestro ritmo. Así que decidí concentrarme en las protagonistas de las pelis de Hitchcock y en cómo se parecían a Maripuri. Salvo en lo rubio, claro. Que el condenao siempre las escogía rubias, qué fijación, si sólo le faltaba Zsa Zsa Gabor. Maripuri decía que eso sería una redundancia de colecciones porque la Gabor coleccionaba maridos como Hitchcok coleccionaba rubias, y que si se hubieran casado no se sabría quién era coleccionista y quién la colección. No lo entendí, pero tampoco me importó, que Zsa Zsa Gabor siempre me pareció demasiado pelandusca. Empezaba a observar yo cómo al inglés de los cameos siempre le interesó un determinado tipo de rubias como Tippy Hedren o Grace Kelly, que compartían un estilo de vestir e incluso un mismo aire de llevar el pelo, demasiado sosito y un poco pueblerino, que ya digo que se me empezaban a parecer a la Puri.

...Sólo un oído entrenado podía haber percibido eso antes que yo, “La Diligencia” empezaba a desacelerar y sin embargo no había paradas previstas en ese viaje. Alguien avisó de que nos estaban siguiendo dos coches de la Guardia Civil y surgieron risas y bromas nerviosas, algunos se levantaron y miraron por el cristal de atrás. Efectivamente, “La Diligencia” estaba desacelerando y a pesar de ello había alcanzado a otro vehículo... de la Guardia Civil.

Algo pasaba. Paramos. Callamos. Contuvimos la respiración y esperamos. Un número apareció por la puerta delantera metralleta en mano. Yo empezaba a tener la sensación de que ya había vivido esa escena cuando el hombre que había estado golpeando el suelo con el zapato se levantó, empujó a Maripuri contra mí y salió corriendo. El número gritó: “Deténganle, que no escape”. Solamente alguien tan entrenado como yo podía tener los reflejos tan bien dispuestos y antes de que la voz se apagase ya había colocado mi bastón entre los dos pies del fugitivo, que tras caer al suelo fue inmediatamente reducido y registrado. Como era de esperar en su bolsillo le encontraron una pistola fabricada en el Este y un manojo de documentos importantes para la seguridad de Occidente.

En la plaza del pueblo todos me aplaudieron, el alcalde me miraba con envidia mientras Madeleine Carrol me felicitaba con un beso y John Gielgud me sonreía complacido, los chavales más jóvenes se turnaban para darme palmadas en la cara y decirme lo machote que era y que ellos hubieran hecho lo mismo de estar en mi lugar.

Pero como las palmadas en la cara continuaban, y algunas eran mucho más que una amistosa carantoña, abrí los ojos y a muy pocos centímetros de mí Maripuri me hablaba: “Vamos, hijo, muévete, que ya hemos llegao”. Atolondrado, la dejé salir primero y cuando iba a levantarme el que golpeaba el suelo con el tacón se me adelantó y cogiéndome la mano me puso el índice sobre mi boca. “Cuidadito”, me susurró.

Un ciego en el cine Capitol: 11 Aloha, Manulane

Hay películas que se te quedan grabadas para siempre, quizá nunca nadie las escogería entre las cien mejores de la Historia del Cine, o algo así, pero para ti son hitos de cinefilia. A lo mejor no es que sean grandes películas recordadas por todos, pero por algún motivo te marcan y siempre las recuerdas con cariño. Yo descubrí “La Taberna del irlandés” en un momento en que me cuestionaba las grandes cosas de la vida, en que me preguntaba por qué y para qué había nacido yo y qué sentido tenía eso de ser ciego y gustarme el cine. Bueno también me cuestionaba asuntos menos trascendentes y más pedestres, como por ejemplo qué narices hacía yo con Maripuri y por qué me aguantaba y me contemplaba con tanta dedicación, si no sería que yo le daba pena.

Así que “La taberna del irlandés” me llegó en un buen momento. Mis problemas personales y la excesiva tensión nerviosa con que los percibía parecían disolverse ellos solitos cuando hasta mis tímpanos llegaba la dulce música de Cyril J. Mockridge. El encanto y el relax de una vida muelle en los mares del Sur me embargaban a través de los melosos instrumentos de los aborígenes; los paisajes verdes, los cielos claros y despejados, los mares inmensos y tranquilos y la apacibilidad de Polinesia llegaban hasta mí trasmitidos por las palabras de Maripuri y por una empalagosa banda sonora que me transportaba despierto a lugares donde los problemas no existían, donde las gentes eran naturalmente bondadosas y donde las nativas eran dulcemente encantadoras.
Todos mis problemas parecían desaparecer al oír unas notas que me transportaban de la desértica y fría estepa castellana a la cálida y acogedora Polinesia, de la rigidez de la vida en mi pueblo a la fluidez de las relaciones sociales de quienes surcan la vida en taparrabos, de unos horarios y costumbres eternamente inamovibles a la flexibilidad y libertad absoluta de quienes no viven preocupados por el día siguiente, de “La Diligencia” de Manolo al transporte interinsular por canoa, de las tensiones de la vida cotidiana a la libertad.
En un lugar como ése la vida no puede ser saboreada sino confiada y lentamente, disfrutándola a tragos pequeños, contemplando el tranquilo ir y venir del mar, sin la preocupación de un jefe o unas obligaciones, sin la presión del dinero o de la moderna sociedad urbanita. Si alguna vez ha existido lo contrario de una oficina es esa paradisíaca isla oceánica, donde las gentes se apoyan y ayudan, con un cura tan compresivo y dulce, donde las peleas a puñetazo limpio son muestra de amistad y confianza y no de agresividad y odio, donde la población transita por las calles más céntricas del pueblo en bicicleta, sin prisas ni urgencias. Por cierto, siempre me he preguntado de dónde salía tanto chino y a dónde iban en bicicleta tan incesantemente, a dónde habían de llegar, qué tenían que hacer, por qué las bicis, si en apariencia en toda la isla sólo tenían tres lugares a los que acudir: La playa, la casa propia y la taberna de Donovan.
El personaje que a mí me hubiera gustado interpretar... No, no, el personaje que a mí me hubiera gustado ser es el de César Romero, qué porte, qué elegancia, qué sibarita... el Gobernador, la primera autoridad de una isla en la que nunca pasaba nada, rico, poderoso y bien parecido... en una isla donde las mujeres caminan y se contonean y te sonríen y te miran al ritmo de músicas embriagadoras que te pueden hacer perder el sentido de la realidad. Ya hubiera querido Sancho así su ínsula Barataria. Lo que nunca entendí es por qué, viviendo donde vivía, siendo quien era, tenía la tonta necesidad de perseguir los 18 millones de dólares de Elizabeth Allen, la rica heredera bostoniana, qué ganas de complicarse la vida, a qué más podía aspirar viviendo rodeado de atenciones, en una isla de ensueño y en unas condiciones que le permitían disfrutar de la vida holgazaneando como ningún multimillonario hubiera podido hacerlo.
Claro que sin situaciones como esa John Ford, un director otras veces tan amargo, no hubiera podido mezclar comedia y romanticismo en íntima relación. Es una peli para ver con amigos y palomitas, tierna y sensible, que para mí siempre contribuye a crear mágicos momento de calma y laxitud y que siempre me recordará mis momentos de crisis y cómo gracias a ella los superé.
Sigo oyéndola cuando puedo, siempre en vídeo, y aprovechando que Maripuri no está. Ella ha decidido no volver a verla, eso que se pierde, porque dice que hoy John Houston y John Wayne no podrían filmar argumentos tan machistas y políticamente incorrectos como esta película, en la que no dejan entrar a mujeres (“señoras”, insiste ella) en Donovan’s Reef y en la que el protagonista termina dando una increíble tunda de palos a la pobre Elizabeth Allen sin más ni más.

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